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¿Pero de verdad sirve para algo leer a Kant? ABC, 4/12/2015


ABC, 4/12/2015

¿Pero de verdad sirve para algo leer a Kant?

El debate entre los candidatos Pablo Iglesias y Albert Rivera en televisión trae de nuevo a la palestra la discusión sobre la importancia de la filosofía en nuestras vidas Gema Lendoiro04/12/2015 22:28h – Actualizado: 07/12/2015 10:40h.Guardado en: Educación

La noticia de que la filosofía sería eliminada en cuarto de la ESO y en segundo de Bachillerato, siendo sustituida por religión o valores éticos o, en el caso del curso superior, como una optativa compitiendo con religión levantó una gran polvareda social. Algunas voces críticas fueron encaminadas al rechazo frontal que cierta parte de la población tiene contra la religión. Otras, las más exigentes en la cuestión académica, levantaron sus voces porque no parece probable que exista una formación sin haber estudiado un mínimo de filosofía.

A Rafael Narbona, filósofo y profesor de instituto durante muchos años en varios centros de la Comunidad de Madrid, esta noticia le causó consternación «porque contemplo con pesar cómo PP y PSOE han planteado en distintos momentos una materia que, en sus orígenes, era indistinguible de la ciencia. Platón era matemático, Aristóteles realizó la primera taxonomía del mundo natural, Leibniz inventó el cálculo infinitesimal. Filosofía significa amor a la sabiduría».

Es posible que muchos alumnos vean la filosofía como una asignatura ardua, que hay que memorizar, que no interesa. De ahí el rechazo de muchos adolescentes. Pero todo depende, como casi siempre, del docente. «La filosofía es el taller de la inteligencia, es nuestra imagen de la realidad, nuestros valores y creencias», explica Narbona. «No podríamos hablar del bien, de la verdad y la belleza sin la tradición filosófica que nos precede».
¿Por qué es necesaria?

Muchos pueden pensar que estudiar filosofía no sirve para nada sin embargo nada más lejos de la realidad. «La filosofía sirve, por ejemplo, para configurar nuestra personalidad y adoptar un estilo de vida». Esta frase del profesor Narbona tiene la siguiente explicación: La actitud personal de simpatía o rechazo ante una determinada idea forma parte (incluso) sin saberlo, de un planteamiento filosófico. El filósofo nos explica que, por ejemplo, «la democracia es una conquista de la filosofía». Vino dada gracias al nacimiento de la Ilustración. Sin ella, «no habrían surgido las sociedades abiertas y plurales, la constitución de Estados Unidos se elabora con las ideas de dos filósofos: Locke y Montesquieau». Si borramos la filosofía de nuestra vida «nuestra comprensión del pasado y el presente será deficitaria y nuestros proyectos de futuro desperdiciarán siglos de reflexión, experiencia y creatividad», explica el profesor.
El pensamiento de quienes nos precedieron

En este debate no falta quién arguye que poco o nada pueden aportarnos a nuestro día a día lo que pensaron o dijeron personas que vivieron hace cientos o miles de años. Nada más lejos de la realidad. No solo importa, sino que muchos de sus planteamientos vitales siguen hoy día presentes en el pensamiento y preocupación del hombre actual. Por ejemplo, ¿qué puede aportarnos hoy en día un filósofo como Heráclito (535-484 AC), filósofo griego? Más de lo que pensamos ya que él planteó un aforismo que ha sido seguido por muchos filósofos siglos más tarde: Todo fluye, nada permanece, la realidad es un devenir incesante. Sin embargo Parménides (su coetáneo) creía lo contrario, que todo lo que existe es permanente e inmutable.

Según Narbona, «es imposible comprender el siglo XX sin conocer a estos dos filósofos por razones lógicas: Martin Heidegger, una de las mentes más brillantes del siglo XX, afirmaba que los aspectos más importantes del saber ya están formulados en Heráclito y Parménides, pues los dos se preguntan por el ser». «Las ideas de Heráclito influyeron poderosamente, por ejemplo, en Nietzsche y las de Parménides impregnan la tradición órfica, la escuela pitagórica, la filosofía de Platón y el pensamiento cristiano», explica el profesor. Por lo tanto, sus teorías están más que presentes en nuestro día a día. De Heráclito sólo conservamos fragmentos de su obra y una parte del largo poema compuesto por Parménides, que se titula sobre la naturaleza. En esos textos, se esboza una interpretación de lo real que aún está presente en el mundo contemporáneo. ¿Hay algo más allá del mundo empírico? ¿Se agota la realidad en lo inmediato, fugaz y perecedero? ¿Hay algo que sostiene el universo, explicando su origen? ¿Se puede hablar de una armonía oculta?», sostiene el profesor de filosofía.

¿Quién no se ha hecho alguna vez estas preguntas? Una persona puede ser creyente, atea o agnóstica pero para llegar a una conclusión primero tiene que plantearse su existe o no algo más allá de la muerte. Todas esas cuestiones estaban ya planteadas en la filosofía griega.
Kant está de moda

El debate el otro día entre Albert Rivera y Pablo Iglesias trajo de nuevo a Kant a la actualidad. Muchos se preguntarían: ¿Importa leer a Kant? Pues lo cierto es que sí que importa. Si no leerlo, al menos estudiar su filosofía. «Sin Kant, explica Narbona, el mundo actual resultaría incomprensible ya que desmontó la metafísica para hacerle un espacio a la fe. En la Crítica de la Razón Pura (1781-1787) se establece un nuevo paradigma cultural, que delimita claramente la diferencia entre saber empírico y saber teórico. Dios no es un objeto de experiencia, pero su acción se aprecia en la finalidad del universo, que no camina a ciegas». «Más adelante, Einstein suscribió este argumento, afirmando que Dios no juega a los dados. Kant formuló el imperativo categórico, según el cual el hombre siempre es un fin, nunca un medio. Adolf Eichmann citó el imperativo para explicar sus actos durante su juicio en Jerusalén. Su interpretación era errónea, pero el hecho de que recurriera a Kant evidencia su profunda huella en la posteridad», narra el profesor Narbona.
La existencia del Marxismo

La historia del siglo XX, tan convulsa con sus dos guerras mundiales y con la creación de dos mundos radicalmente opuestos tras la finalización de la segunda contienda, no se puede comprender sin haber estudiado a Hegel. Y es que este filósofo fue el maestro de Marx. «Le enseñó que sin guerras, la historia de la humanidad sería una página en blanco. Marx dijo que hasta entonces la filosofía se había limitado a cambiar el mundo, pero que su verdadera tarea debería ser transformarlo», recuerda Rafael Narbona.

Y, desde luego se cumplieron sus expectativas, pues el marxismo cambió la historia, propiciando la revolución bolchevique. En este aspecto el filósofo se muestra racional: «podemos rechazar la dictadura del proletariado, pero no los conceptos de plusvalía, capital fijo y capital variable, valor de uso y valor de cambio. Ningún economista serio puede pasar por alto a Marx, que pronosticó la globalización, si bien se equivocó en su teoría de la acumulación de capital», explica.
¿Debe ser obligatoria la filosofía en la Universidad?

«Sin duda. Nos evitaríamos el bochorno de contemplar cómo dos candidatos a la presidencia de España, son incapaces de citar una sola obra de Kant, pese a sus títulos universitarios. La filosofía no es un saber anacrónico, sino el origen del pensamiento científico, político y moral. El trabajo de un físico o un biólogo expresa una visión del mundo e implica importantes y complejas decisiones de carácter ético. La biología planteará grandes dilemas en un futuro próximo y será imposible eludir sus consideraciones filosóficas. Lo mismo sucede con la Medicina, que interviene en aspectos tan polémicos como el aborto o la eutanasia. Un médico no es una máquina que aplica los recursos de su especialidad, sino un ser racional que somete sus actos al juicio de su conciencia. La filosofía puede proporcionarle las herramientas para clarificar sus ideas. En el terreno del Derecho o las Ciencias Políticas, los conflictos no son de menor envergadura. La Constitución de 1978 establece que el sentido de las penas es rehabilitar, no castigar. Esa idea es puro intelectualismo socrático. Sócrates atribuía el mal a la ignorancia y el bien al conocimiento. Un país democrático no se limita a sancionar, sino que lucha por la reinserción del infractor. Afortunadamente, la UE prohibió la pena de muerte por considerarla inhumana y degradante. Sin la filosofía, no se habría dado ese paso. De los delitos y las penas (1764), de Cesare Beccaria, contribuyó decisivamente a mejorar la administración de justicia en Europa, desterrando la tortura. Conviene subrayar que es la obra de un filósofo ilustrado».

Los políticos (también) se inspiran en la filosofía. Conocerla te puede ayudar a saber qué quieres votar. Todas las fuerzas políticas tienen claros referentes filosóficos. Tal y como recuerda el profesor, «El liberalismo se alimenta de las ideas de Karl Popper (La sociedad abierta y sus enemigos, 1945), Frederich Hayek (Camino de servidumbre, 1944), Isaiah Berlin. En los años ochenta, la socialdemocracia citaba a Jürgen Habermas, el pensador más destacado de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt. Todos se disputan a Hannah Arendt (Los orígenes del totalitarismo 1951), quizás la politóloga más brillante de la segunda mitad del siglo XX, y George Orwell no está menos solicitado. La izquierda radical está muy anticuada, pues se ha quedado estancada en los textos de Marx y Lenin. Quizás su aportación más original ha consistido en rescatar el valioso legado de Antonio Gramsci, especialmente sus teorías sobre hegemonía cultural».

Sin embargo Narbona se muestra un tanto pesimista con respecto a la clase política ya que, reconoce, «el perfil intelectual de los políticos cada vez es más discreto. No hay figuras como Manuel Azaña, insigne cervantista, genial memorialista y apreciable escritor de novela y teatro. Ahora tenemos profesores universitarios y algún poeta, pero prevalecen los especialistas –abogados, economistas, ingenieros-, con una pobre formación humanista. Quizás por eso inspira tan poco la política. Ojalá volvieran las figuras como Winston Churchill, galardonado con el Nobel por su brillante pluma».




El problema cultural del “fascismo” . Jaume Farrerons. 1987


El problema cultural del “fascismo”

(1987)

 

“La revolución sólo puede ser fascista” (Max Horkheimer). Ponencia de la Entidad Potencialista (ENSPO) presentada en el Congreso por un Proceso de Convergencia, Barcelona, 27 de septiembre de 1987.

Estamos intentando reconstruir el texto íntegro. Advertimos que el que se publica a continuación está incompleto

http://www.adecaf.com/altres/mesdoc/mesdoc/el%20problema%20cultural.pdf

y sólo se han añadido algunos de los títulos de los parágrafos para hacerlo más comprensible. Cuando el autor redactó este escrito tenía 25 años. Actualmente ha modificado sus posturas, sin embargo, lo dicho acredita el antecedente y el principio de toda su investigación posterior. Mantiene, en todo caso, los siguientes puntos: (a) la condena del racismo y del antisemitismo; (b) la idea de que el fascismo constituye la autocomprensión del proyecto histórico izquierdista.

EL PROBLEMA CULTURAL DEL FASCISMO

 

El fascismo se dice de muchas maneras. Podemos hablar en efecto, del fascismo político como algo ya de por sí bastante indefinido, pero a la par existiría también un fascismo metapolítico, harto más vago y difuso aún que el primero. Los términos “nazi”, “totalitarismo”, “racismo”…- y derivados, suelen emplearse como sinónimos de “fascismo”; pero de entre todos ellos, y aún así atestiguando ya el quantum de “especifidad semántica” comúnmente asignado a los demás, sólo “nazi” conserva la fuerza del “original”. El vocablo estrictamente político se aplica tanto a los “comprensibles de suyo” y “clásicos” fascismos “de derecha”, cuanto a los menos obvios fascismos “izquierdistas”, extendiéndose asimismo el campo de significación más allá del período contemporáneo -v.g.: en la literatura de anticipación- o, antes de él, a “Alemania”, Asiria, Esparta, a los confederados americanos… “Se” habla en fin de una “mentalidad” y de un “carácter” fascistas, de un “macho” sexual explotador intrínsecamente fascista, de un “tecno fascismo” entre los ecologistas, etcétera.

En su acepción originaria, “fascismo” designa una corriente política local -luego nacional-, que se constituye en Italia después de la gran guerra europea y se extingue formalmente hacia 1945. La universalización del término se explica tanto por la dinámica interna del propio fascismo, enquistado al parecer en la sociedad occidental entera, como por la acción verbal demagógica de los adversarios inmediatos del mismo, los comunistas de filiación “marxista-leninista”, que generalizan su uso a todos los segmentos del arco político. Así, mientras proliferan diversos grupos “fascistizantes” en Alemania, España, Francia, Hungría, Rumanía…, los propios socialistas son calificados, desde la hoy denominada “extrema izquierda”, de “social-fascistas”… Durante la guerra fría, la progresiva transformación del vocablo avanza un grado más cuando los mentados socialistas, así como los restantes grupos políticos “democráticos”, establecen la identificación entre “fascismo” y “totalitarismo”, de tal suerte que el régimen marxista-leninista, contra cuyos representantes italianos se alzaron los fascistas originarios, se revela a la postre “más” fascista que éstos mismos. El Estado mussoliniano, el primer estado fascista cronológicamente hablando, resulta incluso en cuanto estado no totalitario, “desencapsulado” de su propio término. La remodelación del cuadro histórico nos muestra, en fin, paradójicamente, las luchas callejeras italianas de los veinte como el enfrentamiento entre los supuestos “fascistas no-fascistas”, los mussolinianos, y ciertos “antifascistas ‘fascistas’”, sin que se nos aclare cómo debemos orientarnos en semejante enredo lingüístico. El materialismo histórico, por su parte, ha determinado “científicamente” la “esencia” del fascismo como recurso de urgencia político liberal, que mostraría el auténtico rostro de la democracia burguesa en la quiebra del sistema capitalista y la inminente revolución del proletariado. Consecuentemente: la férrea alianza anti-fascista entre el liberalismo occidental y el comunismo totalitario, fascistas ambos según sus posteriores y mutuamente respectivos adversarios, resulta a la postre, tan cómica como lo sea el hecho de que, en la segunda guerra mundial, las partes beligerantes puedan, según la exégesis progresistas, ser todas calificadas de “fascistas”, y que pese a ello siga aún hablándose de politología o ciencia social “científica”.

La acuñación del vocablo “fascismo” en su uso metapolítico, es obra de la nueva izquierda europea de posguerra, y viene a generalizar el resultado de sus análisis sobre la naturaleza del “capitalismo tardío”, así como la identidad última del fascismo respecto al régimen soviético. El dominio fascista no sería ya un dominio exclusivamente estatal-policíaco, sino ante todo, según los neoizquierdistas, un complejo psíquico socialmente introyectado por el individuo, que cristaliza como representación sexual y generalizada incapacidad para el ‘goce”. En éste ámbito discursivo, se hace común el uso del término “personalidad autoritaria”, ente susceptible de extender su malformación psicológica al buen salvaje mediante el ejercicio de un poder político frustrador y el control de los procesos primarios de socialización. Bloquear la reproducción educativa de tales elementos psíquicos “fasciomorfos” deviene así la estrategia medular del izquierdismo antiestalinista desde mayo de 1968 hasta nuestros días. El fascismo pasa asimismo a definir las enteras estructuras del capitalismo monopolista-tecnocrático, que en virtud de su fascistizante idiosincrasia explota a la “gran madre tierra”, violándola cruelmente sin atender en absoluto a sus irrenunciables “orgasmos”- sin “ternura”- y, por si fuera poco, dañándola en sus más delicadas intimidades cual despiadado “macho”…

El fascismo. ¿Qué mienta en suma el lenguaje al emitir este vocablo? ¿A qué nos referimos nosotros al emplearlo?

I. El “fascismo” como mal radical

La plurifuncionalidad deshilachada, y harto incoherente en ocasiones, que consagran las hablas contemporáneas en el uso común y habitual de la palabra, va a la par sin embargo con lo unívoco de su significación connotativa. Así, “fascismo” podrá denotar lo que “se” quiera, mas ello de tal suerte que lo denotado devenga inapelablemente malo. El término “fascismo” muestra hoy un carácter eminentemente adjetivo, que posibilita su uso plurifuncional. Al sustantivo, en cambio, le corresponde aquello que nuestras sociedades progresistas y presuntamente pluralistas, no se atreven a invocar, es decir: el mal.

Ahora bien: el fascismo, ya lo hemos señalado, nace en Italia como movimiento político… No parece existir razón obvia ninguna susceptible de explicar por qué haya evolucionado, hasta adquirir tal connotación semirreligiosa -supletoria del vetusto diablo-, la “marca” del partido mussoliniano. Hagamos constar, en este sentido, que bajo el régimen de Mussolini (1922-1944) se ejecutaron veinticinco condenas a muerte, mientras ciertas bandas terroristas de extrema izquierda, asesinan aún hoy triple número de personas en un sólo año. Por cierto que a tales “bandas armadas” se las califica de fascistas pese a su declarada filiación marxista-leninista, pero justamente en ello reside “lo problemático”.

Más resoluble parece nuestro enigma si ampliamos el concepto de “fascismo” hasta abarcar al movimiento y al régimen hitlerianos. Sin embargo, esta ampliación obliga a extender parejamente la determinación a otros movimientos europeos de muy diverso carácter, por cuanto de lo contrario la nueva definición de “fascismo” aparecería como algo forzado. En efecto: si el nazismo “es” fascista también deben serlo el jonsismo español, la Guardia de Hierro rumana, la “Cruz y Flecha” húngara, etcétera. Al régimen nazi acaso pueda achacársele “Auschwitz”, es decir: todo el complejo de los campos de exterminio, pero, ¿cabe responsabilizar al resto de los fascistas europeos? Y aún contestando afirmativamente a esta pregunta -aún reduciendo el fascismo al nacionalsocialismo germánico- queda empero abierta una cuestión mucho más grave, a saber: que nada nos obliga a considerar constitutivo del fascismo el genocidio judío, que la ecuación (fascismo=”Auschwitz”) sí puede ser legítimamente cuestionada, pues en ella no se trata de constatar la existencia de los hornos crematorios y de las cámaras de gas, sino de establecer una inferencia en virtud de la cual los mentados “hornos” adquieren un valor estructural.

La importancia de este razonamiento se pone de manifiesto si consideramos cómo el marxista sigue siendo marxista cuando el primer régimen “humano” de la historia deja perecer de hambre, por mor de Das Kapital, a cinco millones de campesinos; cómo el liberal sigue siendo liberal pese a los insoslayables horrores del proceso de industrialización que él mismo capitaneó; cómo el cristianismo olvida con gusto las “cámaras” de tortura inquisitoriales para santiguarse ante el deleznable y monstruoso anticristo Adolf Hitler; cómo, en fin, los actuales social demócratas y la entera “buena gente” dispuesta a respaldarlos desde bien surtidos centros de placer y supermercados, tolera la muerte por hambre, en el Tercer Mundo, de cuarenta millones de personas al año. En ningún caso observamos a los comunistas establecer un nexo que vincule esencialmente el comunismo a los Gulag, o a los liberales inferir del muy liberal siglo XIX la relación inherente entre el liberalismo puro y depauperación masiva de la clase obrera. El vínculo de “fascismo” y “Auschwitz” sí debe ser en cambio, según ellos, constitutivo y necesario.

Nosotros no quisiéramos entrar en el tema de la presunta inexistencia de “Auschwitz”, pero el más elemental sentimiento de responsabilidad nos obliga a “empringarnos”. En efecto: ya desde los inicios de la posguerra, las cifras de judíos supuestamente asesinados por Hitler fueron progresivamente bajando. Hasta alcanzar los “definitivos” Seis Millones, muchos otros cómputos, al parecer harto interesados, se descartaron. Sin embargo, actualmente, los manuales de historia “oficiales” aceptan la “des-auschwitzación” de algunos campos, y reducen el volumen global de víctimas a 4,5 millones, abriendo así la expectativa de que las cifras continúen su escandalosa caída en picado. La entera existencia real del genocidio ha sido cuestionada por historiadores de distintitas filiaciones políticas, y parece ya próximo el día en que un trascendente debate se iniciará por fin entorno a este caso.

Una reflexión rigurosa sobre la filosofía del método historiográfico puede resultar, empero, mucho más fructífera que el manejo revisionista de cifras, pese a lo cual nosotros respaldamos la legitimidad parcial del “criterio objetivista” y consideramos que el descubrimiento de una premeditada orquestación ruso-americana en el tema de “Auschwitz”, constituiría un golpe moral decisivo contra los indudables criminales de Dresden y Nagasaki. En cualquier caso, de lo que se trata no es de saber si los nazis asesinaron o no asesinaron mayor o menor número de judíos (la diferencia entre 6 y 4,5 millones resulta éticamente despreciable); la meta de todo revisionismo debe situarse, antes bien, en el terreno metodológico de la ciencia histórica, para emplazar el problema del objetivismo en cuanto pregunta por la legitimidad de la inferencia que establece la ecuación (“Auschwitz = fascismo”).

II. El concepto pre-historiográfico de “Fascismo”

La historia nada tiene que ver con una mera descripción de “hechos objetivos”. Los datos historiográficos “descriptos” yacen abiertos ya previamente en el “horizonte histórico” por un criterio selectivo y ordenativo de los mismos: el hombre qua proyecto. El historiador, en tanto que conciencia social -no en tanto que “individuo”-, es en efecto el responsable de decidir sobre la historicidad del “dato” yecto ante sus ojos como puro “hecho”. Los hechos, sin duda, están ahí “de por sí”, gusten o no a los sujetos empíricos, pero el carácter y el valor historizante de aquéllos remite a la resolución de futuro de quienes deben interpretarlos de modo (in)-auténtico. En este sentido es la sociedad antifascista la que ha decidido emplazar la ecuación que iguala el fascismo al mal radical. De este emplazar previo brota la búsqueda historiográfica de una constelación factual cuya “existencia en sí” confirme y legitime lo de antemano resuelto.

Cada día en la vida de cada hombre se compone de una miríada infinita de “hechos”; la sociedad, como colectividad humana, los engloba a todos ellos… Ahora bien: la historia no se ocupa de amontonar un hecho social sobre otro, “describiéndolos”. La historiografía, ciertamente -tal es su definición etimológica-, “describe” los hechos históricos, pero éstos vienen ya constituidos para ella de antemano en tanto que históricos. Un “hecho histórico” es un factum brutum dotado de valor desde un “algo” que lo establece como valioso. El “algo” es el historiador… El historiador, empero, no actúa a capricho, sino como historiólogo. La historiología es una “disciplina” a la que, en cuanto historiador, el individuo empírico disciplinariamente se somete. El “aquello que” a lo que se somete constituye un fundamento supraindividual y supraempírico; pero, ya lo hemos visto, tal fundamento nada tiene que ver con los “hechos”, sino que a su supraempiricidad le es inherente a la par un constitutivo carácter a-factual. El fundamento del historiador es lo que la palabra historio-logía mienta como logos. El plegarse a la exigencia del logos constituye la tarea desde la cual establece el historiador la historicidad auténtica de los “los hechos históricos”.Llamo “concepto prehistoriográfico de ‘fascismo’” al proyecto social que conforma, encarnado en los historiadores progresistas, el criterio de valor cuya determinación funda el hecho-“Auschwitz” en cuanto dotado de historiologicidad, y desde él, la historiográfica ecuación (fascismo =mal radical).

III. Más allá del objetivismo.

El autor de estas líneas no pretende pues adoptar una actitud “objetivista”. De la doctrina que asume tampoco se sigue, empero, un “relativismo”, “postura” dependiente aún de la creencia en puros hechos objetivos, sino el objetualismo como referencia a una legitimación supraindividual absoluta. La objetualidad mienta una conformidad con el logos, subyacente, positiva o negativamente, a la determinación de todo hecho histórico en cuanto fenómeno historio-lógico. El autor de estas líneas se adscribe necesariamente a un “otro” proyecto social del que inhiere un “otro” criterio axiológico, y, en consecuencia, funda una constelación “alternativa” de hechos históricos. El hecho histórico fundamental que abre, señala hacia la misma necesidad del concepto historiológico como tal, apertura que no brota a su vez de un análisis historiográfico, sino del propio logos. Ella se impone por sí misma, en efecto, sin recurrir a verificación empírica, como ya se ha visto más arriba. Ella legitima la adscripción de la exégesis fascista del “fascismo” a “lo historiológico” auténtico. La concepción anti-fascista, por contra, encierra un falseamiento intrínseco de la historia, un “objetivismo-relativismo” que vive de espaldas a la esencia de la historia.

El concepto prehistoriográfico de “fascismo” podemos encontrarlo, por así decir, factualizado. Esto adquiere un supremo valor como hecho histórico concreto, en la medida en que viene a mostrar fácticamente la naturaleza metafactual del propio hecho histórico en cuanto a tal. Es decir: el concepto prehistoriográfico de “fascismo”, como objeto historiográfico, revela hasta al más lerdo el carácter historiológico-formal del hecho “Auschwitz”, y su referencia a un proyecto social definido. Es una “prueba” en el sentido más pedestre del vocablo. La fundamentación historiográfica de nuestra hipótesis revisionista-filosófica resulta, empero, enojosamente fácil. Es posible aportar, en efecto, torrentes enteros de “pruebas” documentales periodísticas, merced a las cuales se evidenciaría el “talante” emocional de aquellos que combatían por las armas, v.g. en España, a los primeros fascistas. Una sóla frase sobre la guerra civil española, extraída de un manual oficial, las condensa todas: “La idea de la guerra como parte de una lucha global entre el Bien y el Mal fue extremadamente sugestiva para muchos demócratas idealistas; en gran parte ello explica la tendencia hacia el comunismo en Inglaterra y los Estados Unidos, a los ojos de los cuales los comunistas parecían los únicos que oponían una seria resistencia al fascismo…” Unidos a los comunistas y aceptando todos sus humanitarios métodos para luchar contra el mal radical, los intelectuales “idealistas” habían establecido ya de antemano, cuando los campos de exterminio aún no existían, la realidad metafactual de un “Auschwitz” cualquiera, es decir: de un fascismo infernal que sólo hubieron de confirmar a posteriori una vez terminada la guerra.

IV. El logos hermenéutico del fascismo

El concepto prehistoriográfico de “fascismo” se inscribe en el ámbito de la exégesis histórica y, en general, de la actividad teorética. El “pre” de “prehistoriográfico” remite en principio a “lo historiológico”. Ahora bien: ni lo historiológico ni, a fortiori, lo historiográfico, agotan la realidad de “lo histórico”…; antes al contrario, lo presuponen y se fundan en ello.

Efectivamente: en cuanto “concepto” de un quehacer teorético remite lo historiológico a lo historial, quehacer histórico inmediato indefinido entre “lo teórico” y “lo práctico”. Este quehacer historial es el proyecto que, como vimos, funda un criterio selectivo de ordenación y encuadramiento historiográfico -un “sistema de valores”. El proyecto se define como vectorialización existencial o intencionalidad vital, en virtud de la cual emerge el valor y su contraparte, el anti-valor -el “mal”. La negación absoluta del (propio) proyecto es, por tanto, el mal radical. Que el fascismo “yazca” definido “a priori” qua mal radical por los historiadores progresistas quiere sólo decir que en el quehacer historial del proyecto social progresista el proyecto fascista emerge como contra-vector de su propia intencionalidad. Ahora bien: la meta del proyecto social que funda la exégesis fascista del fascismo es la realización histórico-social del logos -de la Razón. Del logos en cuanto factum histórico se hace cargo ya, como decimos, el proyecto hermenéutico fascista del fascismo con sólo mostrar su naturaleza constitutiva, esto es: al “abrir” el logos en cuanto logos para el “ver” del proyecto social cerrado al mismo (ex-hiphotesi el proyecto anti-fascista y, evidentemente, el proyecto social “progresista”). El quehacer historial que funda el concepto prehistoriográfico de “fascismo” muestra así una segunda y más fundamental razón, aparte la naturaleza del fascismo como contra proyecto, para manifestarse teoréticamente en forma “maniquea”. En efecto: al divorcio estructural del logos le es inherente la impotencia argumental y, consecuentemente, el recurso a la violencia. El concepto prehistoriográfico antifascista de “fascismo” se funda en un “anti” pre-conceptualmente quehecho.

V. El quehacer historial izquierdista

El izquierdismo es el contraproyecto del fascismo. Llamo “izquierdismo” a lo que hasta aquí ha venido asomando bajo el ambiguo rótulo de “progresismo”. El izquierdismo es un proyecto definido en cuanto proyecto como vectorialización vital hacia un telos (fin). Este fin es el valor. Todo proyecto puede a la par determinarse negativamente en la medida en que, al constituirse, ha definido ya de forma ineludible su propia “anti-vectorialización”. De esta suerte, al izquierdismo le es inherente como proyecto un contra proyecto izquierdomorfo dotado de su correspondiente anti-valor. El valor del proyecto es el bien radical, y el de su contraparte, en consecuencia, el “mal”. Desde el análisis del contraproyecto nos es lícito, pues, descubrir la esencia del proyecto que lo determina. Conocemos el proyecto izquierdista a partir de un telos contraproyectual “fascista”, es decir, en tanto que “Auschwitz” revela la esencia de la izquierda en su originaria vectorialidad. La originaria vectorialidad descubre la estructura del ahora ya sí irreductible ser izquierdista y de su (anti) quehacer historial.

Hemos mostrado, sin recurrir en absoluto al planteamiento revisionista historiográfico, que la indudable realidad de “Auschwitz” tiene un carácter metafactual. “Auschwitz”, en efecto, posee un cierto status ontológico ya antes de que cualquier presunto “campo de exterminio” sea fácticamente construido por el nacionalsocialismo. La existencia metafactual de “Auschwitz” compele a emerger frente al logos la figura del contra-proyecto izquierdista como contravectorialización hacia un anti-valor. “Auschwitz” es el anti-valor del proyecto izquierdista qua proyecto anti-fascista, del proyecto izquierdista negativamente definido. La palabra “Auschwitz”, empero, no puede mentar aquí la realidad fáctica de los campos de exterminio, sino un elemento de la susodicha estructura proyectual. En cuanto tal elemento, “Auschwitz” no es pensado, ni visto perceptualmente, sino vivido como “mito”. La naturaleza del mito “Auschwitz” se esclarece si aceptamos, apelando esta vez a un elemento extradiscursivo, que el izquierdismo representa la secularización del proyecto social “cristiano”, es decir, que históricamente la izquierda entraña un “cristianomorfismo” (véase opera omnia Friedrich Nietzsche). El horno crematorio, el infierno, constituiría así el reverso del proyecto socio-histórico izquierdista como proyecto de realización del “paraíso”.

Aquello que define el mito infernal en cuanto anti-valor es el dolor. A la esencia de “lo utópico” subyace, parejamente, el principio opuesto, es decir, la negación de la felicidad. La dicotomía bienestar/malestar configura la médula del sistema de valores izquierdistas. La estructura del quehacer historial izquierdista se define como aquel determinar la acción que realiza el máximum de placer y desrealiza el malestar. La desrealización no es un “pensar”, sino un actuar constitutivo de “lo proyectual”. En el proyecto izquierdista, “Auschwitz”, el “fascismo”, representa el permanente auto-determinarse negativo de la izquierda qua (anti)-quehacer historial. Este auto-determinar-se fundamental exige a la par un asimismo permanente des-realizar. “Lo” a desrealizar es un “algo” concreto en que haya venido a cristalizar el anti-valor, el dolor, pre reflexivamente instituido como objeto de destrucción. El tal instituir de la Izquierda funda un derecho, subyacente, verbi gratia, a las masacres de los grupos terroristas. La anihilización del “fascismo” transmuta, en efecto, el algo-dolor simbólico-expiatorio -un policía, para seguir con el ejemplo terrorista-, en una fiesta placentera para las pulsaciones agresivas. La fiesta de destrucción antifascista, la revolución permanente, es “derecho” en cuanto que sólo el placer, el valor, fundamenta toda legitimidad jurídica intrínseca. El izquierdista, pues, no “asesina” al policía… En la anihilación ritual del dolor alcanza el placer su realización absoluta, y consecuentemente, no cabe para la Izquierda concebir acción más legal y legítima.

VI. El fascismo en cuanto fenómeno espiritual

El concepto de “quehacer historial” nos ayuda a comprender por qué, a la hora de determinar el horizonte en que se ubica el “fenómeno fascista”, hemos renunciado de antemano al recurso de analizar sus presuntas “doctrinas”. El fascismo histórico nace como quehacer historial en cuyo seno lo ideológico juega un papel meramente coyuntural y “práctico”. El movimiento fascista, en efecto, no apela tanto a una autocomprensión rigurosa y tematizada, cuanto a cualesquiera ideas-fuerza capaces de llegar a instrumentalizarse en provecho de tal quehacer, fácticamente auto aprehendiendo como quehacer político. El fascismo europeo, considerado su conjunto, presenta sí algunos puntos de confluencia, como son la simultánea reivindicación de socialismo y nacionalismo, pero grosso modo explicables, por la relativa homogeneidad social de que emergen las susomentadas ideas-fuerza en que el activismo fascista se asienta. Consecuentemente: el fascismo histórico carece en absoluto de ideología, no ha existido jamás “la ideología fascista”…

Ello no obsta para que, concluida la segunda guerra mundial, cristalizase entre las sectas fascistas supervivientes una suerte de “ortodoxia doctrinal”, en virtud de la cual los más mediocres intelectos, incapaces de pensar por sí mismos, se aferraban a la estrategia coyuntural de sus antiguos jefes, confundiéndola con una dogmática y semibíblica revelación divina. En la medida en que el fascismo histórico es un fascismo parcelado en compartimentos nacionales casi estancos, el endurecimiento de las respectivas ideas-fuerza estratégicas -necesariamente diversas-, y su transformación en ortodoxias cerradas, ha constituido el mayor obstáculo para la consolidación de un movimiento fascista a escala europea.

Tal parece, en especial, el destino del racismo. La vinculación de las ideas racista-antisemitas, expresada en Mein Kampf por A. Hitler, a las necesidades coyunturales estratégicas del Partido Nacionalsocialista en un país como Alemania, debería mostrarse de forma palmaria. Los recientes desarrollos de la etología, la genética y la psicología empírica han facilitado, empero, que la metodología biologizante inscrita tácitamente en el viejo racismo político, adopte hoy aires doctrinales y “científicos”. El racismo -antisemita o no- ha evolucionado hacia un etnicismo diferencialista más presentable actualmente para la legitimación de una política segregacionista, pero lo peor del caso es que los propios fascistas están tomando à la letre tales principios y adoptándolos como ideología.

La cristalización doctrinal del racismo -o como se dice hoy hipócritamente, del “diferencialismo étnico”-, amenaza con cavar, en el campo fascista, una fosa tan profunda como la que separó el anarquismo de la ortodoxia marxista-leninista entre los izquierdistas. Amenaza, en una palabra, con demoler por sus bases de antemano la construcción del fascismo europeo: la unidad de todos los fascistas en un movimiento doctrinalmente estructurado y homogéneo.

El rechazo fascista del pensamiento biologizante (biologista o no-reduccionista), en ningún caso debe confundirse con un olvido de los consabidos “factores étnico-raciales” -una hostilidad solapada hacia la biología- o, en fin, con un rechazo general del principio empírico-científico en favor de lo “trascendental” y de lo metafísico. El pensar del sistema dominante es para el fascismo aquel que trata de aprehender la realidad en términos de categorías meramente material-deterministas, como son las categorías de la ciencia biológica o las del economicismo marxista, y que remite el denominado “principio espiritual” a las mismas. La ciencia empírica trasciende así el campo de la metodología científica, perfectamente legítima, y deviene filosofía empirista, ciencismo materialista y determinista… Ahora bien: el pensamiento biologizante quiere explicar a partir de principios biomorfos “lo espiritual” de Europa, sin percibir que ya tal “explicación” se oculta la negación de lo que presuntamente valora. Pero “contestar” el materialismo marxista apelando al carácter intrínsecamente espiritualista de la “raza aria” -o al programa genético qua “mito inscrito” en el “inconsciente colectivo” europeo-, no es sino una patente y escandalosa contradictio in adjectio (contradicción en los términos).

VII. Fascismo e izquierdismo

El proyecto social izquierdista comporta una determinación de valor que, a la par, configura negativamente su perfil en tanto que contrapuesto antivalor. El antifascismo tiene un carácter constitutivo, ontológicamente previo a todo “Auschwitz” factual. El quehacer historial del proyecto entraña, en consecuencia, la desrealización de lo “anti” emergente desde la esencia del propio proyecto, desrealización sólo a posteriori cristalizada en un “hecho” “real” y concreto. El des-realizar es, por así decir, de naturaleza ritual. Acontece en la teoría como pre-comprensión diabolizada del “fascismo”, y en la práctica como acción sociopolítica anti-fascista. El actuar sociopolítico del anti-quehacer historial corresponde a su co-relativa determinación pre-intelectual, es decir: se consuma como desrealización material o psicológicamente destructiva.

La esencia del proyecto izquierdista en cuanto “anti” -es decir: en cuanto interna autoconfiguración negativa de la izquierda misma-, es la afirmación axiológica del dolor. La afirmación del dolor define el “anti” , y se atribuye por tanto a un “algo-anti” preintelectualmente desrealizado. Ahora bien: la vinculación del “anti” al vocablo “fascismo”, como grafía de un “algo” históricamente acontecido, requiere de una explicación historiográfica. Esta no la encontraremos en las doctrinas fascistas, por lo general “operativas”, salvo en el caso de que un hecho circunstancial “abra” lo interno del quehacer pragmático fascista -“abra” su proyecto– y documente historiográficamente su esencia. Este hecho acontece en el derrumbamiento de tal discurso pragmatista, es decir: en el fracaso del quehacer historial político fascista.

La primera manifestación del logos fascista que obra en nuestro poder -aunque carecemos al respecto de una información exhaustiva-, es del 12 de diciembre de 1919. Según Angelo Tasca, la derrota electoral de Mussolini rompe por primera vez la tónica oportunista del discurso fascista, expresamente hostil a la determinación de todo programa o doctrina. “Mussolini“, afirma Tasca, “es víctima de una especie de exasperación ‘ideológica’. Teoriza sobre su propia soledad con una mezcla de amargura, desespero y orgullo“. Las palabras de Mussolini resultan en efecto harto explícitas, y puede afirmarse sin exageración que ellas ponen en verdad el primer basamento de “la ideología fascista”: “Nosotros que detestamos profundamente todos los cristianismos, tanto el de Jesús como el de Marx, sentimos una extraordinaria simpatía por el nuevo incremento que toma, en la vida moderna, el culto pagano de la fuerza y el valor… ¡basta ya, teólogos rojos y negros de todas las iglesias, de astutas y falsas promesas de un paraíso que no llegará jamás! ¡Basta ya, ridículos salvadores del género humano que se ríe de vuestras infalibles recetas para alcanzar la felicidad!” y el 1 de enero de 1920 añade: “Nosotros hemos destrozado todas las verdades reveladas, hemos escupido sobre todos los dogmas, hemos rechazado todos los paraísos… sobre todo, no creemos en la felicidad, en la salvación, en la tierra prometida…”

El “anti” del proyecto izquierdista deja de obedecer, con estas palabras, a la mera autodeterminación interna de la izquierda -a su negativo contraproyecto- para instituirse historiográficamente a su vez en proyecto expreso. Fundado en una autodeterminación propia y, a la par, plenamente coincidente con la forma del proyecto contracristianomorfo -aunque sin agotarse en ella- el fascismo entra en la Historia. El antiquehacer historial izquierdista va a ser desde el 1 de enero 1920, el quehacer antifascista, es decir: va a tomar el vocablo “fascismo” como signo de su auto-determinación en cuanto referencia a un “fuera”. El “fuera” ya no mienta, empero, una pura negatividad, sino el proyecto alternativo, una posición susceptible de generar su propio “fuera”. Tal Evento marca el inicio de la guerra: “Los socialistas se habían podido permitir ignorar al “jonsismo” pero la Falange parecía algo más serio: era capaz de armar mucho ruido y al parecer disponía de cierto respaldo político y financiero (…) En cuanto apareció el primer número del semanario FE, los socialistas coaccionaron de tal modo a los vendedores de periódicos que el semanario desapareció prácticamente de los quioscos. Los estudiantes del S.E.U. tuvieron que vocear y vender personalmente el periódico en las calles. Varias escuadras de activistas se encargaron de proteger a los vendedores de los ataques de los izquierdistas (…) Durante la venta del quinto número de FE, el 11 de enero de 1934, se produjo una pelea en el curso de la cual fue muerto a tiros un joven de veintidós años, simpatizante de Falange (…) Antes de finalizar el mes, otros cuatro falangistas fueron asesinados en diversos lugares del país (…) El 9 de febrero, Matías Montero, uno de los fundadores del S.E.U., fue muerto a balazos cuando regresaba a su casa después de participar en la venta de FE (…) Esta sucesión de atentados contra el naciente movimiento fascista sin respuesta, hicieron que algunos dieran a la Falange el sobrenombre de “funeraria Española”, y a su líder “Juan Simón el Enterrador”” . Transcribimos el texto del historiador liberal G.S. Payne. Por supuesto no nos referimos en él a la guerra española como prolegómeno de la segunda guerra mundial -aunque sí lo haga G.S.Payne-, sino a la manifestación historiográfica de la guerra entendida como condición de posibilidad de la guerra española o la guerra mundial… Es decir: nos referimos al factum histórico de un mutuamente contra-puesto e irreductible quehacer historial.

La exégesis historiográfica que establece la identificación entre los campos de exterminio nazis y la esencia del fascismo se funda en una previa identificación historiológica del fascismo como anti-valor. La conceptualización teórica del fascismo remite, a su vez, a un quehacer historial, el cual quehace el fascismo como negación del “mal”. Este quehacer no es un quehacer “práctico”, sino un comprender preteórico indeterminado entre “lo teórico” y “lo práctico”: el existir o estar-ahí inmediato. El quehacer historial antifascista, previo a todo “Auschwitz” (presuntamente) efectivo, es ya a la par también un quehacer “activista”, entendido como quehacer político. El antifascismo del parcial quehacer práctico-político es “violento” aún antes de recurrir a las armas y al asesinato. Él ha determinado la anihilación del dolor, el “fascismo”, previamente a todo acto. Él se ha determinado ya a sí mismo desde el sistema de valores izquierdista, que establece la dualidad placer-dolor como criterio de auto-legitimación existenciario.

Quede asentado, por tanto, de una vez para siempre: la persecución despiadada y brutal del fascismo no tiene por causa al comportamiento igualmente brutal y despiadado de los fascistas durante la segunda guerra mundial: los famosos “horrores de Auschwitz” a nadie han resultado tan útiles y rentables como al animal demócrata-comunista. Nosotros afirmamos honestamente que tales presuntos horrores sólo vienen a justificar el rigor sanguinario de la susodicha persecución. Nosotros afirmamos, asimismo, que ningún interés “altruista” mueve a los beneficiarios de la propaganda antinazi y que “Auschwitz”, de no existir, habría que inventarlo. Nosotros afirmamos, en fin, que liberales y comunistas carecen de autoridad moral (Dresde, Hiroshima, Nagasaki, Katyn y tantos otros nombres nos avalan), para juzgar a cualesquiera de los fascistas caídos luchando por un ideal.

VIII. La quaestio del fascismo

El discurso oficioso de la “sociedad de consumo”, la verborrea izquierdista, muestra un carácter indudablemente negativo. Ahora bien: aquello que el discurso del “progresismo” niega tiene un nombre, a saber: el fascismo. El marco general de la tesis estriba por tanto en determinar lo que se esconde tras la ideología de la intelectualidad y la clase política izquierdistas, como paso previo insoslayable en el proyecto de proponer una alternativa al presente modo de vida: “La revolución sólo puede ser fascista” (Max Horkheimer). El camino que conduce a la revolución, empero, repudia todo tipo de sometimiento a ortodoxias y escolasticismos fidelistas. No nos interesa aquello que el fascismo fue “en realidad” -pues que negamos la existencia de significaciones históricas objetivas-, sino lo que el fascismo debe llegar a SER para triunfar en cuanto tal. El hilo conductor en el proceso de constitución de la auto-conciencia fascista es: la exégesis del mismo discurso izquierdista.

Efectivamente: en esta introducción hemos intentado mostrar las razones que justifican el rechazo tanto de la metodología filológica por un lado, como de una pura “invención” del fascismo carente de toda base histórica por otro.

Frente a la correlación objetivismo-relativismo (historiografía burguesa-marxismo) afirmamos el valor radical del logos interpretativo, el cual busca establecer, trascendiendo la pura inmediatez semántica de los textos, la esencia del fascismo. Un método de genealogía que determine la relación entre el discurso superficial y la problemática del fundamento. La lectura de los signos -fascistas o izquierdistas- configura por tanto una hermenéutica (Heidegger) que no se atiene sólo a lo que expresan directamente los universos discursivos, sino al “lugar estratégico” de sus aún más iluminadores silencios.

En tanto que ideología oficiosa de la “sociedad de consumo”, el discurso mítico antifascista -y su correspondiente praxis terrorista- pone en evidencia el principio de que se alimenta el izquierdismo, de suerte que la problematización del tema fascista busca explicar por qué obedece en efecto el proyecto fascista -y ya no sólo como imagen contraproyectual del proyecto izquierdista- a la negación radical del paraíso social consumista. Es decir: si el principio de placer como criterio de legitimación socio-histórica salta por los aires al rechazar el fascismo el telos proyectual izquierdista -al afirmar el dolor, en una palabra-, con ello únicamente definimos el proyecto fascista de forma negativa, y queda aún por establecer el principio alternativo desde el cual desafían los fascistas históricos la realización del “paraíso”. Ya hemos adelantado, empero, una orientación de este contenido positivo al afirmar: “La meta del proyecto social que funda la exégesis fascista del fascismo es la realización histórico-social del logos de la razón. Del logos en cuanto factum histórico se hace cargo ya, como decimos, el proyecto hermenéutico fascista del fascismo con sólo mostrar su naturaleza constitutiva, esto es: al “abrir” el logos en cuanto logos para el “ver” del proyecto social cerrado al mismo (ex-hipothesi el proyecto anti-fascista y, evidentemente, el proyecto social progresista)” (El concepto pre-historiográfico del fascismo, apartado II).

Sin embargo, nos encontramos por el momento con una mera declaración de intenciones, que sin embargo ya sugiere un fuerte avance respecto al conformismo “irracionalista” de los políticos y hasta de los más señalados intelectuales fascistas (“el discurso fascista es, para mi, siempre mito”, G. Locchi, La esencia del fascismo). Nuestro proyecto declarado apunta hacia la constitución de un logos historiológico y hermenéutico que trascienda el carácter mítico indudable en que se ha encerrado hasta hoy la microcultura fascista.

Lo “problemático” del problema cultural del fascismo gira en torno al factum de la necesaria mediación que la sociedad del bienestar impone al proyecto de una determinación racional del fenómeno fascista: “el “fascismo” adquiere una “existencia negativa” tanto más fuerte cuanto más claro es el triunfo del adversario” (Locchi, op. cit., pág.29).La intelectualidad progresista aparece políticamente incapacitada para llevar a cabo semejante tarea, esto es: para mostrarse “honesta” con lo que el fascismo verdaderamente representa… Consecuentemente, el proyecto fascio-lógico debe ser asumido por sectores marginales sin recursos, sometidos a una permanente sensación de cerco y conscientes de que acaso pagarán muy caro su “desafio al sistema”: “La existencia del fascismo es hoy, casi exclusivamente, una existencia negativa; esto es lo que los movimientos y regímenes fascistas de la primera mitad de siglo han dejado como herencia a los hombres que se adhieren al “principio superhumanista”. Es una herencia que les condena a las catatumbas; y es una herencia -el historiador debe admitirlo, con referencia a la experiencia de lejanos pasados- cuyo valor no es nada desdeñable” (Locchi, op.cit., pág.30).

CONCLUSIÓN

El fascismo se dice de muchas maneras. ¿A que fascismo nos referimos con el término que una y otra vez aparece en nuestro texto?
Responder a esta pregunta supone examinar, en primer lugar, el uso cotidiano del vocablo.

Este ha evolucionado históricamente ampliando de forma progresiva su campo semántico. La palabra “fascismo” tiene hoy un valor adjetivo, pero en cuanto oculto sustantivo encierra un sentido claro y unívoco: el fascismo es el mal radical (deducción del habitual “este mal, y éste, y éste…, es “fascista”).

Hemos tratado de señalar, empero, siguiendo el “hilo conductor” del fenómeno “Auschwitz”, aquéllo que subyace a semejante uso diabolizado del término. Tal “aquello que” es un proyecto. En tanto que antivalor de un proyecto, el fascismo como mal radical no es sólo determinado de tal suerte teoréticamente, sino quehecho. Esta mostración del quehacer subyacente quiere legitimar la adscripción del concepto usual del “fascismo” al mentado proyecto. La izquierda como verdad del concepto cotidiano de “fascismo” exige, sin embargo, la redefinición del mismo en términos nuevos. El fascismo es así el dolor en cuanto antivalor radical de un proyecto.

Ahora bien: al definir el fascismo como “dolor”, penetramos por fin en un terreno donde no violamos el uso común de la palabra analizada, y podemos a la par asumir en cierta medida su concepto. El fascismo entrañaría así para nosotros, en algún sentido, el dolor en cuanto factum constitutivo de nuestro proyecto. El dolor, sin embargo, no pierde su carácter de antivalor, sino que se limita a señalar hacia la preeminencia, en el proyecto fascista, de valores dispares a los valores de la izquierda.

Aquéllo a lo que nos referimos con el término fascista del subtítulo que encabeza nuestro texto, no es sino la comprensión de la propia izquierda. Tal comprender sólo puede empero emerger desde un “fuera” del proyecto izquierdista, como lugar del proyecto contra-puesto en cuanto proyecto intrínsecamente comprensivo. El proyecto fascista es, en efecto, aquel que emplaza la verdad, el logos, como valor supremo. Pero el comprender mienta un proyecto, no una teoría que sobrevuele el paraje de la izquierda arrogándose desde las alturas su “descripción objetiva”. El comprender entraña un compromiso (a saber: el advenir “fascista”). Falta por determinar en qué sentido afirmamos “lo comprensivo” del fascismo, su logos o, dicho de otra manera, qué es eso del fascismo como aletheia o filosofía.
Jaime Farrerons

27 de septiembre de 1987
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La visión del arte moderno de D'Ors se recrea en una exposición. El País. 23/05/1997


El País

Madrid 23 MAY 1997

El Museo Nacional Reina Sofía, en Madrid, presentó ayer la exposición Eugenio d’Ors, del arte a la letra, abierta hasta el 30 de septiembre en las salas temporales de la segunda planta, dedicadas a mostrar los fondos del museo. La muestra recorre el arte moderno español de principios de siglo de la mano del escritor, crítico de arte y animador cultural Eugenio d’Ors (Barcelona, 1881-Vilanova i la Geltrú, 1954).La figura de Eugenio d’Ors domina la crónica artística en las primeras décadas del siglo, a través de su magisterio y fomento del arte moderno, sobre todo con la iniciativa de la Academia Breve de Crítica de Arte. En opinión de la comisaria de la exposición, Laura Mercader, su trabajo es poco conocido por la falta de investigaciones en su amplia obra y “la falta de rigor y alcance global en el tratamiento de toda la literatura artística dorsiana”.

El intelectual y maestro de toda una generación dedicó sus esfuerzos al conocimiento y difusión del arte moderno y durante sus anos barceloneses fue considerado un dictador del gusto estético y artístico, junto a sus iniciativas desarrolladas en Madrid. Una de sus aportaciones más importantes fue la acuñación del término noucentisme para definir el proyecto de renovación artística y cultural del que fue ideólogo. Participó en múltiples aspectos del debate estético, como el tema del barroco.

El montaje de la exposición contiene una parte de su obra como crítico, en textos de prensa, catálogos, monografías y recopilaciones, junto con los libros de historiografía y teoría artística. Esta documentación se ilustra con obra plástica original de una veintena de artistas vinculados a su tarea crítica, como Nonell, Torres-García, Clará, Casanovas, Picasso, Dalí, Miró, Saura, Tàpies y Palencia, entre otros, procedente de los fondos del museo que no figuran en la colección permanente.

En el catálogo figuran textos de la comisaria, Laura Mercader; Martí Perán, sobre la crítica dorsiana, y Natalia Bravo, sobre la relación entre D’Ors y Picasso, junto a la reproducción de las obras expuestas.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de mayo de 1997




Educación elimina todos los autores catalanes de la historia de la literatura en Bachillerato y ESO. Ferran Bono. El País. 06/11/2001


El documento provisional que prepara la consejería entraría en vigor en el curso 2002-2003
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Ferran Bono
Valencia 6 SEP 2001

Ni Ramon Llull, ni Mercé Rodoreda, ni Salvador Espriu, ni Eugeni d’Ors, ni Llorenç Villalonga. Es decir, ni catalanes ni mallorquines. Los estudiantes valencianos no estudiarán sus obras si prospera el documento de contenidos que prepara la Consejería de Educación con el fin de modificar los currículos de Lengua y Literatura de Bachillerato y de ESO. La desaparición de estos autores es más llamativa toda vez que el curso anterior pudieron estudiarse. En esta nueva historia de la literatura en valenciano sólo tienen cabida los autores nacidos en la Comunidad. La castellana no mira el origen de los escritores.

La ministra de Educación y Cultura, Pilar del Castillo, argumentó en su momento la necesidad de unificar criterios y reforzar los contenidos de Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) y Bachillerato expresando su vergüenza de que los estudiantes apenas conocen quién fue Shakespeare.

Al final, es posible que el autor inglés se llegue a conocer, pero difícilmente el alumno valenciano podrá saber quiénes son Bernat Metge, Carles Riba o Narcís Oller, además de los ya señalados, a tenor del documento de mínimos elaborado por la consejería a instancias del ministerio que, una vez publicado en el DOGV, entrará en virgor en el curso de 2002-2003. En los dos documentos de Bachillerato y ESO, escritos íntegramento en castellano, no se hace ninguna mención a ninguno de los grandes escritores catalanes y mallorquines que, como los valencianos, escribieron en la misma lengua.

Por el contrario, los contenidos diseñados para las asignaturas de Literatura Castellana de Bachillerato y ESO sí recogen específicamente el estudio del nicaragüense Rubén Darío, como es preceptivo si se trata de enseñar el modernismo, o el estudio de la narrativa hispanoamericana, por ejemplo. Otros cosa sería calificada de, como mínimo, una aberración o una tergiversación de la historia.

En los mínimos marcados por la Generalitat para el valenciano, sin embargo, se ha tenido más en cuenta el origen de los escritores. En su propósito de valencianizar la enseñanza y evitar a toda costa cualquier mención al término catalán -que no aparece en ningún momento ni en los currículos de lengua ni en el de literatura-, el documento de la Consejería de Educación ha obviado nombres fundamentales. Sin los cuales, muy complicado resultará explicar la prosa medieval (Llull), el humanismo (Metge), el realismo del XIX (Oller) o la literatura del siglo XX (Rodoreda…). Incluso un periodo en que los escritores valencianos no fueron apenas fructíferos, como el modernismo, ha sido suprimido de los estudios, con lo cual, no existieron ni Joan Maragall, ni el primer Josep Carner, entre muchos otros.

Sí se incluyen y se especifican como materia de estudio a los principales representantes valencianos de los diferentes periodos y géneros de la historia de la literatura en lengua autóctona, desde Ausiàs March, hasta Joan Fuster, pasando por Enric Valor, Vicent Andrés Estellés, Xavier Casp, Isabel de Villena, Teodoro Llorente, Escalante, Bernat i Baldoví o Jaume Roig.

El consejero de Educación, Manuel Tarancón, destacó ayer que el próximo decreto ‘valencianiza’ los contenidos de los nuevos currículos de ESO y Bachillerato. El resultado, según la lectura de contenidos, transmite la sensación de una literatura ajena a las de otras comunidades con las que comparte una misma lengua, como, al fin y al cabo, reconocían todos los autores valencianos incluídos en el currículo, al margen de posteriores y personales cambios de opinión.

En este sentido, las editoriales valencianas de libros de texto siempre han dado preponderancia, y todavía más en los últimos años, a los autores valencianos, si bien no han dejado de contextualizar a los mismos y de subrayar la importancia de otros escritores del ámbito lingüístico catalán, si así se precisaba.

De hecho, de aprobarse el documento provisional -que debe obtener también el visto bueno del ministerio-, las empresas editoriales tendrán que modificar su stock de libros, algunos recientemente editados, lo que comportará importantes perjuicios económicos. Desde la asociación de editores valencianos se señaló ayer que se está estudiando la situación y que han pedido una entrevista con el director general de Innovación Educativa y Política Lingüística, Josep Vicent Felip, para tratar el nuevo decreto.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de septiembre de 2001




Recorrido por el estilo parcial. José Francisco Ruiz Casanova. El País. 13/06/2002


13 JUL 2002
Cuatro libros de Eugenio D’Ors sobre lo barroco, la pintura catalana y la literatura muestran parte de lo mejor de sus vertientes literarias: la ensayística y la periodística.
Contrariamente a las connotaciones negativas que pueda tener hoy en determinados ámbitos la parcialidad, hubo en la literatura española de la primera mitad del siglo XX un estilo parcial compuesto por riqueza expresiva, cultura y capacidad intelectiva de sus autores, que vino dándose principalmente en la prosa periodística y ensayística, y de la que hay que rescatar nombres como los de Gómez de la Serna, Corpus Barga, Cansinos-Assens o González Ruano. De esta misma estirpe es una, o dos, de las vertientes literarias de Eugenio D’Ors (1881-1954), la ensayística y la periodística del Glosario, realidades tangibles de un tiempo en el que hacer de la escritura oficio suponía haber asimilado gran parte de la herencia cultural española y europea -y de sus respectivos presentes- y saber plasmar en la síntesis apretada de un artículo, o en el espacio más desahogado de un ensayo, visión y análisis del mundo propios. Esta secuencia de la escritura española, perdida u olvidada desde los cincuenta, ha querido recuperarse en la voz y las formas de autodeclarados discípulos, pero las más de las veces estos columnistas y ensayistas han recuperado una pequeña porción (la más costumbrista) de estos modos literarios, esto es, aquella porción que delata los orígenes y vocación internacional del periodismo romántico. Sólo puede escribirse en estilo parcial cuando no se es, culturalmente hablando, parcial en conocimientos y en lecturas, y algo de esto último parece ser se perdió hace medio siglo.
Coinciden ahora en su publicación cuatro títulos de D’Ors que representan dos de sus vertientes literarias: la ensayística (Lo barroco y Cincuenta años de pintura catalana) y la periodística (los volúmenes cuarto y quinto de su Último glosario, de sus glosas en Arriba durante 1949, 1950 y enero de 1951); a su vez, estos cuatro libros iluminan sobre dos momentos muy distintos de su escritura: los dos primeros, anteriores a la guerra civil (la primera edición de su texto sobre el barroco fue francesa, de 1935; el libro sobre pintores catalanes, nunca editado, fue proyecto de 1923); los volúmenes de las glosas, en la primera década de la dictadura franquista y en uno de los medios -todos lo fueron entonces- oficiales.
En Lo barroco, D’Ors acuñó
un par de definiciones, o de métodos, de abordar esta época -que según él no lo es- artística que han sobrevivido hasta hoy y que siguen citándose: por una parte, la idea de que lo barroco es la síntesis de ‘varias intenciones contradictorias en un gesto’, y que tal amalgama -y voluntad armónica posterior- procede de una ‘nostalgia del Paraíso Perdido’, es decir, del instante histórico en que cristaliza la conciencia colectiva del auge del conocimiento científico; por otra, D’Ors entiende lo barroco (o el barroco) como un eón, como una constante histórica, dentro de las expresiones artísticas, que va reapareciendo cíclicamente. La edición presente, más ajustada y fiel que otras que circularon, a la par que enriquecida con textos complementarios, permite entender el proceso de conformación teórica que sobre este asunto llevó a cabo D’Ors, desde muy temprano, y que seguiría repitiendo después.
Cincuenta años de pintura catalana es un ensayo fiel a su título. Escrito en buena parte en 1923, leemos en él apreciaciones enunciadas con voluntad de verdad absoluta como ésta: ‘Antes de 1873 el arte catalán no existe’. Aquí y allá va dando muestras D’Ors de ese estilo parcial, próximo en ocasiones a la mayor fluidez de lo periodístico, pero que no pierde de vista los rudimentos del ensayo, sobre todo en lo que hace a la estructura unitaria y la defensa y demostración de su tesis. Quizá uno de los procedimientos que más destaque en esta época en que tanto se habla de recepción de la obra artística sea el que hace de los juicios plásticos de D’Ors no un discurso encerrado en su materia (la pintura), sino resultado de una actividad comparativa, principalmente con la literatura. D’Ors se pregunta por el auge de la pintura frente a arquitectura y escultura, y entiende -y parece no querer verlo en Gaudí- que ésto se debe a que los pintores ‘se han ido limpiando de cualquier superstición de localismo’ antes que otros artistas, y que el nacionalismo catalanista, ‘hijo del fervor excursionista’, y no viajero, ocupa la literatura, pero no con la misma incidencia la pintura. Una observación sobre la edición del libro: quizá a su aparición en la colección en que lo ha hecho se deba su composición híbrida -no se trata aquí de pluralidad bilingüe-, pues siendo como es un ensayo escrito en castellano, se anota y prologa en catalán, cosa que pudiera suponer alguna dificultad para los lectores no catalanohablantes.
El designio y la ensalada y El guante impar son los volúmenes cuarto y quinto del Último glosario, proyecto que inició la editorial Comares en 1998 y que se culmina ahora. Ambos volúmenes, editados con mucho cuidado y útiles índices onomásticos, toman sus títulos de respectivas glosas de D’Ors. Leer estas obras, ahora, artículo tras artículo, supone asistir al advenimiento más claro de ese estilo parcial al que antes me refería: D’Ors emplea con rigor las artes de la crítica (comparación y clasificación, valoración), habla tanto de literatura como del islam o del Estado de Israel, los museos de autómatas, la unión federal de Europa o el Fausto de Goethe. Al mismo tiempo va deslizando un somero mapa de sus últimas lecturas, todas ellas de autores insignes y que han pervivido, entonces novedades (Frazer, Eliade, Cioran, por ejemplo), arremete contra algunas poéticas de la cotidianidad o contra los poetas de la colección Adonais, señala -ya- versos de Cirlot, enuncia su ‘teoría del público’ (o su deseo de que exista) y que tanta actualidad tiene para nosotros, y va dejando caer apreciaciones de poética (‘la verdadera lección literaria no consiste en acumular ornamentos, sino en quitarlos’), cita a Tierno Galván, Aranguren, Valverde, se lamenta de las traducciones y de la ausencia de buenas traducciones de Poe, etcétera. Y estamos refiriéndonos a un autor de casi setenta años, con decenas de obras y artículos a sus espaldas, pero que sigue leyendo y escribiendo como hace quien, en sus comienzos, pretende explicar el mundo. De hecho, su secreto, y su lamento, quizá se albergue en una de estas últimas glosas, en la que escribe: ‘Todavía está por hacer la historia natural de las miradas’.
Lo barroco. Eugenio D’Ors. Edición de Ángel D’Ors y Alicia García Navarro de D’Ors. Tecnos/Alianza. Madrid, 2002. 140 páginas. 10 euros. Cincuenta años de pintura catalana. Eugenio D’Ors. Edición de Laura Mercader. Quaderns Crema. Barcelona, 2002. 279 páginas. 18 euros. El designio y la ensalada/El guante impar. Eugenio D’Ors. Edición de Alicia García Navarro y Ángel D’Ors. Comares. Granada, 2002. 389 y 364 páginas, respectivamente. 24 euros cada uno.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de julio de 2002



El Misteri d'Elx homenajeará en la próxima edición a Eugeni D'Ors. El País. 11/09/2004


Elche 11 SEP 2004
El Patronato del Misteri d’Elx rendirá homenaje a la figura de Eugeni D’Ors al conmemorarse este año el cincuenta aniversario de su muerte, y lo hará nombrando como caballero portaestandarte de las representaciones de la Festa en otoño al nieto de este escritor, Ángel D’Ors. Así lo anunció ayer el presidente del Patronato del Misteri, Joaquín Serrano, que habló de “entrelazar el pasado reciente del Misteri y el momento actual”, con la conmemoración del medio siglo de la primera representación de la Festa en otoño.
Ángel D’Ors, catedrático de Filosofía del Derecho en Madrid y encargado de custodiar la obra de su abuelo, será el caballero portaestandarte que irá acompañado por el caballero electo, José María Asencio, ex cantor del Misteri y familiar de Alberto Asencio, uno de los personajes más vinculados a la Festa. José María Asencio está preparando junto al archivero del Patronato, Joan Castaño, un libro monográfico sobre la figura de Alberto Asencio, que saldrá publicado entre octubre y noviembre próximos. El segundo caballero electo es en esta ocasión José Andreu, patrono del Misteri y director de la emisora de radio Onda Cero en Elche, al que se le reconoce su contribución durante 31 años a la difusión de la Festa.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de septiembre de 2004



Lago Carballo reúne en un libro un centenar de anécdotas de D'Ors. Rocío García. El País. 25/09/2014


Madrid 25 SEP 2004
“Dentro del panorama cultural español de la primera mitad del siglo XX, Eugenio d’Ors merece estar en la primera fila del pensamiento y de las ideas”, afirma el historiador Antonio Lago Carballo (León, 1923), autor del libro Eugenio d’Ors. Anécdota y categoría (Marcial Pons), un texto que define como “un homenaje” al filósofo catalán de cuya muerte se cumplen hoy 50 años.
El acercamiento que propone Lago Carballo a la figura de D’Ors (1881-1954) recurre a la “tradición oral” como fuente de memoria. “He recuperado un centenar de anécdotas orsianas, algunas que le atribuye la tradición y otras publicadas por él mismo en sus glosas, los artículos diarios que publicó en distintos medios de la época sobre los temas más variados”, precisa el autor.
“Eugenio d’Ors fue un pensador enormemente original, un escritor formidable y un espíritu alerta que dio a conocer en España a diversos artistas y científicos extranjeros en su Glosario”, destaca. Nombres como Stravinski, Keynes y Einstein son algunos de los que integran esa lista.
“Creo que no tiene hoy la vigencia que merece”, afirma Lago Carballo, entre otras cosas porque “tuvo lectores pero no discípulos”. D’Ors “nunca ocupó una cátedra universitaria, algo que sí sucedió con Ortega”, explica el historiador. Sobre la vertiente polémica del pensador, Lago Carballo es parco: “Eugenio d’Ors se incorporó al primer Gobierno de Franco como director general de Bellas Artes, pero estuvo muy poco tiempo en el cargo. ¿Si esto tiene que ver con su falta de reconocimiento actual? Quizá”.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de septiembre de 2004



La modernidad de la modernidad. Valenti Puig. El País. 19/05/2014


 OPINIÓN
Es absurdo establecer una divisoria entre el D’Ors en catalán y el D’Ors en castellano porque lo que importa es D’Ors
19 MAY 2014 – 00:05 CEST
La modernidad de la modernidad acabó siendo post-moderna. Ahora no sabemos dónde estamos. En la literatura catalana, el rastro post-moderno se evaporó al instante. Ha llegado el mix, entre la hamburguesa doble y los sushi del supermercado. Ya todo es post-algo.
Comparar la vitalidad cultural de la Barcelona de los años sesenta con la actual genera perplejidad. Existe una modernidad que aspira a la madurez y una modernidad satisfecha con ser amnésica. La Barcelona hiper-moderna, más moderna que nadie, acabó por carecer de espíritu crítico. Ese es el poso que dejó una modernidad empeñada tan solo en transgredir. No era así en los años sesenta. Fueron años de modernidad, pero empeñados en una emulación que consistía en sentirse parte de algo que abarcaba desde la literatura de Mercè Rodoreda a los poetas novísimos, a una amalgama tal vez irrepetible de innovación y continuidad.
Pasaron los años y quedaron atrás la poesía de Foix o la huella del Quatre al set. Se impuso oficiosamente una versión estética posterior a lo que todavía significa la poesía de Gabriel Ferrater, su parentesco con la de Gil de Biedma, el flujo constante entre Madrid y Barcelona, la acogida única de los escritores del boom latinoamericano o el impacto de unas Últimas tardes con Teresa. Aún con sus rasgos fantasmagóricos, el cine tuvo su Escuela de Barcelona. Se daba una interconexión entre una vitalidad intelectual y una industria editorial pujante. Incluso los anti-modernos percibían la bocanada de aire fresco.
Recordar aquellos años no es una nostalgia sino una constatación. ¿Qué ha pasado desde entonces? Incluso aquella modernidad pretendía a su modo, casi por instinto, una fidelidad a las cosas bien hechas, la idea de una ciudad magnánima, la gran ciudad. Todo eso era antes del lento emerger de lo que hoy se puede caracterizar como una megalomanía del particularismo cultural. Es todo lo contrario de lo que representó en su día el estreno de Ronda de mort a Sinera o la edición de Teoria dels cossos.
Rubió i Balaguer, el penúltimo gentleman de la sabiduría catalanista, decía que la cultura catalana  no puede ser valorada íntegramente reduciéndola a la producción en catalán
Después de la naturalidad creativa, llegó la pretensión de aparentar mucho. Ha sido la época de una forma de ingeniería social aplicada a la cultura para que sea la voz de la nación irredenta. Por contra, no se trata de idealizar los años sesenta, sino de tener un elemento de comparación con la mediocridad que hoy predomina, de la que se salvan individualidades pero cuya atmósfera es de medianía. No tiene lógica presuponer que la cultura catalana tenga que ser nacionalista. No parece que la cultura finlandesa sea toda finlandista.
Lo que no pudo ser una herencia generosa de aquellos sesenta era la constatación permanente de una sociedad bilingüe. Rubió i Balaguer, el penúltimo gentleman de la sabiduría catalanista, decía que la cultura catalana, que desde la Primera Edad Media no se ha expresado literariamente en una sola lengua, no puede ser valorada íntegramente reduciéndola a la producción en catalán. Sin embargo, el establishment del nacionalismo catalán —el resistencialismo— se empeñó en un ilusionismo monolingüe. Es evidente que la lengua catalana, hasta la Constitución del 1978 pasó por la afrenta del régimen franquista, pero el hecho bilingüe de raíz venía siendo una realidad de siglos. Con la entrada de las tropas de Yagüe por la Diagonal, lo que llegó fue un trato de menosprecio oficial hacia la lengua catalana pero el castellano era un uso natural desde hacía largo tiempo.
Pongamos por caso: al serle negado el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes a Josep Pla como a otros, ¿pesaban más algunos aspectos de su trayectoria política o su uso de la lengua castellana como infracción del código resistencialista? Por el mismo motivo, la generación del semanario Destino, un dato capital de los años sesenta, tampoco mereció la comprensión de lo que entonces ya se veía venir como un modelo estéril.
Ese mismo modelo estéril intentaría impedir que Mariona Rebull estuviese situada en la centralidad de la vida simbólica de Cataluña, de modo equiparable a los personajes telúricos de Víctor Català. Al fin y al cabo, ¿no hay mucha más vida y aliento real en las novelas en castellano de Juan Marsé que en los armatostes en catalán de Manuel de Pedrolo? Por la misma razón, es un absurdo establecer una divisoria entre el D’Ors en catalán y el D’Ors en castellano porque lo que realmente importa es D’Ors.
Ahí estaba, al menos, la modernidad intelectual de Cataluña y especialmente en los años sesenta de un siglo que ya se fue. ¿Modernidad o modernidades? La caravana pasa de largo dejando la post-modernidad a un lado. Cualquiera sabe que la creación es un hecho solitario y, por naturaleza, cualitativo, no cuantitativo. La cultura de Cataluña hoy está pagando el error nacionalista de haber trastocado la continuidad de lo mejor para aferrarse a la hegemonía de la cantidad.
Valentí Puig es escritor.



La Cataluña de 1914 y la de ahora. Valenti Puig. El País. 29/06/2014


 OPINIÓN
Cien años después del atentado de Sarajevo, lo que dijo entonces D’Ors tiene gran sentido. Intuyó que 1914 era una guerra civil
29 JUN 2014 – 21:12 CEST
La historiografía particularista a fuerza de poner la lupa en Cataluña acaba por reducir sus conexiones con la amplitud de los procesos históricos como, por ejemplo, los de Europa. Así, aunque 1714 fue una guerra dinástica y de trasfondo europeo, acabamos por sugerir el espejismo de una Cataluña cuya identidad hubiese sido el centro umbilical del acontecer histórico universal. Tiene mucho sentido que los catalanes que lo deseen tengan preocupación por lo que es y será Cataluña pero eso no obliga a dar por supuesto un mundo catalano-céntrico. Lo sabía el catalanismo regeneracionista. La guerra de 1914, cuyo centenario se está conmemorando, tuvo muchas repercusiones en Cataluña, especialmente económicas, pero si uno no ubica las cosas en los horizontes amplios tenemos una Cataluña más pequeña, imbuida de un excepcionalismo propenso a creer que solo tienen significado las cosas que intervienen en su vida particular porque no es otro el eje de la historia vivida. Hay más cosas en el mundo de las que presuponen los historiadores nacionalistas. En fin, el contraste entre las discontinuidades y las tendencias que se prolongan en el tiempo no son una exclusiva de nadie, como no lo son 1714 o 1914.
Precisamente de lo mejor que Cataluña aportó a 1914 fue la presencia intelectual de D’Ors. Después se le imputó la peor traición a Cataluña. Antes de eso dio altura a la vida intelectual catalana con su Glosari y organizó bibliotecas públicas por encargo de Prat de la Riba. Pensaba su Cataluña en términos de civilización. En 1914 rehusó definirse como germanófilo o francófilo. En realidad, es como si hubiese tenido una premonición sobre lo que sería Europa al final de aquella guerra. Intuyó que 1914 era una guerra civil, como lo eran todas las guerras europeas. Es saludable tenerlo presente ahora que va tomando cuerpo la tesis irracional de que, puesto que la secesión dejaría a Cataluña fuera de la Unión Europea, la reacción debe ser que la Unión Europea no se merece que Cataluña sea una de sus partes. Ya fue un precedente situarse por sistema fuera del contexto hispánico.
Cien años después del atentado de Sarajevo, lo que dijo entonces D’Ors tiene gran sentido. En Barcelona, la dialéctica entre germanófilos y aliadófilos hacía furor, mientras que la Lliga preconizaba aquella discreta neutralidad —la que sostenía la política exterior de España— que acabó siendo provechosa para la industria catalana. Alguien como Prat de la Riba estaba a favor de Alemania, para asombro de un joven Gaziel que se daba a conocer como cronista de la contienda. D’Ors, inicialmente acusado de germanofilia, siendo culturalmente francés, entonces redacta un manifiesto por la unidad de Europa. Desde siempre había defendido una unidad cultural europea sostenida por dos grandes pilares que eran la civilización mediterránea y la cultura germánica. Era un nostálgico del Sacro Imperio Romano Germánico. Intuyó que el asesinato de Sarajevo acababa con el antiguo orden y prologaba futuras turbulencias. “Sí, Sacre Imperi Romà Germànic. Sí, encara una volta: la guerra entre França i Alemanya és una guerra civil!”.
Más aún, pensaba que en el paisaje post-bélico sería factible un retorno innovador a Europa. Acertó en el diagnóstico pero se equivocó de guerra porque tuvo que haber otra para que Europa iniciase sólidamente su camino de integración. Frente a la beligerancia de los intelectuales francófilos o germanófilos, insistía en la causa de la integridad de Europa. La distancia con la tesis implícitamente eurófoba del secesionismo actual es inmensa. Sobre la Gran Guerra, las Lletres a Tina de D’ors son una de la reflexiones de más envergadura de aquella Cataluña noucentista, una reconsideración de los valores de la civilización europea. Un intenso esfuerzo intelectual difícilmente comparable con la grotesca manipulación de las ruinas del Born. Por su parte, D’Ors escribe su decálogo para el hombre europeo y libre. Eso le lleva a polemizar con Unamuno al que considera adversario de Alemania porque también es adversario de Francia. Y, en definitiva, por ser adversario de Alemania, ser a la vez adversario de Europa.
La Cataluña de 1914 era una sociedad de economía pujante y de intelectualidad creativa. También vivía una gran conflictividad social. Al fin y al cabo, la Semana Trágica era de 1909. La Cataluña de hoy intenta recuperarse de la crisis económica y a la vez tantea —con perplejidad en unos casos y con ilusión en otros— los muros del callejón sin salida al que ha conducido la política secesionista de Artur Mas. Ciertamente, no existe una figura equiparable a la de Eugeni d’Ors. Y, de existir, su influencia y autoridad no serían las mismas porque actualmente las culturas son policéntricas, desjerarquizadas y muy adictas al relativismo. D’Ors deseaba que una expresión unitaria como era Europa pudiese seguir sirviendo como bandera en un combate por la reforma y la cultura en España. Su Europa, sobre todo, significaba la ley.



Eugeni D’Ors, el olvido imposible. Carles Geli. El País. 02/06/2015


Una treintena de estudiosos analizan la influencia de uno de los intelectuales más polémicos, constructor tanto del nacionalismo catalán como del español con Franco
Barcelona 2 JUN 2015 – 00:01 CEST
La tradición había que ponerla, mal que pudiera pesar, por encima de la traición. Con ese delicado pareado, nadie más alejado del personaje que el volteriano Joan Fuster, que con 27 años aprendió a leer en catalán con el Glosari, entendía que había que, al menos, explicar a Eugeni d’Ors (1881-1954), elegante formador de las minorías intelectuales que vertebraron el Noucentisme que alimentaría la Mancomunitat de Cataluña, el mismo que se inventó un grotesco ritual de una vela de armas en Pamplona en 1937 para ingresar en Falange, en la fecha en que en 1523 Garcilaso se hacía caballero de la orden de Santiago.
Ese espíritu de intentar aprehender las múltiples figuras del complejo caleidoscopio que fue el polémico escritor, filósofo, secretario general del Institut d’Estudis Catalans (IEC, 1911-1920) y, tras pelearse con los responsables de la Mancomunitat y abandonar Cataluña, secretario (perpetuo) del Instituto de España (1938-1942) y director general de Bellas Artes (1938-1939), es el que rezuma el volumen Eugeni d’Ors. Potencia i resistència, que la Institució de les Lletres Catalanes acaba de lanzar.
De los 34 estudios que, coordinados por Xavier Pla, conforman el libro (arropado el pasado jueves con una jornada monográfica en el IEC y con un notable apartado fotográfico) no puede salir más que una figura complejísima y de las más irritantes (para bien y para mal) que ha generado Cataluña. “Yo limito, al norte, con la Erudición; al sur, con la Mecánica; al este, con la Música; al oeste, con la Niñez”, se cartografió él mismo, comentarista de la ciudad moderna (“soy un urbícola convencido”) y un poco pagado de sí mismo (declaró festivo para las bibliotecas el día de la muerte de Enric Prat de la Riba… y el de su propio santo).
Las metáforas y los escaparates de mal gusto
Con envidiable capacidad para tomar el pulso a los nuevos tiempos, condensar un pensamiento en una gacetilla de prensa y hacerlo comprensible a un vasto público a partir de metáforas, Eugeni d’Ors basaba su sistema filosófico en nombrar las cosas y ordenarlas. “La quintaesencia del pensar está en el nombrar”, escribió en El secreto de la filosofía (1947). Porque el nombrar “opera con la realidad como el vaso con el líquido”. Y tras apropiarse de las cosas, hay que darles su lugar: “El conocimiento concreto nos da la mitad del saber; la clasificación, el orden, la otra mitad”, dice en Tres horas en el Museo del Prado. El afán ordenador de Xènius llegó a recordar la necesidad de llevar chaleco en pleno rigor estival porque “no es sólo un principio de etiqueta sino de ética. Y de estética”. O a criticar los escaparates de tiendas “tendentes a una ostentación de mal gusto; son una escuela de estridencia que, a la fuerza, ha de repercutir en las costumbres”, escribía… en 1907.
D’Ors lo tuvo claro pronto; 1910, por ejemplo, como reflejó, obvio, en su Glosari: “Dadme una palanca —es decir, un hombre o un grupito de hombres capaces de sacrificios— y un punto de apoyo, es decir, un sentimiento de nacionalidad joven, de imperio a forjar o de religiosidad fresca —y yo os reharé un Pueblo”. Agarró así la Cataluña que surgía a rebufo del empuje de Prat de la Riba (aunque llegó a decir que éste sólo ejecutaba sus ideas), si bien a él le faltaba la tradición de un Estado y un clasicismo propios como tenían los franceses, como apunta con tino Joan Ramón Resina en un texto.
D’Ors, hombre de recursos, se agarraría al mediterranismo y a la cultura clásica (de ahí la obsesión por las ruinas de Empúries) y se mostró siempre europeísta y, en consecuencia, enemigo de los nacionalismos, si bien ayudó como pocos a construir el catalán y el español, como hace notar Maximiliano Fuentes. De ahí su posición neutralista durante la primera guerra mundial (“Es una guerra civil europea”: fue el primero en decirlo) aunque veía en Alemania a la heredera y protectora de los valores culturales europeos del absolutismo ilustrado francés del XVI y de las ideas de jerarquía, autoridad y orden…
Se va perfilando así un D’Ors atraído por un fascismo de raíces francesas en un personaje que en los años 20 había coqueteado con el sindicalismo, asistido al entierro del líder y abogado laboralista Francesc Layret y que dio apoyo a la contundente huelga de La Canadenca (a la que dedicó unas glosas)… episodios todos que le que fueron recordados en su contra años después en el consejo de ministros de un Franco que a principios de 1938 le nombraba secretario general del Instituto de España y pocas semanas después, Jefe Nacional de Bellas Artes. De aquel cargo caería a los 19 meses y del segundo, a los cuatro años.
Era la segunda defenestración que sufría D’Ors; la primera había sido en el otro bando, cuando por problemas administrativos con las cuentas de una de las bibliotecas de la red de la Mancomunitat, la de Canet, presentó su dimisión y se marchó de Cataluña, enemistado con el presidente de la Mancomunitat, entonces Josep Puig y Cadafalch, y distanciado de una Lliga Regionalista que ya no vio bien sus veleidades sindicalistas.
Quien aspiraba a ser el Goethe de un nuevo Napoleón, que pergeñó la biblioteca falangista ideal, se burló de los que intentaban una mediación en la Guerra Civil como el decano de Canterbury (recuerda José-Carlos Mainer) y tenía a sus tres hijos combatiendo en las filas (uno de ellos, Juan Pablo, era teniente de la División Azul) se había caído del trono intelectual de la España franquista. Por un doble motivo, según apunta Jordi Amat: el discurso de la cultura franquista se fue desviando hacia el “nacionalismo seco” de la Generación del 98 y por el regreso del exilio de José Ortega y Gasset (que también tenía descendientes en las trincheras fascistas). El autor de La rebelión de las masas que había elogiado sus glosas, si bien acabó en su mismo bando, se sintió de joven más atraído por el socialismo democrático alemán y nunca jugó a ser el “propagandista pornógrafo” de la causa que sí fue el filósofo catalán, como recuerda Jordi Gràcia en otro de los trabajos.
Ante ese revés, inició D’Ors un tácito retorno a Cataluña, ¿ maternidad idealizada, según Oriol Pi de Cabanyes? “Perdió a su madre cuando apenas tenía 11 años; toda su existencia revela una búsqueda constante de esa figura”, dijo de él su hijo Juan Pablo. Quizá ahí y en la mezcolanza de ideales esté buena parte de la explicación de, por ejemplo, La Ben Plantada.
Perdió a la madre con 11 años; toda su existencia revela esa búsqueda”, dijo su hijo Juan Pablo
Murió el 25 de septiembre de 1954 en Vilanova i la Geltrú, acompañado de Pepita, secretaria con la que hacía vida marital quien fue de los primeros en beneficiarse de la ley de divorcio de la legislación republicana. En la cajonera y en la biblioteca quedó el rastro impresionante de sus corresponsales, amigos y admiradores: desde Miró, Nin, Bohigas o Tàpies (a quien le abrió Madrid cuando el joven artista contaba sólo 26 años) a Pessoa (heteronimia aparte, el portugués, ávido de intervenir en cultura como D’Ors, le cita diversas veces), Ferrater Mora (éste le dedicó en 1935 su primer libro, en un entusiasmo juvenil que iría languideciendo con los años) o Gabriel Ferrater (mucho de lo que dijo sobre pintura es gracias a la lectura de D’Ors). ¿Y hoy? Pues Gimferrer lamenta que la influencia estilista de D’Ors en las letras catalanas sea tan mínima: lo asegura quien quizá más se le ha acercado en lo literario con su novela Fortuny (1983), según apunta Eloi Grasset.
“No podemos ignorarlo. Conviene estudiarlo con serenidad e inteligencia. No pido más”, escribía Fuster en 1975, recuerda Antoni Martí Monterde. Y ahí sigue la cosa con Xènius.