Eugeni D’Ors, el olvido imposible. Carles Geli. El País. 02/06/2015


Una treintena de estudiosos analizan la influencia de uno de los intelectuales más polémicos, constructor tanto del nacionalismo catalán como del español con Franco
Barcelona 2 JUN 2015 – 00:01 CEST
La tradición había que ponerla, mal que pudiera pesar, por encima de la traición. Con ese delicado pareado, nadie más alejado del personaje que el volteriano Joan Fuster, que con 27 años aprendió a leer en catalán con el Glosari, entendía que había que, al menos, explicar a Eugeni d’Ors (1881-1954), elegante formador de las minorías intelectuales que vertebraron el Noucentisme que alimentaría la Mancomunitat de Cataluña, el mismo que se inventó un grotesco ritual de una vela de armas en Pamplona en 1937 para ingresar en Falange, en la fecha en que en 1523 Garcilaso se hacía caballero de la orden de Santiago.
Ese espíritu de intentar aprehender las múltiples figuras del complejo caleidoscopio que fue el polémico escritor, filósofo, secretario general del Institut d’Estudis Catalans (IEC, 1911-1920) y, tras pelearse con los responsables de la Mancomunitat y abandonar Cataluña, secretario (perpetuo) del Instituto de España (1938-1942) y director general de Bellas Artes (1938-1939), es el que rezuma el volumen Eugeni d’Ors. Potencia i resistència, que la Institució de les Lletres Catalanes acaba de lanzar.
De los 34 estudios que, coordinados por Xavier Pla, conforman el libro (arropado el pasado jueves con una jornada monográfica en el IEC y con un notable apartado fotográfico) no puede salir más que una figura complejísima y de las más irritantes (para bien y para mal) que ha generado Cataluña. “Yo limito, al norte, con la Erudición; al sur, con la Mecánica; al este, con la Música; al oeste, con la Niñez”, se cartografió él mismo, comentarista de la ciudad moderna (“soy un urbícola convencido”) y un poco pagado de sí mismo (declaró festivo para las bibliotecas el día de la muerte de Enric Prat de la Riba… y el de su propio santo).
Las metáforas y los escaparates de mal gusto
Con envidiable capacidad para tomar el pulso a los nuevos tiempos, condensar un pensamiento en una gacetilla de prensa y hacerlo comprensible a un vasto público a partir de metáforas, Eugeni d’Ors basaba su sistema filosófico en nombrar las cosas y ordenarlas. “La quintaesencia del pensar está en el nombrar”, escribió en El secreto de la filosofía (1947). Porque el nombrar “opera con la realidad como el vaso con el líquido”. Y tras apropiarse de las cosas, hay que darles su lugar: “El conocimiento concreto nos da la mitad del saber; la clasificación, el orden, la otra mitad”, dice en Tres horas en el Museo del Prado. El afán ordenador de Xènius llegó a recordar la necesidad de llevar chaleco en pleno rigor estival porque “no es sólo un principio de etiqueta sino de ética. Y de estética”. O a criticar los escaparates de tiendas “tendentes a una ostentación de mal gusto; son una escuela de estridencia que, a la fuerza, ha de repercutir en las costumbres”, escribía… en 1907.
D’Ors lo tuvo claro pronto; 1910, por ejemplo, como reflejó, obvio, en su Glosari: “Dadme una palanca —es decir, un hombre o un grupito de hombres capaces de sacrificios— y un punto de apoyo, es decir, un sentimiento de nacionalidad joven, de imperio a forjar o de religiosidad fresca —y yo os reharé un Pueblo”. Agarró así la Cataluña que surgía a rebufo del empuje de Prat de la Riba (aunque llegó a decir que éste sólo ejecutaba sus ideas), si bien a él le faltaba la tradición de un Estado y un clasicismo propios como tenían los franceses, como apunta con tino Joan Ramón Resina en un texto.
D’Ors, hombre de recursos, se agarraría al mediterranismo y a la cultura clásica (de ahí la obsesión por las ruinas de Empúries) y se mostró siempre europeísta y, en consecuencia, enemigo de los nacionalismos, si bien ayudó como pocos a construir el catalán y el español, como hace notar Maximiliano Fuentes. De ahí su posición neutralista durante la primera guerra mundial (“Es una guerra civil europea”: fue el primero en decirlo) aunque veía en Alemania a la heredera y protectora de los valores culturales europeos del absolutismo ilustrado francés del XVI y de las ideas de jerarquía, autoridad y orden…
Se va perfilando así un D’Ors atraído por un fascismo de raíces francesas en un personaje que en los años 20 había coqueteado con el sindicalismo, asistido al entierro del líder y abogado laboralista Francesc Layret y que dio apoyo a la contundente huelga de La Canadenca (a la que dedicó unas glosas)… episodios todos que le que fueron recordados en su contra años después en el consejo de ministros de un Franco que a principios de 1938 le nombraba secretario general del Instituto de España y pocas semanas después, Jefe Nacional de Bellas Artes. De aquel cargo caería a los 19 meses y del segundo, a los cuatro años.
Era la segunda defenestración que sufría D’Ors; la primera había sido en el otro bando, cuando por problemas administrativos con las cuentas de una de las bibliotecas de la red de la Mancomunitat, la de Canet, presentó su dimisión y se marchó de Cataluña, enemistado con el presidente de la Mancomunitat, entonces Josep Puig y Cadafalch, y distanciado de una Lliga Regionalista que ya no vio bien sus veleidades sindicalistas.
Quien aspiraba a ser el Goethe de un nuevo Napoleón, que pergeñó la biblioteca falangista ideal, se burló de los que intentaban una mediación en la Guerra Civil como el decano de Canterbury (recuerda José-Carlos Mainer) y tenía a sus tres hijos combatiendo en las filas (uno de ellos, Juan Pablo, era teniente de la División Azul) se había caído del trono intelectual de la España franquista. Por un doble motivo, según apunta Jordi Amat: el discurso de la cultura franquista se fue desviando hacia el “nacionalismo seco” de la Generación del 98 y por el regreso del exilio de José Ortega y Gasset (que también tenía descendientes en las trincheras fascistas). El autor de La rebelión de las masas que había elogiado sus glosas, si bien acabó en su mismo bando, se sintió de joven más atraído por el socialismo democrático alemán y nunca jugó a ser el “propagandista pornógrafo” de la causa que sí fue el filósofo catalán, como recuerda Jordi Gràcia en otro de los trabajos.
Ante ese revés, inició D’Ors un tácito retorno a Cataluña, ¿ maternidad idealizada, según Oriol Pi de Cabanyes? “Perdió a su madre cuando apenas tenía 11 años; toda su existencia revela una búsqueda constante de esa figura”, dijo de él su hijo Juan Pablo. Quizá ahí y en la mezcolanza de ideales esté buena parte de la explicación de, por ejemplo, La Ben Plantada.
Perdió a la madre con 11 años; toda su existencia revela esa búsqueda”, dijo su hijo Juan Pablo
Murió el 25 de septiembre de 1954 en Vilanova i la Geltrú, acompañado de Pepita, secretaria con la que hacía vida marital quien fue de los primeros en beneficiarse de la ley de divorcio de la legislación republicana. En la cajonera y en la biblioteca quedó el rastro impresionante de sus corresponsales, amigos y admiradores: desde Miró, Nin, Bohigas o Tàpies (a quien le abrió Madrid cuando el joven artista contaba sólo 26 años) a Pessoa (heteronimia aparte, el portugués, ávido de intervenir en cultura como D’Ors, le cita diversas veces), Ferrater Mora (éste le dedicó en 1935 su primer libro, en un entusiasmo juvenil que iría languideciendo con los años) o Gabriel Ferrater (mucho de lo que dijo sobre pintura es gracias a la lectura de D’Ors). ¿Y hoy? Pues Gimferrer lamenta que la influencia estilista de D’Ors en las letras catalanas sea tan mínima: lo asegura quien quizá más se le ha acercado en lo literario con su novela Fortuny (1983), según apunta Eloi Grasset.
“No podemos ignorarlo. Conviene estudiarlo con serenidad e inteligencia. No pido más”, escribía Fuster en 1975, recuerda Antoni Martí Monterde. Y ahí sigue la cosa con Xènius.