El problema cultural del “fascismo” . Jaume Farrerons. 1987


El problema cultural del “fascismo”

(1987)

 

“La revolución sólo puede ser fascista” (Max Horkheimer). Ponencia de la Entidad Potencialista (ENSPO) presentada en el Congreso por un Proceso de Convergencia, Barcelona, 27 de septiembre de 1987.

Estamos intentando reconstruir el texto íntegro. Advertimos que el que se publica a continuación está incompleto

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y sólo se han añadido algunos de los títulos de los parágrafos para hacerlo más comprensible. Cuando el autor redactó este escrito tenía 25 años. Actualmente ha modificado sus posturas, sin embargo, lo dicho acredita el antecedente y el principio de toda su investigación posterior. Mantiene, en todo caso, los siguientes puntos: (a) la condena del racismo y del antisemitismo; (b) la idea de que el fascismo constituye la autocomprensión del proyecto histórico izquierdista.

EL PROBLEMA CULTURAL DEL FASCISMO

 

El fascismo se dice de muchas maneras. Podemos hablar en efecto, del fascismo político como algo ya de por sí bastante indefinido, pero a la par existiría también un fascismo metapolítico, harto más vago y difuso aún que el primero. Los términos “nazi”, “totalitarismo”, “racismo”…- y derivados, suelen emplearse como sinónimos de “fascismo”; pero de entre todos ellos, y aún así atestiguando ya el quantum de “especifidad semántica” comúnmente asignado a los demás, sólo “nazi” conserva la fuerza del “original”. El vocablo estrictamente político se aplica tanto a los “comprensibles de suyo” y “clásicos” fascismos “de derecha”, cuanto a los menos obvios fascismos “izquierdistas”, extendiéndose asimismo el campo de significación más allá del período contemporáneo -v.g.: en la literatura de anticipación- o, antes de él, a “Alemania”, Asiria, Esparta, a los confederados americanos… “Se” habla en fin de una “mentalidad” y de un “carácter” fascistas, de un “macho” sexual explotador intrínsecamente fascista, de un “tecno fascismo” entre los ecologistas, etcétera.

En su acepción originaria, “fascismo” designa una corriente política local -luego nacional-, que se constituye en Italia después de la gran guerra europea y se extingue formalmente hacia 1945. La universalización del término se explica tanto por la dinámica interna del propio fascismo, enquistado al parecer en la sociedad occidental entera, como por la acción verbal demagógica de los adversarios inmediatos del mismo, los comunistas de filiación “marxista-leninista”, que generalizan su uso a todos los segmentos del arco político. Así, mientras proliferan diversos grupos “fascistizantes” en Alemania, España, Francia, Hungría, Rumanía…, los propios socialistas son calificados, desde la hoy denominada “extrema izquierda”, de “social-fascistas”… Durante la guerra fría, la progresiva transformación del vocablo avanza un grado más cuando los mentados socialistas, así como los restantes grupos políticos “democráticos”, establecen la identificación entre “fascismo” y “totalitarismo”, de tal suerte que el régimen marxista-leninista, contra cuyos representantes italianos se alzaron los fascistas originarios, se revela a la postre “más” fascista que éstos mismos. El Estado mussoliniano, el primer estado fascista cronológicamente hablando, resulta incluso en cuanto estado no totalitario, “desencapsulado” de su propio término. La remodelación del cuadro histórico nos muestra, en fin, paradójicamente, las luchas callejeras italianas de los veinte como el enfrentamiento entre los supuestos “fascistas no-fascistas”, los mussolinianos, y ciertos “antifascistas ‘fascistas’”, sin que se nos aclare cómo debemos orientarnos en semejante enredo lingüístico. El materialismo histórico, por su parte, ha determinado “científicamente” la “esencia” del fascismo como recurso de urgencia político liberal, que mostraría el auténtico rostro de la democracia burguesa en la quiebra del sistema capitalista y la inminente revolución del proletariado. Consecuentemente: la férrea alianza anti-fascista entre el liberalismo occidental y el comunismo totalitario, fascistas ambos según sus posteriores y mutuamente respectivos adversarios, resulta a la postre, tan cómica como lo sea el hecho de que, en la segunda guerra mundial, las partes beligerantes puedan, según la exégesis progresistas, ser todas calificadas de “fascistas”, y que pese a ello siga aún hablándose de politología o ciencia social “científica”.

La acuñación del vocablo “fascismo” en su uso metapolítico, es obra de la nueva izquierda europea de posguerra, y viene a generalizar el resultado de sus análisis sobre la naturaleza del “capitalismo tardío”, así como la identidad última del fascismo respecto al régimen soviético. El dominio fascista no sería ya un dominio exclusivamente estatal-policíaco, sino ante todo, según los neoizquierdistas, un complejo psíquico socialmente introyectado por el individuo, que cristaliza como representación sexual y generalizada incapacidad para el ‘goce”. En éste ámbito discursivo, se hace común el uso del término “personalidad autoritaria”, ente susceptible de extender su malformación psicológica al buen salvaje mediante el ejercicio de un poder político frustrador y el control de los procesos primarios de socialización. Bloquear la reproducción educativa de tales elementos psíquicos “fasciomorfos” deviene así la estrategia medular del izquierdismo antiestalinista desde mayo de 1968 hasta nuestros días. El fascismo pasa asimismo a definir las enteras estructuras del capitalismo monopolista-tecnocrático, que en virtud de su fascistizante idiosincrasia explota a la “gran madre tierra”, violándola cruelmente sin atender en absoluto a sus irrenunciables “orgasmos”- sin “ternura”- y, por si fuera poco, dañándola en sus más delicadas intimidades cual despiadado “macho”…

El fascismo. ¿Qué mienta en suma el lenguaje al emitir este vocablo? ¿A qué nos referimos nosotros al emplearlo?

I. El “fascismo” como mal radical

La plurifuncionalidad deshilachada, y harto incoherente en ocasiones, que consagran las hablas contemporáneas en el uso común y habitual de la palabra, va a la par sin embargo con lo unívoco de su significación connotativa. Así, “fascismo” podrá denotar lo que “se” quiera, mas ello de tal suerte que lo denotado devenga inapelablemente malo. El término “fascismo” muestra hoy un carácter eminentemente adjetivo, que posibilita su uso plurifuncional. Al sustantivo, en cambio, le corresponde aquello que nuestras sociedades progresistas y presuntamente pluralistas, no se atreven a invocar, es decir: el mal.

Ahora bien: el fascismo, ya lo hemos señalado, nace en Italia como movimiento político… No parece existir razón obvia ninguna susceptible de explicar por qué haya evolucionado, hasta adquirir tal connotación semirreligiosa -supletoria del vetusto diablo-, la “marca” del partido mussoliniano. Hagamos constar, en este sentido, que bajo el régimen de Mussolini (1922-1944) se ejecutaron veinticinco condenas a muerte, mientras ciertas bandas terroristas de extrema izquierda, asesinan aún hoy triple número de personas en un sólo año. Por cierto que a tales “bandas armadas” se las califica de fascistas pese a su declarada filiación marxista-leninista, pero justamente en ello reside “lo problemático”.

Más resoluble parece nuestro enigma si ampliamos el concepto de “fascismo” hasta abarcar al movimiento y al régimen hitlerianos. Sin embargo, esta ampliación obliga a extender parejamente la determinación a otros movimientos europeos de muy diverso carácter, por cuanto de lo contrario la nueva definición de “fascismo” aparecería como algo forzado. En efecto: si el nazismo “es” fascista también deben serlo el jonsismo español, la Guardia de Hierro rumana, la “Cruz y Flecha” húngara, etcétera. Al régimen nazi acaso pueda achacársele “Auschwitz”, es decir: todo el complejo de los campos de exterminio, pero, ¿cabe responsabilizar al resto de los fascistas europeos? Y aún contestando afirmativamente a esta pregunta -aún reduciendo el fascismo al nacionalsocialismo germánico- queda empero abierta una cuestión mucho más grave, a saber: que nada nos obliga a considerar constitutivo del fascismo el genocidio judío, que la ecuación (fascismo=”Auschwitz”) sí puede ser legítimamente cuestionada, pues en ella no se trata de constatar la existencia de los hornos crematorios y de las cámaras de gas, sino de establecer una inferencia en virtud de la cual los mentados “hornos” adquieren un valor estructural.

La importancia de este razonamiento se pone de manifiesto si consideramos cómo el marxista sigue siendo marxista cuando el primer régimen “humano” de la historia deja perecer de hambre, por mor de Das Kapital, a cinco millones de campesinos; cómo el liberal sigue siendo liberal pese a los insoslayables horrores del proceso de industrialización que él mismo capitaneó; cómo el cristianismo olvida con gusto las “cámaras” de tortura inquisitoriales para santiguarse ante el deleznable y monstruoso anticristo Adolf Hitler; cómo, en fin, los actuales social demócratas y la entera “buena gente” dispuesta a respaldarlos desde bien surtidos centros de placer y supermercados, tolera la muerte por hambre, en el Tercer Mundo, de cuarenta millones de personas al año. En ningún caso observamos a los comunistas establecer un nexo que vincule esencialmente el comunismo a los Gulag, o a los liberales inferir del muy liberal siglo XIX la relación inherente entre el liberalismo puro y depauperación masiva de la clase obrera. El vínculo de “fascismo” y “Auschwitz” sí debe ser en cambio, según ellos, constitutivo y necesario.

Nosotros no quisiéramos entrar en el tema de la presunta inexistencia de “Auschwitz”, pero el más elemental sentimiento de responsabilidad nos obliga a “empringarnos”. En efecto: ya desde los inicios de la posguerra, las cifras de judíos supuestamente asesinados por Hitler fueron progresivamente bajando. Hasta alcanzar los “definitivos” Seis Millones, muchos otros cómputos, al parecer harto interesados, se descartaron. Sin embargo, actualmente, los manuales de historia “oficiales” aceptan la “des-auschwitzación” de algunos campos, y reducen el volumen global de víctimas a 4,5 millones, abriendo así la expectativa de que las cifras continúen su escandalosa caída en picado. La entera existencia real del genocidio ha sido cuestionada por historiadores de distintitas filiaciones políticas, y parece ya próximo el día en que un trascendente debate se iniciará por fin entorno a este caso.

Una reflexión rigurosa sobre la filosofía del método historiográfico puede resultar, empero, mucho más fructífera que el manejo revisionista de cifras, pese a lo cual nosotros respaldamos la legitimidad parcial del “criterio objetivista” y consideramos que el descubrimiento de una premeditada orquestación ruso-americana en el tema de “Auschwitz”, constituiría un golpe moral decisivo contra los indudables criminales de Dresden y Nagasaki. En cualquier caso, de lo que se trata no es de saber si los nazis asesinaron o no asesinaron mayor o menor número de judíos (la diferencia entre 6 y 4,5 millones resulta éticamente despreciable); la meta de todo revisionismo debe situarse, antes bien, en el terreno metodológico de la ciencia histórica, para emplazar el problema del objetivismo en cuanto pregunta por la legitimidad de la inferencia que establece la ecuación (“Auschwitz = fascismo”).

II. El concepto pre-historiográfico de “Fascismo”

La historia nada tiene que ver con una mera descripción de “hechos objetivos”. Los datos historiográficos “descriptos” yacen abiertos ya previamente en el “horizonte histórico” por un criterio selectivo y ordenativo de los mismos: el hombre qua proyecto. El historiador, en tanto que conciencia social -no en tanto que “individuo”-, es en efecto el responsable de decidir sobre la historicidad del “dato” yecto ante sus ojos como puro “hecho”. Los hechos, sin duda, están ahí “de por sí”, gusten o no a los sujetos empíricos, pero el carácter y el valor historizante de aquéllos remite a la resolución de futuro de quienes deben interpretarlos de modo (in)-auténtico. En este sentido es la sociedad antifascista la que ha decidido emplazar la ecuación que iguala el fascismo al mal radical. De este emplazar previo brota la búsqueda historiográfica de una constelación factual cuya “existencia en sí” confirme y legitime lo de antemano resuelto.

Cada día en la vida de cada hombre se compone de una miríada infinita de “hechos”; la sociedad, como colectividad humana, los engloba a todos ellos… Ahora bien: la historia no se ocupa de amontonar un hecho social sobre otro, “describiéndolos”. La historiografía, ciertamente -tal es su definición etimológica-, “describe” los hechos históricos, pero éstos vienen ya constituidos para ella de antemano en tanto que históricos. Un “hecho histórico” es un factum brutum dotado de valor desde un “algo” que lo establece como valioso. El “algo” es el historiador… El historiador, empero, no actúa a capricho, sino como historiólogo. La historiología es una “disciplina” a la que, en cuanto historiador, el individuo empírico disciplinariamente se somete. El “aquello que” a lo que se somete constituye un fundamento supraindividual y supraempírico; pero, ya lo hemos visto, tal fundamento nada tiene que ver con los “hechos”, sino que a su supraempiricidad le es inherente a la par un constitutivo carácter a-factual. El fundamento del historiador es lo que la palabra historio-logía mienta como logos. El plegarse a la exigencia del logos constituye la tarea desde la cual establece el historiador la historicidad auténtica de los “los hechos históricos”.Llamo “concepto prehistoriográfico de ‘fascismo’” al proyecto social que conforma, encarnado en los historiadores progresistas, el criterio de valor cuya determinación funda el hecho-“Auschwitz” en cuanto dotado de historiologicidad, y desde él, la historiográfica ecuación (fascismo =mal radical).

III. Más allá del objetivismo.

El autor de estas líneas no pretende pues adoptar una actitud “objetivista”. De la doctrina que asume tampoco se sigue, empero, un “relativismo”, “postura” dependiente aún de la creencia en puros hechos objetivos, sino el objetualismo como referencia a una legitimación supraindividual absoluta. La objetualidad mienta una conformidad con el logos, subyacente, positiva o negativamente, a la determinación de todo hecho histórico en cuanto fenómeno historio-lógico. El autor de estas líneas se adscribe necesariamente a un “otro” proyecto social del que inhiere un “otro” criterio axiológico, y, en consecuencia, funda una constelación “alternativa” de hechos históricos. El hecho histórico fundamental que abre, señala hacia la misma necesidad del concepto historiológico como tal, apertura que no brota a su vez de un análisis historiográfico, sino del propio logos. Ella se impone por sí misma, en efecto, sin recurrir a verificación empírica, como ya se ha visto más arriba. Ella legitima la adscripción de la exégesis fascista del “fascismo” a “lo historiológico” auténtico. La concepción anti-fascista, por contra, encierra un falseamiento intrínseco de la historia, un “objetivismo-relativismo” que vive de espaldas a la esencia de la historia.

El concepto prehistoriográfico de “fascismo” podemos encontrarlo, por así decir, factualizado. Esto adquiere un supremo valor como hecho histórico concreto, en la medida en que viene a mostrar fácticamente la naturaleza metafactual del propio hecho histórico en cuanto a tal. Es decir: el concepto prehistoriográfico de “fascismo”, como objeto historiográfico, revela hasta al más lerdo el carácter historiológico-formal del hecho “Auschwitz”, y su referencia a un proyecto social definido. Es una “prueba” en el sentido más pedestre del vocablo. La fundamentación historiográfica de nuestra hipótesis revisionista-filosófica resulta, empero, enojosamente fácil. Es posible aportar, en efecto, torrentes enteros de “pruebas” documentales periodísticas, merced a las cuales se evidenciaría el “talante” emocional de aquellos que combatían por las armas, v.g. en España, a los primeros fascistas. Una sóla frase sobre la guerra civil española, extraída de un manual oficial, las condensa todas: “La idea de la guerra como parte de una lucha global entre el Bien y el Mal fue extremadamente sugestiva para muchos demócratas idealistas; en gran parte ello explica la tendencia hacia el comunismo en Inglaterra y los Estados Unidos, a los ojos de los cuales los comunistas parecían los únicos que oponían una seria resistencia al fascismo…” Unidos a los comunistas y aceptando todos sus humanitarios métodos para luchar contra el mal radical, los intelectuales “idealistas” habían establecido ya de antemano, cuando los campos de exterminio aún no existían, la realidad metafactual de un “Auschwitz” cualquiera, es decir: de un fascismo infernal que sólo hubieron de confirmar a posteriori una vez terminada la guerra.

IV. El logos hermenéutico del fascismo

El concepto prehistoriográfico de “fascismo” se inscribe en el ámbito de la exégesis histórica y, en general, de la actividad teorética. El “pre” de “prehistoriográfico” remite en principio a “lo historiológico”. Ahora bien: ni lo historiológico ni, a fortiori, lo historiográfico, agotan la realidad de “lo histórico”…; antes al contrario, lo presuponen y se fundan en ello.

Efectivamente: en cuanto “concepto” de un quehacer teorético remite lo historiológico a lo historial, quehacer histórico inmediato indefinido entre “lo teórico” y “lo práctico”. Este quehacer historial es el proyecto que, como vimos, funda un criterio selectivo de ordenación y encuadramiento historiográfico -un “sistema de valores”. El proyecto se define como vectorialización existencial o intencionalidad vital, en virtud de la cual emerge el valor y su contraparte, el anti-valor -el “mal”. La negación absoluta del (propio) proyecto es, por tanto, el mal radical. Que el fascismo “yazca” definido “a priori” qua mal radical por los historiadores progresistas quiere sólo decir que en el quehacer historial del proyecto social progresista el proyecto fascista emerge como contra-vector de su propia intencionalidad. Ahora bien: la meta del proyecto social que funda la exégesis fascista del fascismo es la realización histórico-social del logos -de la Razón. Del logos en cuanto factum histórico se hace cargo ya, como decimos, el proyecto hermenéutico fascista del fascismo con sólo mostrar su naturaleza constitutiva, esto es: al “abrir” el logos en cuanto logos para el “ver” del proyecto social cerrado al mismo (ex-hiphotesi el proyecto anti-fascista y, evidentemente, el proyecto social “progresista”). El quehacer historial que funda el concepto prehistoriográfico de “fascismo” muestra así una segunda y más fundamental razón, aparte la naturaleza del fascismo como contra proyecto, para manifestarse teoréticamente en forma “maniquea”. En efecto: al divorcio estructural del logos le es inherente la impotencia argumental y, consecuentemente, el recurso a la violencia. El concepto prehistoriográfico antifascista de “fascismo” se funda en un “anti” pre-conceptualmente quehecho.

V. El quehacer historial izquierdista

El izquierdismo es el contraproyecto del fascismo. Llamo “izquierdismo” a lo que hasta aquí ha venido asomando bajo el ambiguo rótulo de “progresismo”. El izquierdismo es un proyecto definido en cuanto proyecto como vectorialización vital hacia un telos (fin). Este fin es el valor. Todo proyecto puede a la par determinarse negativamente en la medida en que, al constituirse, ha definido ya de forma ineludible su propia “anti-vectorialización”. De esta suerte, al izquierdismo le es inherente como proyecto un contra proyecto izquierdomorfo dotado de su correspondiente anti-valor. El valor del proyecto es el bien radical, y el de su contraparte, en consecuencia, el “mal”. Desde el análisis del contraproyecto nos es lícito, pues, descubrir la esencia del proyecto que lo determina. Conocemos el proyecto izquierdista a partir de un telos contraproyectual “fascista”, es decir, en tanto que “Auschwitz” revela la esencia de la izquierda en su originaria vectorialidad. La originaria vectorialidad descubre la estructura del ahora ya sí irreductible ser izquierdista y de su (anti) quehacer historial.

Hemos mostrado, sin recurrir en absoluto al planteamiento revisionista historiográfico, que la indudable realidad de “Auschwitz” tiene un carácter metafactual. “Auschwitz”, en efecto, posee un cierto status ontológico ya antes de que cualquier presunto “campo de exterminio” sea fácticamente construido por el nacionalsocialismo. La existencia metafactual de “Auschwitz” compele a emerger frente al logos la figura del contra-proyecto izquierdista como contravectorialización hacia un anti-valor. “Auschwitz” es el anti-valor del proyecto izquierdista qua proyecto anti-fascista, del proyecto izquierdista negativamente definido. La palabra “Auschwitz”, empero, no puede mentar aquí la realidad fáctica de los campos de exterminio, sino un elemento de la susodicha estructura proyectual. En cuanto tal elemento, “Auschwitz” no es pensado, ni visto perceptualmente, sino vivido como “mito”. La naturaleza del mito “Auschwitz” se esclarece si aceptamos, apelando esta vez a un elemento extradiscursivo, que el izquierdismo representa la secularización del proyecto social “cristiano”, es decir, que históricamente la izquierda entraña un “cristianomorfismo” (véase opera omnia Friedrich Nietzsche). El horno crematorio, el infierno, constituiría así el reverso del proyecto socio-histórico izquierdista como proyecto de realización del “paraíso”.

Aquello que define el mito infernal en cuanto anti-valor es el dolor. A la esencia de “lo utópico” subyace, parejamente, el principio opuesto, es decir, la negación de la felicidad. La dicotomía bienestar/malestar configura la médula del sistema de valores izquierdistas. La estructura del quehacer historial izquierdista se define como aquel determinar la acción que realiza el máximum de placer y desrealiza el malestar. La desrealización no es un “pensar”, sino un actuar constitutivo de “lo proyectual”. En el proyecto izquierdista, “Auschwitz”, el “fascismo”, representa el permanente auto-determinarse negativo de la izquierda qua (anti)-quehacer historial. Este auto-determinar-se fundamental exige a la par un asimismo permanente des-realizar. “Lo” a desrealizar es un “algo” concreto en que haya venido a cristalizar el anti-valor, el dolor, pre reflexivamente instituido como objeto de destrucción. El tal instituir de la Izquierda funda un derecho, subyacente, verbi gratia, a las masacres de los grupos terroristas. La anihilización del “fascismo” transmuta, en efecto, el algo-dolor simbólico-expiatorio -un policía, para seguir con el ejemplo terrorista-, en una fiesta placentera para las pulsaciones agresivas. La fiesta de destrucción antifascista, la revolución permanente, es “derecho” en cuanto que sólo el placer, el valor, fundamenta toda legitimidad jurídica intrínseca. El izquierdista, pues, no “asesina” al policía… En la anihilación ritual del dolor alcanza el placer su realización absoluta, y consecuentemente, no cabe para la Izquierda concebir acción más legal y legítima.

VI. El fascismo en cuanto fenómeno espiritual

El concepto de “quehacer historial” nos ayuda a comprender por qué, a la hora de determinar el horizonte en que se ubica el “fenómeno fascista”, hemos renunciado de antemano al recurso de analizar sus presuntas “doctrinas”. El fascismo histórico nace como quehacer historial en cuyo seno lo ideológico juega un papel meramente coyuntural y “práctico”. El movimiento fascista, en efecto, no apela tanto a una autocomprensión rigurosa y tematizada, cuanto a cualesquiera ideas-fuerza capaces de llegar a instrumentalizarse en provecho de tal quehacer, fácticamente auto aprehendiendo como quehacer político. El fascismo europeo, considerado su conjunto, presenta sí algunos puntos de confluencia, como son la simultánea reivindicación de socialismo y nacionalismo, pero grosso modo explicables, por la relativa homogeneidad social de que emergen las susomentadas ideas-fuerza en que el activismo fascista se asienta. Consecuentemente: el fascismo histórico carece en absoluto de ideología, no ha existido jamás “la ideología fascista”…

Ello no obsta para que, concluida la segunda guerra mundial, cristalizase entre las sectas fascistas supervivientes una suerte de “ortodoxia doctrinal”, en virtud de la cual los más mediocres intelectos, incapaces de pensar por sí mismos, se aferraban a la estrategia coyuntural de sus antiguos jefes, confundiéndola con una dogmática y semibíblica revelación divina. En la medida en que el fascismo histórico es un fascismo parcelado en compartimentos nacionales casi estancos, el endurecimiento de las respectivas ideas-fuerza estratégicas -necesariamente diversas-, y su transformación en ortodoxias cerradas, ha constituido el mayor obstáculo para la consolidación de un movimiento fascista a escala europea.

Tal parece, en especial, el destino del racismo. La vinculación de las ideas racista-antisemitas, expresada en Mein Kampf por A. Hitler, a las necesidades coyunturales estratégicas del Partido Nacionalsocialista en un país como Alemania, debería mostrarse de forma palmaria. Los recientes desarrollos de la etología, la genética y la psicología empírica han facilitado, empero, que la metodología biologizante inscrita tácitamente en el viejo racismo político, adopte hoy aires doctrinales y “científicos”. El racismo -antisemita o no- ha evolucionado hacia un etnicismo diferencialista más presentable actualmente para la legitimación de una política segregacionista, pero lo peor del caso es que los propios fascistas están tomando à la letre tales principios y adoptándolos como ideología.

La cristalización doctrinal del racismo -o como se dice hoy hipócritamente, del “diferencialismo étnico”-, amenaza con cavar, en el campo fascista, una fosa tan profunda como la que separó el anarquismo de la ortodoxia marxista-leninista entre los izquierdistas. Amenaza, en una palabra, con demoler por sus bases de antemano la construcción del fascismo europeo: la unidad de todos los fascistas en un movimiento doctrinalmente estructurado y homogéneo.

El rechazo fascista del pensamiento biologizante (biologista o no-reduccionista), en ningún caso debe confundirse con un olvido de los consabidos “factores étnico-raciales” -una hostilidad solapada hacia la biología- o, en fin, con un rechazo general del principio empírico-científico en favor de lo “trascendental” y de lo metafísico. El pensar del sistema dominante es para el fascismo aquel que trata de aprehender la realidad en términos de categorías meramente material-deterministas, como son las categorías de la ciencia biológica o las del economicismo marxista, y que remite el denominado “principio espiritual” a las mismas. La ciencia empírica trasciende así el campo de la metodología científica, perfectamente legítima, y deviene filosofía empirista, ciencismo materialista y determinista… Ahora bien: el pensamiento biologizante quiere explicar a partir de principios biomorfos “lo espiritual” de Europa, sin percibir que ya tal “explicación” se oculta la negación de lo que presuntamente valora. Pero “contestar” el materialismo marxista apelando al carácter intrínsecamente espiritualista de la “raza aria” -o al programa genético qua “mito inscrito” en el “inconsciente colectivo” europeo-, no es sino una patente y escandalosa contradictio in adjectio (contradicción en los términos).

VII. Fascismo e izquierdismo

El proyecto social izquierdista comporta una determinación de valor que, a la par, configura negativamente su perfil en tanto que contrapuesto antivalor. El antifascismo tiene un carácter constitutivo, ontológicamente previo a todo “Auschwitz” factual. El quehacer historial del proyecto entraña, en consecuencia, la desrealización de lo “anti” emergente desde la esencia del propio proyecto, desrealización sólo a posteriori cristalizada en un “hecho” “real” y concreto. El des-realizar es, por así decir, de naturaleza ritual. Acontece en la teoría como pre-comprensión diabolizada del “fascismo”, y en la práctica como acción sociopolítica anti-fascista. El actuar sociopolítico del anti-quehacer historial corresponde a su co-relativa determinación pre-intelectual, es decir: se consuma como desrealización material o psicológicamente destructiva.

La esencia del proyecto izquierdista en cuanto “anti” -es decir: en cuanto interna autoconfiguración negativa de la izquierda misma-, es la afirmación axiológica del dolor. La afirmación del dolor define el “anti” , y se atribuye por tanto a un “algo-anti” preintelectualmente desrealizado. Ahora bien: la vinculación del “anti” al vocablo “fascismo”, como grafía de un “algo” históricamente acontecido, requiere de una explicación historiográfica. Esta no la encontraremos en las doctrinas fascistas, por lo general “operativas”, salvo en el caso de que un hecho circunstancial “abra” lo interno del quehacer pragmático fascista -“abra” su proyecto– y documente historiográficamente su esencia. Este hecho acontece en el derrumbamiento de tal discurso pragmatista, es decir: en el fracaso del quehacer historial político fascista.

La primera manifestación del logos fascista que obra en nuestro poder -aunque carecemos al respecto de una información exhaustiva-, es del 12 de diciembre de 1919. Según Angelo Tasca, la derrota electoral de Mussolini rompe por primera vez la tónica oportunista del discurso fascista, expresamente hostil a la determinación de todo programa o doctrina. “Mussolini“, afirma Tasca, “es víctima de una especie de exasperación ‘ideológica’. Teoriza sobre su propia soledad con una mezcla de amargura, desespero y orgullo“. Las palabras de Mussolini resultan en efecto harto explícitas, y puede afirmarse sin exageración que ellas ponen en verdad el primer basamento de “la ideología fascista”: “Nosotros que detestamos profundamente todos los cristianismos, tanto el de Jesús como el de Marx, sentimos una extraordinaria simpatía por el nuevo incremento que toma, en la vida moderna, el culto pagano de la fuerza y el valor… ¡basta ya, teólogos rojos y negros de todas las iglesias, de astutas y falsas promesas de un paraíso que no llegará jamás! ¡Basta ya, ridículos salvadores del género humano que se ríe de vuestras infalibles recetas para alcanzar la felicidad!” y el 1 de enero de 1920 añade: “Nosotros hemos destrozado todas las verdades reveladas, hemos escupido sobre todos los dogmas, hemos rechazado todos los paraísos… sobre todo, no creemos en la felicidad, en la salvación, en la tierra prometida…”

El “anti” del proyecto izquierdista deja de obedecer, con estas palabras, a la mera autodeterminación interna de la izquierda -a su negativo contraproyecto- para instituirse historiográficamente a su vez en proyecto expreso. Fundado en una autodeterminación propia y, a la par, plenamente coincidente con la forma del proyecto contracristianomorfo -aunque sin agotarse en ella- el fascismo entra en la Historia. El antiquehacer historial izquierdista va a ser desde el 1 de enero 1920, el quehacer antifascista, es decir: va a tomar el vocablo “fascismo” como signo de su auto-determinación en cuanto referencia a un “fuera”. El “fuera” ya no mienta, empero, una pura negatividad, sino el proyecto alternativo, una posición susceptible de generar su propio “fuera”. Tal Evento marca el inicio de la guerra: “Los socialistas se habían podido permitir ignorar al “jonsismo” pero la Falange parecía algo más serio: era capaz de armar mucho ruido y al parecer disponía de cierto respaldo político y financiero (…) En cuanto apareció el primer número del semanario FE, los socialistas coaccionaron de tal modo a los vendedores de periódicos que el semanario desapareció prácticamente de los quioscos. Los estudiantes del S.E.U. tuvieron que vocear y vender personalmente el periódico en las calles. Varias escuadras de activistas se encargaron de proteger a los vendedores de los ataques de los izquierdistas (…) Durante la venta del quinto número de FE, el 11 de enero de 1934, se produjo una pelea en el curso de la cual fue muerto a tiros un joven de veintidós años, simpatizante de Falange (…) Antes de finalizar el mes, otros cuatro falangistas fueron asesinados en diversos lugares del país (…) El 9 de febrero, Matías Montero, uno de los fundadores del S.E.U., fue muerto a balazos cuando regresaba a su casa después de participar en la venta de FE (…) Esta sucesión de atentados contra el naciente movimiento fascista sin respuesta, hicieron que algunos dieran a la Falange el sobrenombre de “funeraria Española”, y a su líder “Juan Simón el Enterrador”” . Transcribimos el texto del historiador liberal G.S. Payne. Por supuesto no nos referimos en él a la guerra española como prolegómeno de la segunda guerra mundial -aunque sí lo haga G.S.Payne-, sino a la manifestación historiográfica de la guerra entendida como condición de posibilidad de la guerra española o la guerra mundial… Es decir: nos referimos al factum histórico de un mutuamente contra-puesto e irreductible quehacer historial.

La exégesis historiográfica que establece la identificación entre los campos de exterminio nazis y la esencia del fascismo se funda en una previa identificación historiológica del fascismo como anti-valor. La conceptualización teórica del fascismo remite, a su vez, a un quehacer historial, el cual quehace el fascismo como negación del “mal”. Este quehacer no es un quehacer “práctico”, sino un comprender preteórico indeterminado entre “lo teórico” y “lo práctico”: el existir o estar-ahí inmediato. El quehacer historial antifascista, previo a todo “Auschwitz” (presuntamente) efectivo, es ya a la par también un quehacer “activista”, entendido como quehacer político. El antifascismo del parcial quehacer práctico-político es “violento” aún antes de recurrir a las armas y al asesinato. Él ha determinado la anihilación del dolor, el “fascismo”, previamente a todo acto. Él se ha determinado ya a sí mismo desde el sistema de valores izquierdista, que establece la dualidad placer-dolor como criterio de auto-legitimación existenciario.

Quede asentado, por tanto, de una vez para siempre: la persecución despiadada y brutal del fascismo no tiene por causa al comportamiento igualmente brutal y despiadado de los fascistas durante la segunda guerra mundial: los famosos “horrores de Auschwitz” a nadie han resultado tan útiles y rentables como al animal demócrata-comunista. Nosotros afirmamos honestamente que tales presuntos horrores sólo vienen a justificar el rigor sanguinario de la susodicha persecución. Nosotros afirmamos, asimismo, que ningún interés “altruista” mueve a los beneficiarios de la propaganda antinazi y que “Auschwitz”, de no existir, habría que inventarlo. Nosotros afirmamos, en fin, que liberales y comunistas carecen de autoridad moral (Dresde, Hiroshima, Nagasaki, Katyn y tantos otros nombres nos avalan), para juzgar a cualesquiera de los fascistas caídos luchando por un ideal.

VIII. La quaestio del fascismo

El discurso oficioso de la “sociedad de consumo”, la verborrea izquierdista, muestra un carácter indudablemente negativo. Ahora bien: aquello que el discurso del “progresismo” niega tiene un nombre, a saber: el fascismo. El marco general de la tesis estriba por tanto en determinar lo que se esconde tras la ideología de la intelectualidad y la clase política izquierdistas, como paso previo insoslayable en el proyecto de proponer una alternativa al presente modo de vida: “La revolución sólo puede ser fascista” (Max Horkheimer). El camino que conduce a la revolución, empero, repudia todo tipo de sometimiento a ortodoxias y escolasticismos fidelistas. No nos interesa aquello que el fascismo fue “en realidad” -pues que negamos la existencia de significaciones históricas objetivas-, sino lo que el fascismo debe llegar a SER para triunfar en cuanto tal. El hilo conductor en el proceso de constitución de la auto-conciencia fascista es: la exégesis del mismo discurso izquierdista.

Efectivamente: en esta introducción hemos intentado mostrar las razones que justifican el rechazo tanto de la metodología filológica por un lado, como de una pura “invención” del fascismo carente de toda base histórica por otro.

Frente a la correlación objetivismo-relativismo (historiografía burguesa-marxismo) afirmamos el valor radical del logos interpretativo, el cual busca establecer, trascendiendo la pura inmediatez semántica de los textos, la esencia del fascismo. Un método de genealogía que determine la relación entre el discurso superficial y la problemática del fundamento. La lectura de los signos -fascistas o izquierdistas- configura por tanto una hermenéutica (Heidegger) que no se atiene sólo a lo que expresan directamente los universos discursivos, sino al “lugar estratégico” de sus aún más iluminadores silencios.

En tanto que ideología oficiosa de la “sociedad de consumo”, el discurso mítico antifascista -y su correspondiente praxis terrorista- pone en evidencia el principio de que se alimenta el izquierdismo, de suerte que la problematización del tema fascista busca explicar por qué obedece en efecto el proyecto fascista -y ya no sólo como imagen contraproyectual del proyecto izquierdista- a la negación radical del paraíso social consumista. Es decir: si el principio de placer como criterio de legitimación socio-histórica salta por los aires al rechazar el fascismo el telos proyectual izquierdista -al afirmar el dolor, en una palabra-, con ello únicamente definimos el proyecto fascista de forma negativa, y queda aún por establecer el principio alternativo desde el cual desafían los fascistas históricos la realización del “paraíso”. Ya hemos adelantado, empero, una orientación de este contenido positivo al afirmar: “La meta del proyecto social que funda la exégesis fascista del fascismo es la realización histórico-social del logos de la razón. Del logos en cuanto factum histórico se hace cargo ya, como decimos, el proyecto hermenéutico fascista del fascismo con sólo mostrar su naturaleza constitutiva, esto es: al “abrir” el logos en cuanto logos para el “ver” del proyecto social cerrado al mismo (ex-hipothesi el proyecto anti-fascista y, evidentemente, el proyecto social progresista)” (El concepto pre-historiográfico del fascismo, apartado II).

Sin embargo, nos encontramos por el momento con una mera declaración de intenciones, que sin embargo ya sugiere un fuerte avance respecto al conformismo “irracionalista” de los políticos y hasta de los más señalados intelectuales fascistas (“el discurso fascista es, para mi, siempre mito”, G. Locchi, La esencia del fascismo). Nuestro proyecto declarado apunta hacia la constitución de un logos historiológico y hermenéutico que trascienda el carácter mítico indudable en que se ha encerrado hasta hoy la microcultura fascista.

Lo “problemático” del problema cultural del fascismo gira en torno al factum de la necesaria mediación que la sociedad del bienestar impone al proyecto de una determinación racional del fenómeno fascista: “el “fascismo” adquiere una “existencia negativa” tanto más fuerte cuanto más claro es el triunfo del adversario” (Locchi, op. cit., pág.29).La intelectualidad progresista aparece políticamente incapacitada para llevar a cabo semejante tarea, esto es: para mostrarse “honesta” con lo que el fascismo verdaderamente representa… Consecuentemente, el proyecto fascio-lógico debe ser asumido por sectores marginales sin recursos, sometidos a una permanente sensación de cerco y conscientes de que acaso pagarán muy caro su “desafio al sistema”: “La existencia del fascismo es hoy, casi exclusivamente, una existencia negativa; esto es lo que los movimientos y regímenes fascistas de la primera mitad de siglo han dejado como herencia a los hombres que se adhieren al “principio superhumanista”. Es una herencia que les condena a las catatumbas; y es una herencia -el historiador debe admitirlo, con referencia a la experiencia de lejanos pasados- cuyo valor no es nada desdeñable” (Locchi, op.cit., pág.30).

CONCLUSIÓN

El fascismo se dice de muchas maneras. ¿A que fascismo nos referimos con el término que una y otra vez aparece en nuestro texto?
Responder a esta pregunta supone examinar, en primer lugar, el uso cotidiano del vocablo.

Este ha evolucionado históricamente ampliando de forma progresiva su campo semántico. La palabra “fascismo” tiene hoy un valor adjetivo, pero en cuanto oculto sustantivo encierra un sentido claro y unívoco: el fascismo es el mal radical (deducción del habitual “este mal, y éste, y éste…, es “fascista”).

Hemos tratado de señalar, empero, siguiendo el “hilo conductor” del fenómeno “Auschwitz”, aquéllo que subyace a semejante uso diabolizado del término. Tal “aquello que” es un proyecto. En tanto que antivalor de un proyecto, el fascismo como mal radical no es sólo determinado de tal suerte teoréticamente, sino quehecho. Esta mostración del quehacer subyacente quiere legitimar la adscripción del concepto usual del “fascismo” al mentado proyecto. La izquierda como verdad del concepto cotidiano de “fascismo” exige, sin embargo, la redefinición del mismo en términos nuevos. El fascismo es así el dolor en cuanto antivalor radical de un proyecto.

Ahora bien: al definir el fascismo como “dolor”, penetramos por fin en un terreno donde no violamos el uso común de la palabra analizada, y podemos a la par asumir en cierta medida su concepto. El fascismo entrañaría así para nosotros, en algún sentido, el dolor en cuanto factum constitutivo de nuestro proyecto. El dolor, sin embargo, no pierde su carácter de antivalor, sino que se limita a señalar hacia la preeminencia, en el proyecto fascista, de valores dispares a los valores de la izquierda.

Aquéllo a lo que nos referimos con el término fascista del subtítulo que encabeza nuestro texto, no es sino la comprensión de la propia izquierda. Tal comprender sólo puede empero emerger desde un “fuera” del proyecto izquierdista, como lugar del proyecto contra-puesto en cuanto proyecto intrínsecamente comprensivo. El proyecto fascista es, en efecto, aquel que emplaza la verdad, el logos, como valor supremo. Pero el comprender mienta un proyecto, no una teoría que sobrevuele el paraje de la izquierda arrogándose desde las alturas su “descripción objetiva”. El comprender entraña un compromiso (a saber: el advenir “fascista”). Falta por determinar en qué sentido afirmamos “lo comprensivo” del fascismo, su logos o, dicho de otra manera, qué es eso del fascismo como aletheia o filosofía.
Jaime Farrerons

27 de septiembre de 1987
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