Recorrido por el estilo parcial. José Francisco Ruiz Casanova. El País. 13/06/2002


13 JUL 2002
Cuatro libros de Eugenio D’Ors sobre lo barroco, la pintura catalana y la literatura muestran parte de lo mejor de sus vertientes literarias: la ensayística y la periodística.
Contrariamente a las connotaciones negativas que pueda tener hoy en determinados ámbitos la parcialidad, hubo en la literatura española de la primera mitad del siglo XX un estilo parcial compuesto por riqueza expresiva, cultura y capacidad intelectiva de sus autores, que vino dándose principalmente en la prosa periodística y ensayística, y de la que hay que rescatar nombres como los de Gómez de la Serna, Corpus Barga, Cansinos-Assens o González Ruano. De esta misma estirpe es una, o dos, de las vertientes literarias de Eugenio D’Ors (1881-1954), la ensayística y la periodística del Glosario, realidades tangibles de un tiempo en el que hacer de la escritura oficio suponía haber asimilado gran parte de la herencia cultural española y europea -y de sus respectivos presentes- y saber plasmar en la síntesis apretada de un artículo, o en el espacio más desahogado de un ensayo, visión y análisis del mundo propios. Esta secuencia de la escritura española, perdida u olvidada desde los cincuenta, ha querido recuperarse en la voz y las formas de autodeclarados discípulos, pero las más de las veces estos columnistas y ensayistas han recuperado una pequeña porción (la más costumbrista) de estos modos literarios, esto es, aquella porción que delata los orígenes y vocación internacional del periodismo romántico. Sólo puede escribirse en estilo parcial cuando no se es, culturalmente hablando, parcial en conocimientos y en lecturas, y algo de esto último parece ser se perdió hace medio siglo.
Coinciden ahora en su publicación cuatro títulos de D’Ors que representan dos de sus vertientes literarias: la ensayística (Lo barroco y Cincuenta años de pintura catalana) y la periodística (los volúmenes cuarto y quinto de su Último glosario, de sus glosas en Arriba durante 1949, 1950 y enero de 1951); a su vez, estos cuatro libros iluminan sobre dos momentos muy distintos de su escritura: los dos primeros, anteriores a la guerra civil (la primera edición de su texto sobre el barroco fue francesa, de 1935; el libro sobre pintores catalanes, nunca editado, fue proyecto de 1923); los volúmenes de las glosas, en la primera década de la dictadura franquista y en uno de los medios -todos lo fueron entonces- oficiales.
En Lo barroco, D’Ors acuñó
un par de definiciones, o de métodos, de abordar esta época -que según él no lo es- artística que han sobrevivido hasta hoy y que siguen citándose: por una parte, la idea de que lo barroco es la síntesis de ‘varias intenciones contradictorias en un gesto’, y que tal amalgama -y voluntad armónica posterior- procede de una ‘nostalgia del Paraíso Perdido’, es decir, del instante histórico en que cristaliza la conciencia colectiva del auge del conocimiento científico; por otra, D’Ors entiende lo barroco (o el barroco) como un eón, como una constante histórica, dentro de las expresiones artísticas, que va reapareciendo cíclicamente. La edición presente, más ajustada y fiel que otras que circularon, a la par que enriquecida con textos complementarios, permite entender el proceso de conformación teórica que sobre este asunto llevó a cabo D’Ors, desde muy temprano, y que seguiría repitiendo después.
Cincuenta años de pintura catalana es un ensayo fiel a su título. Escrito en buena parte en 1923, leemos en él apreciaciones enunciadas con voluntad de verdad absoluta como ésta: ‘Antes de 1873 el arte catalán no existe’. Aquí y allá va dando muestras D’Ors de ese estilo parcial, próximo en ocasiones a la mayor fluidez de lo periodístico, pero que no pierde de vista los rudimentos del ensayo, sobre todo en lo que hace a la estructura unitaria y la defensa y demostración de su tesis. Quizá uno de los procedimientos que más destaque en esta época en que tanto se habla de recepción de la obra artística sea el que hace de los juicios plásticos de D’Ors no un discurso encerrado en su materia (la pintura), sino resultado de una actividad comparativa, principalmente con la literatura. D’Ors se pregunta por el auge de la pintura frente a arquitectura y escultura, y entiende -y parece no querer verlo en Gaudí- que ésto se debe a que los pintores ‘se han ido limpiando de cualquier superstición de localismo’ antes que otros artistas, y que el nacionalismo catalanista, ‘hijo del fervor excursionista’, y no viajero, ocupa la literatura, pero no con la misma incidencia la pintura. Una observación sobre la edición del libro: quizá a su aparición en la colección en que lo ha hecho se deba su composición híbrida -no se trata aquí de pluralidad bilingüe-, pues siendo como es un ensayo escrito en castellano, se anota y prologa en catalán, cosa que pudiera suponer alguna dificultad para los lectores no catalanohablantes.
El designio y la ensalada y El guante impar son los volúmenes cuarto y quinto del Último glosario, proyecto que inició la editorial Comares en 1998 y que se culmina ahora. Ambos volúmenes, editados con mucho cuidado y útiles índices onomásticos, toman sus títulos de respectivas glosas de D’Ors. Leer estas obras, ahora, artículo tras artículo, supone asistir al advenimiento más claro de ese estilo parcial al que antes me refería: D’Ors emplea con rigor las artes de la crítica (comparación y clasificación, valoración), habla tanto de literatura como del islam o del Estado de Israel, los museos de autómatas, la unión federal de Europa o el Fausto de Goethe. Al mismo tiempo va deslizando un somero mapa de sus últimas lecturas, todas ellas de autores insignes y que han pervivido, entonces novedades (Frazer, Eliade, Cioran, por ejemplo), arremete contra algunas poéticas de la cotidianidad o contra los poetas de la colección Adonais, señala -ya- versos de Cirlot, enuncia su ‘teoría del público’ (o su deseo de que exista) y que tanta actualidad tiene para nosotros, y va dejando caer apreciaciones de poética (‘la verdadera lección literaria no consiste en acumular ornamentos, sino en quitarlos’), cita a Tierno Galván, Aranguren, Valverde, se lamenta de las traducciones y de la ausencia de buenas traducciones de Poe, etcétera. Y estamos refiriéndonos a un autor de casi setenta años, con decenas de obras y artículos a sus espaldas, pero que sigue leyendo y escribiendo como hace quien, en sus comienzos, pretende explicar el mundo. De hecho, su secreto, y su lamento, quizá se albergue en una de estas últimas glosas, en la que escribe: ‘Todavía está por hacer la historia natural de las miradas’.
Lo barroco. Eugenio D’Ors. Edición de Ángel D’Ors y Alicia García Navarro de D’Ors. Tecnos/Alianza. Madrid, 2002. 140 páginas. 10 euros. Cincuenta años de pintura catalana. Eugenio D’Ors. Edición de Laura Mercader. Quaderns Crema. Barcelona, 2002. 279 páginas. 18 euros. El designio y la ensalada/El guante impar. Eugenio D’Ors. Edición de Alicia García Navarro y Ángel D’Ors. Comares. Granada, 2002. 389 y 364 páginas, respectivamente. 24 euros cada uno.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de julio de 2002



El Misteri d'Elx homenajeará en la próxima edición a Eugeni D'Ors. El País. 11/09/2004


Elche 11 SEP 2004
El Patronato del Misteri d’Elx rendirá homenaje a la figura de Eugeni D’Ors al conmemorarse este año el cincuenta aniversario de su muerte, y lo hará nombrando como caballero portaestandarte de las representaciones de la Festa en otoño al nieto de este escritor, Ángel D’Ors. Así lo anunció ayer el presidente del Patronato del Misteri, Joaquín Serrano, que habló de “entrelazar el pasado reciente del Misteri y el momento actual”, con la conmemoración del medio siglo de la primera representación de la Festa en otoño.
Ángel D’Ors, catedrático de Filosofía del Derecho en Madrid y encargado de custodiar la obra de su abuelo, será el caballero portaestandarte que irá acompañado por el caballero electo, José María Asencio, ex cantor del Misteri y familiar de Alberto Asencio, uno de los personajes más vinculados a la Festa. José María Asencio está preparando junto al archivero del Patronato, Joan Castaño, un libro monográfico sobre la figura de Alberto Asencio, que saldrá publicado entre octubre y noviembre próximos. El segundo caballero electo es en esta ocasión José Andreu, patrono del Misteri y director de la emisora de radio Onda Cero en Elche, al que se le reconoce su contribución durante 31 años a la difusión de la Festa.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de septiembre de 2004



Lago Carballo reúne en un libro un centenar de anécdotas de D'Ors. Rocío García. El País. 25/09/2014


Madrid 25 SEP 2004
“Dentro del panorama cultural español de la primera mitad del siglo XX, Eugenio d’Ors merece estar en la primera fila del pensamiento y de las ideas”, afirma el historiador Antonio Lago Carballo (León, 1923), autor del libro Eugenio d’Ors. Anécdota y categoría (Marcial Pons), un texto que define como “un homenaje” al filósofo catalán de cuya muerte se cumplen hoy 50 años.
El acercamiento que propone Lago Carballo a la figura de D’Ors (1881-1954) recurre a la “tradición oral” como fuente de memoria. “He recuperado un centenar de anécdotas orsianas, algunas que le atribuye la tradición y otras publicadas por él mismo en sus glosas, los artículos diarios que publicó en distintos medios de la época sobre los temas más variados”, precisa el autor.
“Eugenio d’Ors fue un pensador enormemente original, un escritor formidable y un espíritu alerta que dio a conocer en España a diversos artistas y científicos extranjeros en su Glosario”, destaca. Nombres como Stravinski, Keynes y Einstein son algunos de los que integran esa lista.
“Creo que no tiene hoy la vigencia que merece”, afirma Lago Carballo, entre otras cosas porque “tuvo lectores pero no discípulos”. D’Ors “nunca ocupó una cátedra universitaria, algo que sí sucedió con Ortega”, explica el historiador. Sobre la vertiente polémica del pensador, Lago Carballo es parco: “Eugenio d’Ors se incorporó al primer Gobierno de Franco como director general de Bellas Artes, pero estuvo muy poco tiempo en el cargo. ¿Si esto tiene que ver con su falta de reconocimiento actual? Quizá”.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de septiembre de 2004



La modernidad de la modernidad. Valenti Puig. El País. 19/05/2014


 OPINIÓN
Es absurdo establecer una divisoria entre el D’Ors en catalán y el D’Ors en castellano porque lo que importa es D’Ors
19 MAY 2014 – 00:05 CEST
La modernidad de la modernidad acabó siendo post-moderna. Ahora no sabemos dónde estamos. En la literatura catalana, el rastro post-moderno se evaporó al instante. Ha llegado el mix, entre la hamburguesa doble y los sushi del supermercado. Ya todo es post-algo.
Comparar la vitalidad cultural de la Barcelona de los años sesenta con la actual genera perplejidad. Existe una modernidad que aspira a la madurez y una modernidad satisfecha con ser amnésica. La Barcelona hiper-moderna, más moderna que nadie, acabó por carecer de espíritu crítico. Ese es el poso que dejó una modernidad empeñada tan solo en transgredir. No era así en los años sesenta. Fueron años de modernidad, pero empeñados en una emulación que consistía en sentirse parte de algo que abarcaba desde la literatura de Mercè Rodoreda a los poetas novísimos, a una amalgama tal vez irrepetible de innovación y continuidad.
Pasaron los años y quedaron atrás la poesía de Foix o la huella del Quatre al set. Se impuso oficiosamente una versión estética posterior a lo que todavía significa la poesía de Gabriel Ferrater, su parentesco con la de Gil de Biedma, el flujo constante entre Madrid y Barcelona, la acogida única de los escritores del boom latinoamericano o el impacto de unas Últimas tardes con Teresa. Aún con sus rasgos fantasmagóricos, el cine tuvo su Escuela de Barcelona. Se daba una interconexión entre una vitalidad intelectual y una industria editorial pujante. Incluso los anti-modernos percibían la bocanada de aire fresco.
Recordar aquellos años no es una nostalgia sino una constatación. ¿Qué ha pasado desde entonces? Incluso aquella modernidad pretendía a su modo, casi por instinto, una fidelidad a las cosas bien hechas, la idea de una ciudad magnánima, la gran ciudad. Todo eso era antes del lento emerger de lo que hoy se puede caracterizar como una megalomanía del particularismo cultural. Es todo lo contrario de lo que representó en su día el estreno de Ronda de mort a Sinera o la edición de Teoria dels cossos.
Rubió i Balaguer, el penúltimo gentleman de la sabiduría catalanista, decía que la cultura catalana  no puede ser valorada íntegramente reduciéndola a la producción en catalán
Después de la naturalidad creativa, llegó la pretensión de aparentar mucho. Ha sido la época de una forma de ingeniería social aplicada a la cultura para que sea la voz de la nación irredenta. Por contra, no se trata de idealizar los años sesenta, sino de tener un elemento de comparación con la mediocridad que hoy predomina, de la que se salvan individualidades pero cuya atmósfera es de medianía. No tiene lógica presuponer que la cultura catalana tenga que ser nacionalista. No parece que la cultura finlandesa sea toda finlandista.
Lo que no pudo ser una herencia generosa de aquellos sesenta era la constatación permanente de una sociedad bilingüe. Rubió i Balaguer, el penúltimo gentleman de la sabiduría catalanista, decía que la cultura catalana, que desde la Primera Edad Media no se ha expresado literariamente en una sola lengua, no puede ser valorada íntegramente reduciéndola a la producción en catalán. Sin embargo, el establishment del nacionalismo catalán —el resistencialismo— se empeñó en un ilusionismo monolingüe. Es evidente que la lengua catalana, hasta la Constitución del 1978 pasó por la afrenta del régimen franquista, pero el hecho bilingüe de raíz venía siendo una realidad de siglos. Con la entrada de las tropas de Yagüe por la Diagonal, lo que llegó fue un trato de menosprecio oficial hacia la lengua catalana pero el castellano era un uso natural desde hacía largo tiempo.
Pongamos por caso: al serle negado el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes a Josep Pla como a otros, ¿pesaban más algunos aspectos de su trayectoria política o su uso de la lengua castellana como infracción del código resistencialista? Por el mismo motivo, la generación del semanario Destino, un dato capital de los años sesenta, tampoco mereció la comprensión de lo que entonces ya se veía venir como un modelo estéril.
Ese mismo modelo estéril intentaría impedir que Mariona Rebull estuviese situada en la centralidad de la vida simbólica de Cataluña, de modo equiparable a los personajes telúricos de Víctor Català. Al fin y al cabo, ¿no hay mucha más vida y aliento real en las novelas en castellano de Juan Marsé que en los armatostes en catalán de Manuel de Pedrolo? Por la misma razón, es un absurdo establecer una divisoria entre el D’Ors en catalán y el D’Ors en castellano porque lo que realmente importa es D’Ors.
Ahí estaba, al menos, la modernidad intelectual de Cataluña y especialmente en los años sesenta de un siglo que ya se fue. ¿Modernidad o modernidades? La caravana pasa de largo dejando la post-modernidad a un lado. Cualquiera sabe que la creación es un hecho solitario y, por naturaleza, cualitativo, no cuantitativo. La cultura de Cataluña hoy está pagando el error nacionalista de haber trastocado la continuidad de lo mejor para aferrarse a la hegemonía de la cantidad.
Valentí Puig es escritor.



La Cataluña de 1914 y la de ahora. Valenti Puig. El País. 29/06/2014


 OPINIÓN
Cien años después del atentado de Sarajevo, lo que dijo entonces D’Ors tiene gran sentido. Intuyó que 1914 era una guerra civil
29 JUN 2014 – 21:12 CEST
La historiografía particularista a fuerza de poner la lupa en Cataluña acaba por reducir sus conexiones con la amplitud de los procesos históricos como, por ejemplo, los de Europa. Así, aunque 1714 fue una guerra dinástica y de trasfondo europeo, acabamos por sugerir el espejismo de una Cataluña cuya identidad hubiese sido el centro umbilical del acontecer histórico universal. Tiene mucho sentido que los catalanes que lo deseen tengan preocupación por lo que es y será Cataluña pero eso no obliga a dar por supuesto un mundo catalano-céntrico. Lo sabía el catalanismo regeneracionista. La guerra de 1914, cuyo centenario se está conmemorando, tuvo muchas repercusiones en Cataluña, especialmente económicas, pero si uno no ubica las cosas en los horizontes amplios tenemos una Cataluña más pequeña, imbuida de un excepcionalismo propenso a creer que solo tienen significado las cosas que intervienen en su vida particular porque no es otro el eje de la historia vivida. Hay más cosas en el mundo de las que presuponen los historiadores nacionalistas. En fin, el contraste entre las discontinuidades y las tendencias que se prolongan en el tiempo no son una exclusiva de nadie, como no lo son 1714 o 1914.
Precisamente de lo mejor que Cataluña aportó a 1914 fue la presencia intelectual de D’Ors. Después se le imputó la peor traición a Cataluña. Antes de eso dio altura a la vida intelectual catalana con su Glosari y organizó bibliotecas públicas por encargo de Prat de la Riba. Pensaba su Cataluña en términos de civilización. En 1914 rehusó definirse como germanófilo o francófilo. En realidad, es como si hubiese tenido una premonición sobre lo que sería Europa al final de aquella guerra. Intuyó que 1914 era una guerra civil, como lo eran todas las guerras europeas. Es saludable tenerlo presente ahora que va tomando cuerpo la tesis irracional de que, puesto que la secesión dejaría a Cataluña fuera de la Unión Europea, la reacción debe ser que la Unión Europea no se merece que Cataluña sea una de sus partes. Ya fue un precedente situarse por sistema fuera del contexto hispánico.
Cien años después del atentado de Sarajevo, lo que dijo entonces D’Ors tiene gran sentido. En Barcelona, la dialéctica entre germanófilos y aliadófilos hacía furor, mientras que la Lliga preconizaba aquella discreta neutralidad —la que sostenía la política exterior de España— que acabó siendo provechosa para la industria catalana. Alguien como Prat de la Riba estaba a favor de Alemania, para asombro de un joven Gaziel que se daba a conocer como cronista de la contienda. D’Ors, inicialmente acusado de germanofilia, siendo culturalmente francés, entonces redacta un manifiesto por la unidad de Europa. Desde siempre había defendido una unidad cultural europea sostenida por dos grandes pilares que eran la civilización mediterránea y la cultura germánica. Era un nostálgico del Sacro Imperio Romano Germánico. Intuyó que el asesinato de Sarajevo acababa con el antiguo orden y prologaba futuras turbulencias. “Sí, Sacre Imperi Romà Germànic. Sí, encara una volta: la guerra entre França i Alemanya és una guerra civil!”.
Más aún, pensaba que en el paisaje post-bélico sería factible un retorno innovador a Europa. Acertó en el diagnóstico pero se equivocó de guerra porque tuvo que haber otra para que Europa iniciase sólidamente su camino de integración. Frente a la beligerancia de los intelectuales francófilos o germanófilos, insistía en la causa de la integridad de Europa. La distancia con la tesis implícitamente eurófoba del secesionismo actual es inmensa. Sobre la Gran Guerra, las Lletres a Tina de D’ors son una de la reflexiones de más envergadura de aquella Cataluña noucentista, una reconsideración de los valores de la civilización europea. Un intenso esfuerzo intelectual difícilmente comparable con la grotesca manipulación de las ruinas del Born. Por su parte, D’Ors escribe su decálogo para el hombre europeo y libre. Eso le lleva a polemizar con Unamuno al que considera adversario de Alemania porque también es adversario de Francia. Y, en definitiva, por ser adversario de Alemania, ser a la vez adversario de Europa.
La Cataluña de 1914 era una sociedad de economía pujante y de intelectualidad creativa. También vivía una gran conflictividad social. Al fin y al cabo, la Semana Trágica era de 1909. La Cataluña de hoy intenta recuperarse de la crisis económica y a la vez tantea —con perplejidad en unos casos y con ilusión en otros— los muros del callejón sin salida al que ha conducido la política secesionista de Artur Mas. Ciertamente, no existe una figura equiparable a la de Eugeni d’Ors. Y, de existir, su influencia y autoridad no serían las mismas porque actualmente las culturas son policéntricas, desjerarquizadas y muy adictas al relativismo. D’Ors deseaba que una expresión unitaria como era Europa pudiese seguir sirviendo como bandera en un combate por la reforma y la cultura en España. Su Europa, sobre todo, significaba la ley.



Eugeni D’Ors, el olvido imposible. Carles Geli. El País. 02/06/2015


Una treintena de estudiosos analizan la influencia de uno de los intelectuales más polémicos, constructor tanto del nacionalismo catalán como del español con Franco
Barcelona 2 JUN 2015 – 00:01 CEST
La tradición había que ponerla, mal que pudiera pesar, por encima de la traición. Con ese delicado pareado, nadie más alejado del personaje que el volteriano Joan Fuster, que con 27 años aprendió a leer en catalán con el Glosari, entendía que había que, al menos, explicar a Eugeni d’Ors (1881-1954), elegante formador de las minorías intelectuales que vertebraron el Noucentisme que alimentaría la Mancomunitat de Cataluña, el mismo que se inventó un grotesco ritual de una vela de armas en Pamplona en 1937 para ingresar en Falange, en la fecha en que en 1523 Garcilaso se hacía caballero de la orden de Santiago.
Ese espíritu de intentar aprehender las múltiples figuras del complejo caleidoscopio que fue el polémico escritor, filósofo, secretario general del Institut d’Estudis Catalans (IEC, 1911-1920) y, tras pelearse con los responsables de la Mancomunitat y abandonar Cataluña, secretario (perpetuo) del Instituto de España (1938-1942) y director general de Bellas Artes (1938-1939), es el que rezuma el volumen Eugeni d’Ors. Potencia i resistència, que la Institució de les Lletres Catalanes acaba de lanzar.
De los 34 estudios que, coordinados por Xavier Pla, conforman el libro (arropado el pasado jueves con una jornada monográfica en el IEC y con un notable apartado fotográfico) no puede salir más que una figura complejísima y de las más irritantes (para bien y para mal) que ha generado Cataluña. “Yo limito, al norte, con la Erudición; al sur, con la Mecánica; al este, con la Música; al oeste, con la Niñez”, se cartografió él mismo, comentarista de la ciudad moderna (“soy un urbícola convencido”) y un poco pagado de sí mismo (declaró festivo para las bibliotecas el día de la muerte de Enric Prat de la Riba… y el de su propio santo).
Las metáforas y los escaparates de mal gusto
Con envidiable capacidad para tomar el pulso a los nuevos tiempos, condensar un pensamiento en una gacetilla de prensa y hacerlo comprensible a un vasto público a partir de metáforas, Eugeni d’Ors basaba su sistema filosófico en nombrar las cosas y ordenarlas. “La quintaesencia del pensar está en el nombrar”, escribió en El secreto de la filosofía (1947). Porque el nombrar “opera con la realidad como el vaso con el líquido”. Y tras apropiarse de las cosas, hay que darles su lugar: “El conocimiento concreto nos da la mitad del saber; la clasificación, el orden, la otra mitad”, dice en Tres horas en el Museo del Prado. El afán ordenador de Xènius llegó a recordar la necesidad de llevar chaleco en pleno rigor estival porque “no es sólo un principio de etiqueta sino de ética. Y de estética”. O a criticar los escaparates de tiendas “tendentes a una ostentación de mal gusto; son una escuela de estridencia que, a la fuerza, ha de repercutir en las costumbres”, escribía… en 1907.
D’Ors lo tuvo claro pronto; 1910, por ejemplo, como reflejó, obvio, en su Glosari: “Dadme una palanca —es decir, un hombre o un grupito de hombres capaces de sacrificios— y un punto de apoyo, es decir, un sentimiento de nacionalidad joven, de imperio a forjar o de religiosidad fresca —y yo os reharé un Pueblo”. Agarró así la Cataluña que surgía a rebufo del empuje de Prat de la Riba (aunque llegó a decir que éste sólo ejecutaba sus ideas), si bien a él le faltaba la tradición de un Estado y un clasicismo propios como tenían los franceses, como apunta con tino Joan Ramón Resina en un texto.
D’Ors, hombre de recursos, se agarraría al mediterranismo y a la cultura clásica (de ahí la obsesión por las ruinas de Empúries) y se mostró siempre europeísta y, en consecuencia, enemigo de los nacionalismos, si bien ayudó como pocos a construir el catalán y el español, como hace notar Maximiliano Fuentes. De ahí su posición neutralista durante la primera guerra mundial (“Es una guerra civil europea”: fue el primero en decirlo) aunque veía en Alemania a la heredera y protectora de los valores culturales europeos del absolutismo ilustrado francés del XVI y de las ideas de jerarquía, autoridad y orden…
Se va perfilando así un D’Ors atraído por un fascismo de raíces francesas en un personaje que en los años 20 había coqueteado con el sindicalismo, asistido al entierro del líder y abogado laboralista Francesc Layret y que dio apoyo a la contundente huelga de La Canadenca (a la que dedicó unas glosas)… episodios todos que le que fueron recordados en su contra años después en el consejo de ministros de un Franco que a principios de 1938 le nombraba secretario general del Instituto de España y pocas semanas después, Jefe Nacional de Bellas Artes. De aquel cargo caería a los 19 meses y del segundo, a los cuatro años.
Era la segunda defenestración que sufría D’Ors; la primera había sido en el otro bando, cuando por problemas administrativos con las cuentas de una de las bibliotecas de la red de la Mancomunitat, la de Canet, presentó su dimisión y se marchó de Cataluña, enemistado con el presidente de la Mancomunitat, entonces Josep Puig y Cadafalch, y distanciado de una Lliga Regionalista que ya no vio bien sus veleidades sindicalistas.
Quien aspiraba a ser el Goethe de un nuevo Napoleón, que pergeñó la biblioteca falangista ideal, se burló de los que intentaban una mediación en la Guerra Civil como el decano de Canterbury (recuerda José-Carlos Mainer) y tenía a sus tres hijos combatiendo en las filas (uno de ellos, Juan Pablo, era teniente de la División Azul) se había caído del trono intelectual de la España franquista. Por un doble motivo, según apunta Jordi Amat: el discurso de la cultura franquista se fue desviando hacia el “nacionalismo seco” de la Generación del 98 y por el regreso del exilio de José Ortega y Gasset (que también tenía descendientes en las trincheras fascistas). El autor de La rebelión de las masas que había elogiado sus glosas, si bien acabó en su mismo bando, se sintió de joven más atraído por el socialismo democrático alemán y nunca jugó a ser el “propagandista pornógrafo” de la causa que sí fue el filósofo catalán, como recuerda Jordi Gràcia en otro de los trabajos.
Ante ese revés, inició D’Ors un tácito retorno a Cataluña, ¿ maternidad idealizada, según Oriol Pi de Cabanyes? “Perdió a su madre cuando apenas tenía 11 años; toda su existencia revela una búsqueda constante de esa figura”, dijo de él su hijo Juan Pablo. Quizá ahí y en la mezcolanza de ideales esté buena parte de la explicación de, por ejemplo, La Ben Plantada.
Perdió a la madre con 11 años; toda su existencia revela esa búsqueda”, dijo su hijo Juan Pablo
Murió el 25 de septiembre de 1954 en Vilanova i la Geltrú, acompañado de Pepita, secretaria con la que hacía vida marital quien fue de los primeros en beneficiarse de la ley de divorcio de la legislación republicana. En la cajonera y en la biblioteca quedó el rastro impresionante de sus corresponsales, amigos y admiradores: desde Miró, Nin, Bohigas o Tàpies (a quien le abrió Madrid cuando el joven artista contaba sólo 26 años) a Pessoa (heteronimia aparte, el portugués, ávido de intervenir en cultura como D’Ors, le cita diversas veces), Ferrater Mora (éste le dedicó en 1935 su primer libro, en un entusiasmo juvenil que iría languideciendo con los años) o Gabriel Ferrater (mucho de lo que dijo sobre pintura es gracias a la lectura de D’Ors). ¿Y hoy? Pues Gimferrer lamenta que la influencia estilista de D’Ors en las letras catalanas sea tan mínima: lo asegura quien quizá más se le ha acercado en lo literario con su novela Fortuny (1983), según apunta Eloi Grasset.
“No podemos ignorarlo. Conviene estudiarlo con serenidad e inteligencia. No pido más”, escribía Fuster en 1975, recuerda Antoni Martí Monterde. Y ahí sigue la cosa con Xènius.



"D'Ors fue el primer fascista español", afirma el historiador Cacho Viu. Miguel Mora. El País. 08/07/1997


Un libro analiza la juventud teórica del intelectual catalán

“Eugenio D’Ors fue el primer fascista español”. Esa es la conclusión a la qué ha llegado el historiador Vicente Cacho Viu (Madrid, 1929) en su libro Revisíón de Eugenio D’Ors (Quaderns Crema y la Residencia de Estudiantes), que fue presentado ayer en Madrid. Aproximación a la juventud teórica del polémico intelectual catalán -analiza el periodo 1902-1930-, el libro afirma que D’Ors (1881-1954) “se impregnó en París, entre 1906 y 1910, de la corriente autoritarista francesa que sería la génesis del nacionalsocialismo. Georges Sorel, en lo social-sindical, y su amigo Charles Maurras, en lo nacionalista, le influyeron mucho”.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense, especialista en el periodo de entresiglos, la tradición liberal española y los orígenes del nacionalismo catalán, Cacho Viu juzga a Eugenio D’Ors como uno de los escritores españoles de más calidad y brillantez del siglo XX Por eso, dice, su libro trata de reparar un olvido básicamente político: “Desde su muerte, D’Ors ha permanecido en el purgatorio literario a causa de su doble y presunta condición de traidor: primero, al nacionalismo catalán, qué no le perdonó que se fuera a Madrid y se pusiera a escribir en castellano; segundo, a la España liberal, que reprobó su temprana adhesión al régimen de Franco”. Pero el problema intelectual de D’Ors fue, sobre todo, de índole práctica. En el ámbito catalán, “aspiró a convertirse en Goethe, en lo que significó Goethe para la pequeña República de Weimar. Nunca lo logró porque sus ideas prefascistas estuvieron siempre muy lejos del liberalismo conservador de los nacionalistas catalanes. Sólo con Prat de la Riba, su maestro y protector, tuvo cierta influencia, menos de la que él de cía y con la desgracia añadida de que murió muy pronto, como Joan Maragall, su otro valedor. Por lo demás, Cambó lo odiaba intelectualmente, y Puig i Cadal fach se enfrentó con él”.

Siempre apretado de dinero, D’Ors llegó a Madrid en 1920 a buscarse el sustento después de ser despedido de “sus dos pequeños cargos culturales en Cataluña” y despojado de su colaboración en La Veu, órgano de prensa del nacionalismo. Pero en el centro la cosa no le fue mejor: “Junto a Unamuno, fue el gran disidente de la época. Utópico, soñador, fantasioso y autoritarista, nunca pudo hacerse valer ante el imperio libe ral de Ortega, que intervenía con más fuerza en política y era mucho más pragmático: había creado un verdadero holding de comunicación que incluía El Sol, Espasa-Calpe, La Revista de Occidente… ” .

D’Ors nunca pudo hacerse un hueco en él “a pesar de que Ortega lo respetaba mucho lo trataba con prepotencia”-, y siendo un hombre “muy poco religioso y con un gran sentido del humor”, quedó relegado “a la opción del Abc”. Desde esas páginas, D’Ors siguió ejerciendo “su gran finura intelectual” a través del célebre ‘Glosario’, minigénero ensayístico, que había inventado para La Veu y que tras la guerra y hasta su muerte continuó publicando en Arriba.Cacho dice de aquellas columnas que eran tan buenas, que daban ganas de aplaudir: “Es, sin duda, el mejor periodista español del siglo, un escritor extraordinario dotado de una prosa de gran musicalidad, ironía y gracia. Escribía con la misma soltura en catalán, castellano y francés, y tocaba todos los temas, desde la actualidad frívola a los grandes principios culturales. Nadie ha combinado lo efímero y la filosofía como él”.

El libro incluye además 109 cartas inéditas -a Ortega, Unamuno, Maragall, Pérez de Ayala o su amante argentina, Adelia Acevedo… que hablan de un “bromista impenitente que nunca tuvo dónde caerse muerto, aunque era un gran dandi y siempre anduvo necesitado de una mujer que lo cuidase”.
El ‘noucentisme’

Según su biógrafo, D’Ors -al que el Reina Sofía dedica una exposición que estará abierta hasta el 30 de septiembre- fue capaz de combinar su prefascismo utópico con virtudes paradójicas: la mayor, su especial sensibilidad para el arte, que demostró al fundar el noucentisme, “que consideraba una aberración a Gaudí y Maragall”, y al escribir la que se considera su obra más perfecta: Tres horas en el Museo del Prado. Pero, 40 años después, el misterio continúa. Tanto, que una vez publicado el libro, Cacho Viu, entre bromas y veras, duda mucho que su perfil orsiano sea real. “Es difícil saberlo. Su vida privada fue muy opaca y sus escritos es mejor no tomarlos nunca literalmente en serio. Está claro que fue un grandísimo estimulador intelectual, pero también un gran falsificador: se fabricó un personaje. Y como ya avanzó Aranguren, aunque no remató un sistema filosófico, porque fue sobre todo un escritor, fue superior en estilo al propio Ortega. Tal vez por eso, concluye el historiador, el retrato debería completarlo “un especialista en literatura cubana, capaz de entender las polisemias, bromas y músicas de su portentosa escritura”.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de julio de 1997




Presentació del llibre "La manipulación de los indignados" en la Universitat de Girona. Jaume Farrerons. 15/01/2013


 

UNIVERSITAT DE GIRONA

JAUME FARRERONS

ASSOFIA

CONFERÈNCIA PRESENTACIÓ DEL LLIBRE “LA MANIPULACIÓN DE LOS INDIGNADOS” (2012)

15 DE GENER DEL 2013 / AULA MAGNA / FACULTAT DE LLETRES

 




Eugeni d'Ors, sin estereotipos. Julià Gillamon. La Vanguardia. 26/09/2004





Eugeni d’Ors, no apto para sectarios. Julià Gillamon. La Vanguardia. 13/06/2015