CONFERÈNCIA DE JAUME FARRERONS A LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

 

GUIÓ DE PRESENTACIÓ DE LA PONÈNCIA “LA FUNCIÓN DE LA MUERTE COMO INSTANCIA CONSTITUYENTE DEL DASEIN” SOBRE LA FILOSOFIA DE HEIDEGGER (29-10-2021) 

 

La “pregunta que interroga por el ser” (Seinsfrage) unifica la obra de Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX. Así reza un lugar común que, en este caso, coincide grosso modo con la verdad. El propio Heidegger se encargó de recordárnoslo repetidas veces, quizá demasiadas, a partir de 1945, acaso con el fin de soltar lastre de espinosos asuntos políticos (¿pero únicamente políticos?) que entorpecían su magisterio filosófico. Los heideggerianos franceses hicieron el resto. En este lavado de cara a efectos de convertir la filosofía de Heidegger en un instrumento más maleable para usos y abusos de los intelectuales de izquierdas, el filosofema que nos ocupa quedó olvidado en el baúl de la depuración. El “estado de resuelto” del “correr al encuentro de la muerte” de la Segunda Sección de Sein und Zeit (temprana versión gaosiana, luego corregida, del Sein-zum-Tode) devino en una fase transitoria, “nihilista” (sic) y felizmente superada de su monumental pensamiento. Refugiose así Heidegger tras la visita al psiquiatra bajo la políticamente aséptica cuestión del ser. Pero pasó el tiempo y, tras el derrumbamiento del paraíso comunista, se evaporaron aquellos intelectuales marxistas. En su lugar, el foro gremial fue ocupado por otro tipo de escritores, polemistas e investigadores de Heidegger, de ideología sionista, cuya idiosincrasia filosófica cabe tildar como poco de dudosa. En este nuevo contexto histórico e interpretativo, el “correr al encuentro de la muerte” habría podido aparecer por fin, rutilante como un sol negro, en primer plano. A fin de cuentas, la muerte ocupaba el centro de la Segunda Sección de Sein und Zeit, es decir, la culminación, sin continuidad en una Tercera Sección y, mucho menos, en la esperada Segunda Parte, de su obra capital. Ahora bien, el retorno de “la muerte” en Heidegger no formaba parte de un debate filosófico propiamente dicho, sino más bien de un expediente judicial, pieza separada del interminable proceso sobre los campos de exterminio nazis. De tal suerte que, primero ensordecido por pudor antifascista de izquierdas y luego paseado en una jaula como botín de los vencedores, antifascistas también pero ahora de derechas, el filosofema que nos ocupa ha sido ignorado, distorsionado o malinterpretado por motivos ideológicos ajenos a la filosofía. Mi intención es intentar dejar atrás ambos enfoques y afrontar la obra de Heidegger con estricta honestidad intelectual, a saber, reconociendo que Heidegger, además de militante fascista, fundamentó la ideología fascista. Este supuesto de nuestra ponencia, que he demostrado en mi tesis doctoral,[i] rompe con el postulado 1 (heideggerianos) de un Heidegger sólo personal y accidentalmente fascista, pero también con el postulado 2 (antiheideggerianos) de que la probada y masiva presencia del fascismo en el meollo de la filosofía de Heidegger pone punto final al debate filosófico, por cuanto, para darlo por concluido, bastaría con prohibir la enseñanza de Heidegger en los institutos y las universidades.[ii] A mi juicio, la fundamentación filosófica del fascismo en Heidegger nunca ha sido refutada porque, salvo error u omisión, hasta mi tesis el hecho ni siquiera había sido certificado por los especialistas. Esta carencia afecta e infecta hasta el último rincón de todas las interpretaciones de su obra. La tarea de un filósofo digno de ese nombre consiste pues en abordar exclusivamente como filósofo la filosofía de Martin Heidegger. Y renunciar tanto al papel de censor paternalista cuanto al confortable compromiso de supuesto ciudadano demócrata que considera “inadmisibles” y ayunas a priori de desempeño argumental ciertas opiniones. Antes bien, sostengo que la única forma democrática de encarar lo asombroso es precisamente en calidad de filósofo. Esta tarea supone una relectura integral de la filosofía de Heidegger que posibilitaría, además, la inaplazable interpretación del fascismo desde la perspectiva emic en el marco de una genuina ética del diálogo. Que son las tareas que mi trabajo intenta desarrollar por un prurito de veracidad y lealtad a la filosofía, pero también por respeto a la democracia. ¿Qué tipo de democracia sería ésta, en efecto, si resolviera las polémicas filosóficas mediante el recurso a la censura y la imputación penal? ¿Toleraremos otro bochornoso caso Sócratesa manosde sofistas y apologistas de Israel dedicados a ejercer de jueces de instrucción en una causa penal post mortem contra el filósofo?

En consecuencia, para empezar, estamos obligados a señalar la vinculación esencial entre la cuestión del ser y el tema de la muerte en Heidegger aunque no sea el objeto de la presente ponencia. Para ello bastará con invocar algunos de los filosofemas más frecuentes del filósofo, cuyo significado ha sido sorprendentemente ignorado a pesar de la abrumadora evidencia. Ante todo, la fórmula heideggeriana, casi un estribillo en su obra, el ser no es un ente. Ningún ente, subrayo y, por tanto, tampoco el summum ens (Dios) de la teología judeo-cristiana. El ser no es un ente porque constituye la determinación de todo ente, su límite o definición, aquello todo que precisamente no es en tanto que “no”, sentencia que, lejos de ostentar un carácter meramente verbal, remite a un fundamento fenomenológico, manifiesto en la polémica oposición mutual o recíproca de los entes que ya Anaximandro y Heráclito tematizaron en la autora del pensamiento filosófico. Desde el punto de vista del ente, el ser es finitud, nada o, mejor dicho: el ser “es” esa nada agente de-terminante o de-finidora. De-finir es de-finar. No-ser, finitud, nada conforman la constelación semántica de la cuestión del ser. Pues bien, “muerte” (Tod) es el nombre para la específica y singular finitud del Dasein, aquél ente —único— que se plantea la cuestión del ser y, por ende, existe como posibilidad de vía regia de acceso gnoseológica a la pregunta ontológica. De la misma manera que no podemos comprender lo que es un ente haciendo omisión de su “de-terminación”, de su “de-finición”, de su “o-posición” a lo que “no” es, el Dasein sólo puede comprenderse a sí mismo sobre el fundamento de su finitud, en cuyo meollo anida el oscuro pájaro de la muerte. Por cuanto sólo la autocomprensión del Dasein nos entrega la llave que abre la catacumba de la comprensión del ser. Será menester aclarar también, consecuentemente, qué entendemos por Dasein (“ser ahí”, “ahí del ser”); un filosofema, si no tan disputado como el del ser, a menudo confuso entre los comentaristas. Demasiados dan por hecho, por ejemplo Jürgen Habermas (¡nada menos!), que “Dasein” es asimilable a individuo (unidad psicofísica) a pesar de la insistencia de Heidegger en negarlo.[iii] ¿Meros errores intelectuales atribuibles a la dificultad del objeto? En absoluto: en filosofía (otra cosa es la ciencia) el hombre no busca la verdad, como cuenta la leyenda metafísica, sino que la rehúye. Qué papel representa la muerte en dicha fuga, ocultamiento o engaño constituye el hilo conductor de la hermenéutica crítica.

¿Qué es el Dasein?

Heidegger afirma, en primer lugar, que el Dasein es “en cada caso, mío”. Yo soy Dasein, ustedes son Dasein. El vocablo “Dasein” nombraría pues, para empezar, una autorrelación en primera o segunda persona gramatical (“yo soy, tú eres”). A esto denomina Heidegger la mismidad (Jemeinigkeit) del Dasein.[iv] Por si fuera poco, esa persona sintáctica resulta ser a la postre primera o segunda, pero del plural (“nosotros somos, vosotros sois”).[v] El Dasein comporta, en efecto, un Mitsein (“ser con” los otros y “tú” antes que “yo”).[vi] Por tanto, el Dasein no es una “cosa” o, en la jerga de la ontología fundamental, un “ser ante los ojos” (Vorhandensein) individual.[vii] En consecuencia, el Dasein no es un cuerpo (tipo o género de cosa) y el nosotros/vosotros tampoco un conjunto sociológico de “unidades psicofísicas” que conforme un “grupo” (verbi gratia, la foto de fin de carrera). La ruptura con el individualismo de sentido común (yo empírico, nosotros/vosotros grupal en cuanto “suma” de cuerpos) ha sido practicada bien temprano por Heidegger. Comienza en este punto, como se irá viendo, el paulatino proceso conceptual de desmaterialización, decosificación y desubstancialización del Dasein. [viii] En segundo lugar, y este aspecto resulta esencial para caracterizar la función de la muerte en la constitución del Dasein, el nosotros/vosotros del Dasein es siempre determinado, concreto, histórico, existente, no una vaga humanidad cosmopolita liberal o género homo antropológico. El Dasein no es nada humano en el hombre, sino el lugar donde la verdad del ser, cuyo nuncio es la muerte, puede manifestarse. Luego nos enteraremos de que el “nosotros/vosotros” del Dasein fundamenta la “comunidad del pueblo” (Volksgemeinschaft), pero lo que nos interesa ahora es la “existenciariedad” del Dasein, su historicidad o facticidad yecta —aquí y ahora—, finita, irreductible a cualquier forma de abstracción. Estamos ya en el fascismo.  Por ende, en tercer lugar, el Dasein es finitud pura porque viene al mundo angustiosamente exento de esencia: se elige a sí mismo, será lo que decida ser, su esencia, su Sosein (“ser así”), sólo a posteriori y desde el fundamento de la nuda existencia fáctica que él es y de una circunstancia histórica determinada que puede hacer suya o rechazar. Hay pues una eticidad radical del Dasein, pero de carácter heroico, es decir, nihilista y, por ende, tambiénfascista. Dicho esto, volvamos a preguntarnos: ¿de qué está “hecho”, en definitiva, el Dasein si no es material ni espiritual? Respuesta: el Dasein es proyección de sentido y está “hecho” de tiempo. Somos/sois en cada caso un nosotros/vosotros temporario que proyecta sentido constituyente de mundo, es decir, con rango transcendental. Aclaremos acto seguido qué entendemos por “temporario”, “sentido” y “proyección”.

La constitución transcendental del Dasein

Tenemos frente a nosotros un árbol. La cosa estaría ahí, según nos dicta el common sense inglés, antes o después e independientemente de que nosotros “existamos”, pues en caso contrario nos hallaríamos no ante un ente que “es”, sino ante una “alucinación”, un “sueño”, una “imaginación” o algo que, en general, “no es” (¡como si un delirio no tuviera su propia forma de ser!). Ahora bien, el ser de la cosa varía en función del sentido proyectado por el Dasein. El árbol puede ser, para el artista, un “modelo pictórico”; para el industrial maderero, una “mercancía”; para el científico botánico, un “vegetal”; para el paseante turístico, un “elemento del paisaje”; para el filósofo metafísico, un “ente”, el famoso ente en cuanto tal, o un “objeto”; etcétera.[ix] Pues bien, sentido significa aquí este “para” que permite mostrarse al ente como esto o aquello… El sentido, en cuanto “para” (para pintar, para contemplar, para investigar, para vender…) somos nosotros y el Dasein agótase en este plexo de sentido que se proyecta hacia el existente bruto constituyendo un mundo repleto de cosas.[x] El Dasein es activista y la acción pura que él es precede al pensamiento. Retumba aquí una vez más el discurso anti-intelectual del fascismo. De manera que a las notas ontológicas características del Dasein (mismidad, sentido, proyección, temporariedad, trascendentalidad) cabe añadir la naturaleza práxica o pre-teórica tanto de la proyección trascendental cuanto del ente así constituido (“ser a la mano”, utensilio, Zuhandensein).[xi]

Pero detengámonos un momento más en el concepto de proyección de sentido (Entwurf). El sentido no está nunca aislado, sino que forma parte de un todo, único. Por eso hablamos de entramado, red o plexo de sentido. La mejor forma de entenderlo es distinguir entre sentido y significado. El sentido es anterior al significado y, por ende, al lenguaje. Del sentido brotan los significados. Por ejemplo, un perro escucha la voz de su amo y corre a su encuentro. Es una acción con sentido, sin duda, pero completamente ajena al lenguaje. Los perros no hablan, no obstante expresan y comprenden sentido. En el “hombre” hay también sentido sin lenguaje, pero no a la inversa. El lenguaje se fundamenta en el sentido y tal constatación, dicho sea de paso, demuele por sí sola el paradigma lingüístico de Wittgenstein a Kripke. En cada acto concreto del Dasein está inviscerada la entera totalización del sentido, tejido reticular del “para” (zu) determinado, en que se inscribe el acto. Por ejemplo, un hombre abre la puerta de su oficina “para” ir a trabajar y otro hombre abre después la puerta de la misma oficina y con la misma llave “para” entrar a robar. El acto de abrir la puerta tiene el mismo significado (“abrir la puerta”), pero el sentido del acto es distinto. En el “para” en cuestión hacen acto de presencia las totalizaciones de sentido de dos Dasein opuestos. Uno es profesor de filosofía, el otro, consumidor de drogas y delincuente. No he elegido los ejemplos al azar. Esta totalización de sentido se denomina en Heidegger Vorhabe (“tener previo”) de la interpretación. Cada Dasein es un proyecto integral de vida y todos se justifican a sí mismos. Una “ideología” subyacente (“ideal de existencia”, dice Heidegger) configura el mundo del Dasein. Con ello accedemos bruscamente al plano normativo de la ontología fundamental.

La muerte como instancia constituyente del Dasein

Nosotros podemos estar pensando o no en un plan, en una agenda, pero somos proyecto, querámoslo o no, en todo momento y en ese proyecto subyace el sentido de la vida/muerte. Todo plan del “yo” pensante se fundamenta en la previa proyectualidad existenciaria del Dasein. Incluso la ausencia de planes, la vivencia del sinsentido si se quiere, es ya una proyección de sentido como “absurdo”. La proyección de sentido, en cuanto totalización, remite, en última instancia, a la auto-interpretación del mundo que el Dasein es. El Dasein es una creencia. El “para” no está en el tiempo como un pez en el agua, sino que es el tiempo y consiste en creer algo. El Dasein cree en esto o aquello, sin creencia no puede dar un paso y ni siquiera renunciar a darlo. No son pues teorías, “ideas”, pensamientos, son creencias en el sentido en que Ortega oponía creencias a ideas. Lo que uno cree se pone de manifiesto no en lo que piensa o dice, sino en lo que hace, su verdadera “ideología” o “ideal de existencia” (Vorhabe).[xii]

La proyección de sentido (“creencia”) es temporaria, un pro-yectar inseparable del significado de “sentido”, es decir, de dirección (por ejemplo, cuando decimos: “el coche cambió de sentido”). El sentido en el Dasein es empero primordialmente temporal (de ahí el título de la obra capital de Heidegger, Sein und Zeit), la proyección (el “pro”-) preconstituye el futuro (Zukunft). De ahí Vorhabe (“tener previo”). Esta temporalidad originaria anterior a toda representación física del tiempo es la que Heidegger denomina ek-stasis de la temporalidad, presente, pasado y futuro, en que se entreteje nuestra/vuestra proyección de sentido. En efecto, tiempo no es aquí la sucesión de puntos en el espacio que nos “imaginamos” cuando “pensamos” en el tiempo, metáfora que supone ya una espacialización o cosificación del tiempo, sino que el tiempo es futurición, posibilidad existencial y potencialidad vital. Una línea de puntos puede recorrerse en dos sentidos, pero la temporalidad originaria es finita de principio (nacimiento) a fin (muerte), tiene sólo un sentido, su signo es la fatalidad, el destino (Schicksal) y avanza torrencialmente hacia un futuro concreto, de-finido, de-terminado, cuyo fundamento es la de-terminación, la de-finición misma. El Dasein está “hecho” de posibilidades concretas, aquéllo que experimentamos al hacer algo “para” algo con sentido (por ejemplo, me ilusiona cursar la carrera de filosofía). Si me levanto a tal hora por la mañana será “para” no demorarme, si me aseo y me visto será “para” salir a la calle y “para” ir al trabajo o encontrarme con tal persona… Y si trabajo será por vocación o “para” ganar dinero. Y si gano dinero será “para” casarme y criar hijos, “para” lograr esto o aquello, “para” ser feliz… Etcétera. Elegimos una posibilidad y descartamos otra: esta decisión es irreversible, no se vuelve atrás. La posibilidad comporta al par una imposibilidad y hay un no-poder inscrito en la decisión remitiendo al pasado cumplido que prefigura la muerte como “no”, vínculo esencial entre potencia e impotencia. Pero si persistiésemos en seguir este entramado de “para”, al final desembocaríamos a un “para qué” postrero: para qué vivir. Y el Dasein sigue viviendo cabe la posibilidad de morir. La muerte no es el hecho de fallecer, sino la ontológica posibilidad de la imposibilidad que fundamenta todas las posibilidades ónticas del Dasein.

En Heidegger, la cuestión ontológica (el ser del Dasein) y la cuestión ética (la proyección legítima de sentido) resultan inseparables. Si se detecta correspondencia de sentido entre una determinada auto-interpretación y el factum de que el Dasein es mismidad, sentido, proyección, trascendentalidad, facticidad, finitud, etcétera (cualesquiera que sean las notas definitorias del Dasein o “existenciarios”), y no, por ejemplo, cosa, materia, energía, etc., entonces estamos ante una proyección de sentido válida. Es válida, fundamentada o legítima —propia, auténtica, en la jerga técnica de Heidegger— aquélla y sólo aquella proyección transcendental de sentido que no oculte, distorsione, falsee o niegue el propio ser del Dasein. El criterio de validez de un proyecto óntico remite pues al carácter ontológico de su precompresión. Ahora bien, entre los existenciarios se cuenta la muerte y aquí empiezan los problemas, la dificultad o componente trágica unamuniana, por decirlo así, de la ética fascista de Heidegger. Estamos ante una ética heroica de la verdad más “inhumana”, porque, según Heidegger, la muerte es la verdad de la existencia. El Dasein consiste siempre, como hemos visto, en nuestra auto-proyección trascendental e interpretativa de sentido, nuestra creencia, mas las creencias que niegan la muerte no son legítimas. Hay un criterio de validez que nos rescata de este supuesto relativismo hermenéutico de las interpretaciones e ideologías, pero ha sido ignorado porque para exorcizar a Dios había que invocar al demonio, el “mal absoluto”, el “fascismo”… La totalización que posibilita un proyecto auténtico, propio y válido implica, en una palabra, reapropiarse los límites del Dasein, que son tres: 1/ la finitud de la elección: si esto, no aquéllo (presente); 2/ la finitud de la facticidad del “naci-miento” (pasado), es decir, de la “nación” o “comunidad del pueblo” que se me impone como “circunstancia” (no puedo dejar de ser lo que soy); y 3/ la finitud de la muerte (futuro), cuya triple convalidación de la finitud en cuanto proyecto es la “resolución” (Entschlossenheit) del Sein zum Tode interpretados como “correr al encuentro de la muerte” trágico-heroico. La experiencia de la muerte (3) me permite acceder al sentido de las otras dos formas de finitud y, por ende, al sentido del ser. El autoengaño, es decir, la omisión de la finitud estructural del Dasein, tipifica aquí el único pecado mortal de nuestra “homilía inversa” (Félix Duque dixit). Nos hemos topado así con aquel Vorhabe (“tener previo”) preteórico singular que posibilita la ontología fundamental como teoría y que, consecuentemente, recorrido el círculo hermenéutico en sentido inverso, fundamenta la ideología fascista. ¿Vuelve a resonar por tanto, en la Universidad de Salamanca, el “¡Viva la muerte y mueran los intelectuales!” de Millán Astray?


[i] Verdad y muerte. Filosofía frente a cosmovisión en el primer Heidegger (1919-1929), dirigida por Miguel Ángel Granada, Universitat de Barcelona, 8 de abril de 2019. Cfr.: http://hdl.handle.net/10803/666634

[ii] Trasladando las Gesamtausgabe a los sótanos de los archivos históricos sobre el nazismo.

[iii] El término “Dasein” está bien lejos de constituir una arbitrariedad terminológica gratuita de Heidegger y si “Dasein” significara “individuo” a secas, la adopción de un vocablo técnico equivaldría a pura pedantería y fraude. El problema no es empero del filósofo que inventa palabras raras para aparentar profundidad, sino nuestro, por cuanto (según Heidegger) no sabemos ni queremos saber “qué” somos aunque hayámoslo “precomprendido” ya siempre.

[iv] ¿Qué no es, ante todo, el Dasein? En el momento en que alguien se “mira al espejo” e identifícase con la imagen reflejada (un “él”, tercera persona), el Dasein se aliena de sí mismo, porque el Dasein se ha esfumado y la Jemeinigkeit, cosificado.

[v] El sí mismo, un “yo” entrecomillado, provisional y como cogido por los pelos al igual que el “sujeto”, la “conciencia”, “ser para sí” y otros atributos de la individualidad liberal en sentido fuerte, remite en verdad a un más fundamental nosotros/vosotros.

[vi] Fenómeno que ni siquiera puede ponerse ante un espejo.

[vii] Quede claro así mismo que “cosa” nombra aquí el ente empírico perceptible a través de los sentidos: nada de misterioso o rebuscado; por ejemplo: esta silla, esta mesa, este libro…

[viii] Sin embargo, les advierto de que esta “desmaterialización” no conduce a convalidar ningún espiritualismo religioso tradicional, oculto fundamento metafísico del individualismo liberal laico del “yo”. El alma como materia sutil tampoco es Dasein y, caso de existir, pertenecería al universo de las cosas. Cuando el alma presuntamente inmortal, hecha a imagen de Dios, se separa del cuerpo, en un claro desplazamiento espacial, para elevarse a los cielos, se entiende que estamos ante una substancia, gaseosa, energética o tan etérea como se quiera, pero, a la postre, cosa. A mayor abundamiento, energía es también aquéllo que corre por el cableado eléctrico de la compañía de la luz, pero las conexiones neuronales del cerebro humano no darían ni para encender una bombilla. La energía de los físicos es, pues, si no materia rigurosamente hablando, también cosa. El “yo” liberal como psique individualizada que calcula su propio interés tampoco soporta la estrategia de Destruktion ontológica de Heidegger: la rama cae con el tronco y, si me permiten una observación puramente empírico-sociológica, no hay individualismo sin una previa socialización individualista.

[ix] No hay árbol en sí, sino que el árbol “es” siempre en relación con un sentido que procede de otro lugar. Además, el árbol mismo se constituye como ente sobre el fundamento de una determinación lingüística que da forma a un existente bruto indeterminado. La “de-terminación”, “de-finición” lingüística es empero histórica (idioma) y remite a un nosotros/vosotros, el Dasein. Hay árbol, arbre, Baum, tree, albero… y cada uno de estos entes designa algo diferente porque, como saben los traductores, no existe versión exacta y toda traducción debe preservar el sentido a costa del significado.

[x] La proyección de sentido no es el acto voluntario de un yo psicofísico (nadie va por ahí decidiendo si proyecta o no proyecta sentido como la luz de una linterna), sino del nosotros/vosotros en tanto que Dasein (sin “nosotros/vosotros”, no hay “yo” que valga). Mucho menos un acto intelectual, fruto de un pensamiento o una reflexión consciente que “crea” el “objeto”, como pretendían, según cuenta la leyenda, los filósofos idealistas, sino un quehacer.

[xi] El conocimiento modifica el ente y lo convierte en objeto (“ser ante los ojos”) “para” una conciencia teórica. Pero ésta es sólo una de las prestaciones posibles —y derivada— de la proyección trascendental de sentido siempre dada previamente ahí. El “intelectual” puro en cuanto “sujeto del conocimiento” que se relaciona con un “objeto” (“ser ante los ojos”, cosa, Vorhandensein) tiende a creer que sólo él ostenta el valiosísimo saber respecto de un ente en sí, “objetivo”, universalista, cosmopolita, ayuno de quizá bajos y sucios intereses… Sin embargo, lo que ocurre es que vive de espaldas a su propio Dasein, del cual, empero, permanece tributario aunque no lo “sepa”. Cuando conocemos, tendemos a perder comprensión y en eso consiste la tragedia de la filosofía o, si lo prefieren, de la metafísica onto-teológica tan denostada por Heidegger.

[xii] La interpretación puede ser implícita o explícita, pero si se interroga al Dasein del caso su comprensión del ser podrá resultar sinceramente verbalizada con mayor o menor precisión. Por ejemplo, se le pregunta al banquero por qué quiso ser banquero y responderá, pongamos por caso, que para ganar mucho dinero; y si se le pregunta por qué quiere ganar mucho dinero, responderá que ser rico da acceso a la mayor parte de los placeres de la vida (no todos, pero la riqueza es signo de elección divina para la vida eterna); y si se le pregunta por qué los placeres de la vida son más importantes que el ascetismo o la mística, dará alguna explicación descriptiva con valor normativo sobre lo que el mundo y la vida presuntamente “son”. Según Heidegger, siempre iremos a parar a una determinada comprensión del ser que autojustifica nuestro proyecto de sentido totalizador como proyecto de vida válido. Auto-interpretación (discurso descriptivo) y autojustificación (discurso normativo) van juntas porque el ser del Dasein es un quehacer, es el ser de un deber-ser.

n consecuencia, para empezar, estamos obligados a señalar la vinculación esencial entre la cuestión del ser y el tema de la muerte en Heidegger aunque no sea el objeto de la presente ponencia. Para ello bastará con invocar algunos de los filosofemas más frecuentes del filósofo, cuyo significado ha sido sorprendentemente ignorado a pesar de la abrumadora evidencia. Ante todo, la fórmula heideggeriana, casi un estribillo en su obra, el ser no es un ente. Ningún ente, subrayo y, por tanto, tampoco el summum ens (Dios) de la teología judeo-cristiana. El ser no es un ente porque constituye la determinación de todo ente, su límite o definición, aquello todo que precisamente no es en tanto que “no”, sentencia que, lejos de ostentar un carácter meramente verbal, remite a un fundamento fenomenológico, manifiesto en la polémica oposición mutual o recíproca de los entes que ya Anaximandro y Heráclito tematizaron en la autora del pensamiento filosófico. Desde el punto de vista del ente, el ser es finitud, nada o, mejor dicho: el ser “es” esa nada agente de-terminante o de-finidora. De-finir es de-finar. No-ser, finitud, nada conforman la constelación semántica de la cuestión del ser. Pues bien, “muerte” (Tod) es el nombre para la específica y singular finitud del Dasein, aquél ente —único— que se plantea la cuestión del ser y, por ende, existe como posibilidad de vía regia de acceso gnoseológica a la pregunta ontológica. De la misma manera que no podemos comprender lo que es un ente haciendo omisión de su “de-terminación”, de su “de-finición”, de su “o-posición” a lo que “no” es, el Dasein sólo puede comprenderse a sí mismo sobre el fundamento de su finitud, en cuyo meollo anida el oscuro pájaro de la muerte. Por cuanto sólo la autocomprensión del Dasein nos entrega la llave que abre la catacumba de la comprensión del ser. Será menester aclarar también, consecuentemente, qué entendemos por Dasein (“ser ahí”, “ahí del ser”); un filosofema, si no tan disputado como el del ser, a menudo confuso entre los comentaristas. Demasiados dan por hecho, por ejemplo Jürgen Habermas (¡nada menos!), que “Dasein” es asimilable a individuo (unidad psicofísica) a pesar de la insistencia de Heidegger en negarlo.[iii] ¿Meros errores intelectuales atribuibles a la dificultad del objeto? En absoluto: en filosofía (otra cosa es la ciencia) el hombre no busca la verdad, como cuenta la leyenda metafísica, sino que la rehúye. Qué papel representa la muerte en dicha fuga, ocultamiento o engaño constituye el hilo conductor de la hermenéutica crítica.

¿Qué es el Dasein?

Heidegger afirma, en primer lugar, que el Dasein es “en cada caso, mío”. Yo soy Dasein, ustedes son Dasein. El vocablo “Dasein” nombraría pues, para empezar, una autorrelación en primera o segunda persona gramatical (“yo soy, tú eres”). A esto denomina Heidegger la mismidad (Jemeinigkeit) del Dasein.[iv] Por si fuera poco, esa persona sintáctica resulta ser a la postre primera o segunda, pero del plural (“nosotros somos, vosotros sois”).[v] El Dasein comporta, en efecto, un Mitsein (“ser con” los otros y “tú” antes que “yo”).[vi] Por tanto, el Dasein no es una “cosa” o, en la jerga de la ontología fundamental, un “ser ante los ojos” (Vorhandensein) individual.[vii] En consecuencia, el Dasein no es un cuerpo (tipo o género de cosa) y el nosotros/vosotros tampoco un conjunto sociológico de “unidades psicofísicas” que conforme un “grupo” (verbi gratia, la foto de fin de carrera). La ruptura con el individualismo de sentido común (yo empírico, nosotros/vosotros grupal en cuanto “suma” de cuerpos) ha sido practicada bien temprano por Heidegger. Comienza en este punto, como se irá viendo, el paulatino proceso conceptual de desmaterialización, decosificación y desubstancialización del Dasein. [viii] En segundo lugar, y este aspecto resulta esencial para caracterizar la función de la muerte en la constitución del Dasein, el nosotros/vosotros del Dasein es siempre determinado, concreto, histórico, existente, no una vaga humanidad cosmopolita liberal o género homo antropológico. El Dasein no es nada humano en el hombre, sino el lugar donde la verdad del ser, cuyo nuncio es la muerte, puede manifestarse. Luego nos enteraremos de que el “nosotros/vosotros” del Dasein fundamenta la “comunidad del pueblo” (Volksgemeinschaft), pero lo que nos interesa ahora es la “existenciariedad” del Dasein, su historicidad o facticidad yecta —aquí y ahora—, finita, irreductible a cualquier forma de abstracción. Estamos ya en el fascismo.  Por ende, en tercer lugar, el Dasein es finitud pura porque viene al mundo angustiosamente exento de esencia: se elige a sí mismo, será lo que decida ser, su esencia, su Sosein (“ser así”), sólo a posteriori y desde el fundamento de la nuda existencia fáctica que él es y de una circunstancia histórica determinada que puede hacer suya o rechazar. Hay pues una eticidad radical del Dasein, pero de carácter heroico, es decir, nihilista y, por ende, tambiénfascista. Dicho esto, volvamos a preguntarnos: ¿de qué está “hecho”, en definitiva, el Dasein si no es material ni espiritual? Respuesta: el Dasein es proyección de sentido y está “hecho” de tiempo. Somos/sois en cada caso un nosotros/vosotros temporario que proyecta sentido constituyente de mundo, es decir, con rango transcendental. Aclaremos acto seguido qué entendemos por “temporario”, “sentido” y “proyección”.

La constitución transcendental del Dasein

Tenemos frente a nosotros un árbol. La cosa estaría ahí, según nos dicta el common sense inglés, antes o después e independientemente de que nosotros “existamos”, pues en caso contrario nos hallaríamos no ante un ente que “es”, sino ante una “alucinación”, un “sueño”, una “imaginación” o algo que, en general, “no es” (¡como si un delirio no tuviera su propia forma de ser!). Ahora bien, el ser de la cosa varía en función del sentido proyectado por el Dasein. El árbol puede ser, para el artista, un “modelo pictórico”; para el industrial maderero, una “mercancía”; para el científico botánico, un “vegetal”; para el paseante turístico, un “elemento del paisaje”; para el filósofo metafísico, un “ente”, el famoso ente en cuanto tal, o un “objeto”; etcétera.[ix] Pues bien, sentido significa aquí este “para” que permite mostrarse al ente como esto o aquello… El sentido, en cuanto “para” (para pintar, para contemplar, para investigar, para vender…) somos nosotros y el Dasein agótase en este plexo de sentido que se proyecta hacia el existente bruto constituyendo un mundo repleto de cosas.[x] El Dasein es activista y la acción pura que él es precede al pensamiento. Retumba aquí una vez más el discurso anti-intelectual del fascismo. De manera que a las notas ontológicas características del Dasein (mismidad, sentido, proyección, temporariedad, trascendentalidad) cabe añadir la naturaleza práxica o pre-teórica tanto de la proyección trascendental cuanto del ente así constituido (“ser a la mano”, utensilio, Zuhandensein).[xi]

                Pero detengámonos un momento más en el concepto de proyección de sentido (Entwurf). El sentido no está nunca aislado, sino que forma parte de un todo, único. Por eso hablamos de entramado, red o plexo de sentido. La mejor forma de entenderlo es distinguir entre sentido y significado. El sentido es anterior al significado y, por ende, al lenguaje. Del sentido brotan los significados. Por ejemplo, un perro escucha la voz de su amo y corre a su encuentro. Es una acción con sentido, sin duda, pero completamente ajena al lenguaje. Los perros no hablan, no obstante expresan y comprenden sentido. En el “hombre” hay también sentido sin lenguaje, pero no a la inversa. El lenguaje se fundamenta en el sentido y tal constatación, dicho sea de paso, demuele por sí sola el paradigma lingüístico de Wittgenstein a Kripke. En cada acto concreto del Dasein está inviscerada la entera totalización del sentido, tejido reticular del “para” (zu) determinado, en que se inscribe el acto. Por ejemplo, un hombre abre la puerta de su oficina “para” ir a trabajar y otro hombre abre después la puerta de la misma oficina y con la misma llave “para” entrar a robar. El acto de abrir la puerta tiene el mismo significado (“abrir la puerta”), pero el sentido del acto es distinto. En el “para” en cuestión hacen acto de presencia las totalizaciones de sentido de dos Dasein opuestos. Uno es profesor de filosofía, el otro, consumidor de drogas y delincuente. No he elegido los ejemplos al azar. Esta totalización de sentido se denomina en Heidegger Vorhabe (“tener previo”) de la interpretación. Cada Dasein es un proyecto integral de vida y todos se justifican a sí mismos. Una “ideología” subyacente (“ideal de existencia”, dice Heidegger) configura el mundo del Dasein. Con ello accedemos bruscamente al plano normativo de la ontología fundamental.

La muerte como instancia constituyente del Dasein

Nosotros podemos estar pensando o no en un plan, en una agenda, pero somos proyecto, querámoslo o no, en todo momento y en ese proyecto subyace el sentido de la vida/muerte. Todo plan del “yo” pensante se fundamenta en la previa proyectualidad existenciaria del Dasein. Incluso la ausencia de planes, la vivencia del sinsentido si se quiere, es ya una proyección de sentido como “absurdo”. La proyección de sentido, en cuanto totalización, remite, en última instancia, a la auto-interpretación del mundo que el Dasein es. El Dasein es una creencia. El “para” no está en el tiempo como un pez en el agua, sino que es el tiempo y consiste en creer algo. El Dasein cree en esto o aquello, sin creencia no puede dar un paso y ni siquiera renunciar a darlo. No son pues teorías, “ideas”, pensamientos, son creencias en el sentido en que Ortega oponía creencias a ideas. Lo que uno cree se pone de manifiesto no en lo que piensa o dice, sino en lo que hace, su verdadera “ideología” o “ideal de existencia” (Vorhabe).[xii]

La proyección de sentido (“creencia”) es temporaria, un pro-yectar inseparable del significado de “sentido”, es decir, de dirección (por ejemplo, cuando decimos: “el coche cambió de sentido”). El sentido en el Dasein es empero primordialmente temporal (de ahí el título de la obra capital de Heidegger, Sein und Zeit), la proyección (el “pro”-) preconstituye el futuro (Zukunft). De ahí Vorhabe (“tener previo”). Esta temporalidad originaria anterior a toda representación física del tiempo es la que Heidegger denomina ek-stasis de la temporalidad, presente, pasado y futuro, en que se entreteje nuestra/vuestra proyección de sentido. En efecto, tiempo no es aquí la sucesión de puntos en el espacio que nos “imaginamos” cuando “pensamos” en el tiempo, metáfora que supone ya una espacialización o cosificación del tiempo, sino que el tiempo es futurición, posibilidad existencial y potencialidad vital. Una línea de puntos puede recorrerse en dos sentidos, pero la temporalidad originaria es finita de principio (nacimiento) a fin (muerte), tiene sólo un sentido, su signo es la fatalidad, el destino (Schicksal) y avanza torrencialmente hacia un futuro concreto, de-finido, de-terminado, cuyo fundamento es la de-terminación, la de-finición misma. El Dasein está “hecho” de posibilidades concretas, aquéllo que experimentamos al hacer algo “para” algo con sentido (por ejemplo, me ilusiona cursar la carrera de filosofía). Si me levanto a tal hora por la mañana será “para” no demorarme, si me aseo y me visto será “para” salir a la calle y “para” ir al trabajo o encontrarme con tal persona… Y si trabajo será por vocación o “para” ganar dinero. Y si gano dinero será “para” casarme y criar hijos, “para” lograr esto o aquello, “para” ser feliz… Etcétera. Elegimos una posibilidad y descartamos otra: esta decisión es irreversible, no se vuelve atrás. La posibilidad comporta al par una imposibilidad y hay un no-poder inscrito en la decisión remitiendo al pasado cumplido que prefigura la muerte como “no”, vínculo esencial entre potencia e impotencia. Pero si persistiésemos en seguir este entramado de “para”, al final desembocaríamos a un “para qué” postrero: para qué vivir. Y el Dasein sigue viviendo cabe la posibilidad de morir. La muerte no es el hecho de fallecer, sino la ontológica posibilidad de la imposibilidad que fundamenta todas las posibilidades ónticas del Dasein.

En Heidegger, la cuestión ontológica (el ser del Dasein) y la cuestión ética (la proyección legítima de sentido) resultan inseparables. Si se detecta correspondencia de sentido entre una determinada auto-interpretación y el factum de que el Dasein es mismidad, sentido, proyección, trascendentalidad, facticidad, finitud, etcétera (cualesquiera que sean las notas definitorias del Dasein o “existenciarios”), y no, por ejemplo, cosa, materia, energía, etc., entonces estamos ante una proyección de sentido válida. Es válida, fundamentada o legítima —propia, auténtica, en la jerga técnica de Heidegger— aquélla y sólo aquella proyección transcendental de sentido que no oculte, distorsione, falsee o niegue el propio ser del Dasein. El criterio de validez de un proyecto óntico remite pues al carácter ontológico de su precompresión. Ahora bien, entre los existenciarios se cuenta la muerte y aquí empiezan los problemas, la dificultad o componente trágica unamuniana, por decirlo así, de la ética fascista de Heidegger. Estamos ante una ética heroica de la verdad más “inhumana”, porque, según Heidegger, la muerte es la verdad de la existencia. El Dasein consiste siempre, como hemos visto, en nuestra auto-proyección trascendental e interpretativa de sentido, nuestra creencia, mas las creencias que niegan la muerte no son legítimas. Hay un criterio de validez que nos rescata de este supuesto relativismo hermenéutico de las interpretaciones e ideologías, pero ha sido ignorado porque para exorcizar a Dios había que invocar al demonio, el “mal absoluto”, el “fascismo”… La totalización que posibilita un proyecto auténtico, propio y válido implica, en una palabra, reapropiarse los límites del Dasein, que son tres: 1/ la finitud de la elección: si esto, no aquéllo (presente); 2/ la finitud de la facticidad del “naci-miento” (pasado), es decir, de la “nación” o “comunidad del pueblo” que se me impone como “circunstancia” (no puedo dejar de ser lo que soy); y 3/ la finitud de la muerte (futuro), cuya triple convalidación de la finitud en cuanto proyecto es la “resolución” (Entschlossenheit) del Sein zum Tode interpretados como “correr al encuentro de la muerte” trágico-heroico. La experiencia de la muerte (3) me permite acceder al sentido de las otras dos formas de finitud y, por ende, al sentido del ser. El autoengaño, es decir, la omisión de la finitud estructural del Dasein, tipifica aquí el único pecado mortal de nuestra “homilía inversa” (Félix Duque dixit). Nos hemos topado así con aquel Vorhabe (“tener previo”) preteórico singular que posibilita la ontología fundamental como teoría y que, consecuentemente, recorrido el círculo hermenéutico en sentido inverso, fundamenta la ideología fascista. ¿Vuelve a resonar por tanto, en la Universidad de Salamanca, el “¡Viva la muerte y mueran los intelectuales!” de Millán Astray?


[i] Verdad y muerte. Filosofía frente a cosmovisión en el primer Heidegger (1919-1929), dirigida por Miguel Ángel Granada, Universitat de Barcelona, 8 de abril de 2019. Cfr.: http://hdl.handle.net/10803/666634

[ii] Trasladando las Gesamtausgabe a los sótanos de los archivos históricos sobre el nazismo.

[iii] El término “Dasein” está bien lejos de constituir una arbitrariedad terminológica gratuita de Heidegger y si “Dasein” significara “individuo” a secas, la adopción de un vocablo técnico equivaldría a pura pedantería y fraude. El problema no es empero del filósofo que inventa palabras raras para aparentar profundidad, sino nuestro, por cuanto (según Heidegger) no sabemos ni queremos saber “qué” somos aunque hayámoslo “precomprendido” ya siempre.

[iv] ¿Qué no es, ante todo, el Dasein? En el momento en que alguien se “mira al espejo” e identifícase con la imagen reflejada (un “él”, tercera persona), el Dasein se aliena de sí mismo, porque el Dasein se ha esfumado y la Jemeinigkeit, cosificado.

[v] El sí mismo, un “yo” entrecomillado, provisional y como cogido por los pelos al igual que el “sujeto”, la “conciencia”, “ser para sí” y otros atributos de la individualidad liberal en sentido fuerte, remite en verdad a un más fundamental nosotros/vosotros.

[vi] Fenómeno que ni siquiera puede ponerse ante un espejo.

[vii] Quede claro así mismo que “cosa” nombra aquí el ente empírico perceptible a través de los sentidos: nada de misterioso o rebuscado; por ejemplo: esta silla, esta mesa, este libro…

[viii] Sin embargo, les advierto de que esta “desmaterialización” no conduce a convalidar ningún espiritualismo religioso tradicional, oculto fundamento metafísico del individualismo liberal laico del “yo”. El alma como materia sutil tampoco es Dasein y, caso de existir, pertenecería al universo de las cosas. Cuando el alma presuntamente inmortal, hecha a imagen de Dios, se separa del cuerpo, en un claro desplazamiento espacial, para elevarse a los cielos, se entiende que estamos ante una substancia, gaseosa, energética o tan etérea como se quiera, pero, a la postre, cosa. A mayor abundamiento, energía es también aquéllo que corre por el cableado eléctrico de la compañía de la luz, pero las conexiones neuronales del cerebro humano no darían ni para encender una bombilla. La energía de los físicos es, pues, si no materia rigurosamente hablando, también cosa. El “yo” liberal como psique individualizada que calcula su propio interés tampoco soporta la estrategia de Destruktion ontológica de Heidegger: la rama cae con el tronco y, si me permiten una observación puramente empírico-sociológica, no hay individualismo sin una previa socialización individualista.

[ix] No hay árbol en sí, sino que el árbol “es” siempre en relación con un sentido que procede de otro lugar. Además, el árbol mismo se constituye como ente sobre el fundamento de una determinación lingüística que da forma a un existente bruto indeterminado. La “de-terminación”, “de-finición” lingüística es empero histórica (idioma) y remite a un nosotros/vosotros, el Dasein. Hay árbol, arbre, Baum, tree, albero… y cada uno de estos entes designa algo diferente porque, como saben los traductores, no existe versión exacta y toda traducción debe preservar el sentido a costa del significado.

[x] La proyección de sentido no es el acto voluntario de un yo psicofísico (nadie va por ahí decidiendo si proyecta o no proyecta sentido como la luz de una linterna), sino del nosotros/vosotros en tanto que Dasein (sin “nosotros/vosotros”, no hay “yo” que valga). Mucho menos un acto intelectual, fruto de un pensamiento o una reflexión consciente que “crea” el “objeto”, como pretendían, según cuenta la leyenda, los filósofos idealistas, sino un quehacer.

[xi] El conocimiento modifica el ente y lo convierte en objeto (“ser ante los ojos”) “para” una conciencia teórica. Pero ésta es sólo una de las prestaciones posibles —y derivada— de la proyección trascendental de sentido siempre dada previamente ahí. El “intelectual” puro en cuanto “sujeto del conocimiento” que se relaciona con un “objeto” (“ser ante los ojos”, cosa, Vorhandensein) tiende a creer que sólo él ostenta el valiosísimo saber respecto de un ente en sí, “objetivo”, universalista, cosmopolita, ayuno de quizá bajos y sucios intereses… Sin embargo, lo que ocurre es que vive de espaldas a su propio Dasein, del cual, empero, permanece tributario aunque no lo “sepa”. Cuando conocemos, tendemos a perder comprensión y en eso consiste la tragedia de la filosofía o, si lo prefieren, de la metafísica onto-teológica tan denostada por Heidegger.

[xii] La interpretación puede ser implícita o explícita, pero si se interroga al Dasein del caso su comprensión del ser podrá resultar sinceramente verbalizada con mayor o menor precisión. Por ejemplo, se le pregunta al banquero por qué quiso ser banquero y responderá, pongamos por caso, que para ganar mucho dinero; y si se le pregunta por qué quiere ganar mucho dinero, responderá que ser rico da acceso a la mayor parte de los placeres de la vida (no todos, pero la riqueza es signo de elección divina para la vida eterna); y si se le pregunta por qué los placeres de la vida son más importantes que el ascetismo o la mística, dará alguna explicación descriptiva con valor normativo sobre lo que el mundo y la vida presuntamente “son”. Según Heidegger, siempre iremos a parar a una determinada comprensión del ser que autojustifica nuestro proyecto de sentido totalizador como proyecto de vida válido. Auto-interpretación (discurso descriptivo) y autojustificación (discurso normativo) van juntas porque el ser del Dasein es un quehacer, es el ser de un deber-ser.